13/05/2026
Describiendo la naturaleza absoluta de la gloria de Dios en otro lugar, dice à Brakel:
El Señor tiene todo honor y gloria infinitamente dentro de sí mismo […]. Él es el “Dios de gloria” (Hch. 7:2), el “Rey de gloria” (Sal. 24:8), y el “Padre de gloria” (Ef. 1:17). De esta gloria emana un resplandor que ni siquiera los ángeles pueden soportar. Por eso se cubren el rostro y claman: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:3). Al estar rodeado de este resplandor, el hombre es desecho y clama: “Ay de mí! que soy mu**to; porque […] han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5). La gloria de Dios no puede ser disminuida o aumentada por la criatura. Su gloria sigue siendo la misma, independientemente de si el hombre la desprecia o la magnifica. Es pura bondad de Dios […] que Él revela Su gloria a los hombres en alguna medida, permitiéndoles regocijarse en esto, glorificarlo, reconocerlo, magnificarlo y alabarlo, y hacerlo conocer a otros como tal.