10/05/2026
COMENTARIO sobre el Evangelio de HOY Domingo. San Juan 14, 15-21
"Si me aman, guardarán mis mandamientos".
A veces pensamos que amar a Jesús consiste solamente en sentirlo cerca, emocionarnos al orar o buscarlo cuando necesitamos consuelo. Pero hoy el Señor nos lleva más hondo. Amar no es solo decir “te amo”, es permitir que su Palabra tome forma en nuestra manera de vivir, incluso cuando cuesta.
Porque hay momentos en los que amar a Jesús significa callar una respuesta hiriente, volver a empezar cuando estamos cansados, perdonar aunque el orgullo siga doliendo, permanecer fieles cuando nadie ve. Y ahí, justamente ahí, el amor deja de ser discurso y se vuelve verdad.
Jesús conoce nuestra fragilidad. Sabe que solos no podemos. Por eso promete no dejarnos huérfanos. Nos regala su Espíritu, presencia viva que sostiene, ilumina y acompaña. Un Espíritu que no grita, pero insiste suavemente dentro del corazón; que nos recuerda quiénes somos cuando el miedo nos hace olvidar que pertenecemos a Dios.
Y qué necesario es escuchar hoy esas palabras: “No los dejaré huérfanos.” Porque a veces vivimos como si estuviéramos solos, cargando heridas, responsabilidades y silencios que pesan demasiado. Y sin embargo, Jesús permanece. Aunque no siempre lo sintamos, sigue caminando con nosotros, sosteniendo nuestra fe pequeña, habitando incluso nuestras noches más oscuras.
Pero hay algo que este Evangelio también nos confronta con ternura: no podemos decir que amamos a Jesús y seguir cerrando el corazón a lo que Él nos pide cambiar. El amor verdadero siempre transforma algo en nosotros. Nos vuelve más humildes, más disponibles, más capaces de amar como Él.
Quizá hoy el Señor no te está pidiendo cosas extraordinarias. Tal vez solo te está invitando a dejarlo entrar un poco más: en esa herida que escondes, en esa decisión que sigues postergando, en esa parte de tu vida donde todavía quieres tener el control.
Y si le abres… descubrirás que no venía a quitarte nada, sino a darte vida.
Que este Evangelio nos ayude a vivir con la certeza de que no estamos solos. Hay un Espíritu que nos habita, un Jesús que permanece y un Padre que sigue amándonos con paciencia infinita. Y aunque nuestra fe sea pequeña, su presencia sigue sosteniendo nuestro camino.