24/08/2026
𝐄𝐥 𝐂𝐥𝐞𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐕𝐢𝐜𝐚𝐫𝐢𝐚𝐭𝐨 𝐀𝐩𝐨𝐬𝐭𝐨́𝐥𝐢𝐜𝐨 𝐍̃𝐮𝐟𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐂𝐡𝐚́𝐯𝐞𝐳 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐚 𝐌𝐨𝐧𝐬𝐞𝐧̃𝐨𝐫 𝐀𝐧𝐭𝐨𝐧𝐢𝐨 𝐁𝐨𝐧𝐢𝐟𝐚𝐜𝐢𝐨 𝐑𝐞𝐢𝐦𝐚𝐧, (𝐎𝐅𝐌) 𝐫𝐞𝐥𝐢𝐠𝐢𝐨𝐬𝐚𝐬, 𝐬𝐞𝐦𝐢𝐧𝐚𝐫𝐢𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐲 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐞𝐧 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐥, 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐨𝐟𝐢𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐮𝐧𝐝𝐚 𝐥𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐏 𝐉𝐨𝐬𝐞́ 𝐒𝐜𝐡𝐢𝐜𝐤𝐞𝐫 𝐞𝐧 𝐁𝐚𝐦𝐛𝐞𝐫𝐠 𝐬𝐮 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐧𝐚𝐭𝐚𝐥 𝐞𝐧 𝐀𝐥𝐞𝐦𝐚𝐧𝐢𝐚.
P. José Schicker: una vida entregada a la misión «¿Misión cumplida?!» El 19 de agosto de 2026, en la enfermería de Caritas de Bamberg-Gaustadt, Alemania, falleció el P. José Schicker, a los 90 años de edad, después de 65 años de sacerdocio. Con profundo agradecimiento a Dios, el Vicariato Apostólico Ñuflo de Chávez despide a un gran misionero, a un sacerdote que entregó una parte decisiva de su vida al servicio del Evangelio en Bolivia y que dejó una huella profunda e imborrable en muchas personas y comunidades.
El P. José Schicker, sacerdote diocesano de la Arquidiócesis de Bamberg, llegó a nuestro Vicariato como misionero y ejerció su ministerio en San Antonio de Lomerío, donde fue párroco de 1977 a 1985, y posteriormente en San Julián, donde estuvo al frente de la parroquia desde 1995 hasta su jubilación en 2007. Pero hablar del P. José no es solamente recordar fechas y cargos.
Es recordar a un hombre de mente abierta y corazón grande, a un sacerdote sabio, creativo y profundamente humano, querido por innumerables personas. Fue un gran mentor para muchos sacerdotes, religiosas, catequistas, agentes pastorales, jóvenes y laicos que encontraron en él orientación, confianza y estímulo para crecer. Fue, sobre todo, un misionero incansable. Anunció el Evangelio con entusiasmo, creatividad y una pedagogía que sabía llegar al corazón. Le gustaban los símbolos, los mensajes breves y claros, las poesías —de las cuales sabía muchas de memoria— y todo aquello que ayudara a que la Palabra de Dios no solamente fuera escuchada, sino comprendida y vivida. Su anuncio de Dios tenía siempre un rostro profundamente misericordioso.
Una de las frases del Evangelio que más quería expresar en su obra pastoral era la invitación de Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28). No fue casualidad que en la iglesia parroquial de San Julián Cristo aparezca representado con los brazos abiertos. Era una imagen que expresaba muy bien el corazón pastoral del P. José: una Iglesia con las puertas abiertas, donde todos tienen un lugar, también quienes han fracasado, quienes están cansados, quienes llegan de lejos o quienes simplemente necesitan ser acogidos.
También quiso que la iglesia de San Julián expresara la realidad de una comunidad formada por personas procedentes de muchos lugares. Por eso, en sus puertas laterales, el Padrenuestro aparece en diferentes lenguas de nuestros pueblos: quechua, aymara, guaraní y chiquitano. Era su manera de decir que todos somos parte de una misma familia y que en la Iglesia nadie debería sentirse extranjero. Su visión misionera nunca se limitó a la sacristía. Para él, evangelización y promoción humana iban de la mano.
Por eso dejó tras de sí numerosas obras destinadas a mejorar las condiciones de vida de los más humildes. En San Antonio de Lomerío impulsó viviendas dignas para muchas familias, contribuyó a la construcción de la hermosa iglesia parroquial y de la casa parroquial, y promovió también obras de servicio social, entre ellas puentes y centros de salud. En San Julián, su paso quedó marcado de manera especial por la construcción de la nueva iglesia parroquial, junto con todo el conjunto parroquial. En la Brecha Casarabe, acompañó y promovió la construcción y equipamiento de capillas en diferentes núcleos. Y en Santa Cruz, colaboró en la organización y levantamiento de un hospital en Villa Primero de Mayo. Detrás de estas obras materiales había algo mucho más grande:
la convicción de que la dignidad de una persona también se construye cuando tiene una casa digna, acceso a la salud, un lugar para reunirse, una comunidad que la acoge y una Iglesia que camina a su lado. Su libro sobre sus años de misión en San Antonio de Lomerío tiene un título muy significativo: Und niemand spricht von unserem Lächeln —«Y nadie habla de nuestra sonrisa»—.
Con ello quería expresar algo que había aprendido de Bolivia y de su gente: que no se puede hablar de este país solamente desde sus dificultades económicas, políticas o sociales. Hay que hablar también de la belleza de su gente, de su alegría, de su hospitalidad, de su capacidad de vivir y, sobre todo, de su sonrisa. El P. José sabía que la misión no era una calle de un solo sentido.
Lo expresaba con una frase que resume muy bien su pensamiento: «Mission ist keine Einbahnstraße» — «La misión no es una calle de un solo sentido». También quienes vienen de Europa para ayudar aprenden de los pueblos a los que sirven. También los bienhechores y donantes reciben algo de aquellos a quienes acompañan. La misión es siempre un encuentro, un intercambio de dones, una experiencia en la que todos terminamos siendo evangelizados. Por eso, su misión no terminó cuando dejó Bolivia.
Aunque regresó a Alemania y, con el paso de los años, se retiró de la actividad pastoral, su corazón siguió unido a estas tierras. En su habitación del hogar de Caritas en Bamberg conservaba con cariño artesanías de Bolivia, fotografías y recuerdos de aquellos años que para él fueron verdaderamente sagrados. Ya en el retiro descubrió además una nueva pasión: contemplar las estrellas. Con la misma curiosidad y capacidad de asombro con la que había contemplado a las personas y las culturas durante su vida misionera, comenzó a explorar en los libros los misterios del universo.
Quizás también allí encontraba algo de aquel Dios grande y misericordioso que había anunciado durante toda su vida. El P. José ha dejado muchas huellas en nuestro Vicariato. Las huellas están en las iglesias y capillas, en las casas, en los centros de salud, en los proyectos sociales y en tantas otras obras. Pero las huellas más profundas no están hechas de ladrillo ni de cemento. Están en la memoria y en el corazón de las personas.
Están en tantos niños y jóvenes que recibieron formación de sus manos; en tantos enfermos que fueron acompañados; en tantos pobres que encontraron ayuda; en tantas personas que descubrieron que Dios es misericordioso; en tantos agentes pastorales y sacerdotes que aprendieron de su sabiduría y de su manera de anunciar el Evangelio. El P. José amaba también aquella canción que tantas veces cantó con su gente:
«Cristo te necesita para amar». Él soñaba que ese canto pudiera llegar a ser una especie de himno para toda la humanidad: amar sin mirar la raza, el color de la piel, el lugar de donde viene una persona o si es un vecino o alguien que llega de lejos. Quizás ese deseo resume también su propia vida. Cristo lo necesitó para amar. Y él respondió. Respondió con 65 años de sacerdocio, con sus años de misión, con su creatividad, con sus obras, con sus palabras, con su cercanía y con su corazón abierto.
Por todo ello, hoy no queremos despedirlo solamente con tristeza. Queremos despedirlo con gratitud. Gracias, P. José, por tu vida entregada. Gracias por tu testimonio misionero. Gracias por haber creído en nuestra gente. Gracias por haber ayudado a construir comunidades, iglesias y, sobre todo, personas. Gracias por tu sabiduría, por tu alegría, por tu apertura y por tantas huellas que permanecen. Y quizá ahora, al final de su largo camino, podamos repetir aquella expresión que él mismo utilizaba con una mezcla de humor, humildad y profunda verdad:
«¿Misión cumplida?!» Sí, Padre José, podemos decir que has cumplido admirablemente la misión que el Señor te confió. Pero tú mismo nos enseñaste que la misión nunca termina del todo:
después de una misión viene otra, y seguimos siendo misioneros hasta el encuentro definitivo con el Señor. Ahora que has llegado a la casa del Padre, confiamos en que Él te reciba con los brazos abiertos, como los brazos de Cristo que tantas veces quisiste mostrar a tu pueblo. Que puedas contemplar ahora, cara a cara, al Dios que anunciaste, serviste y amaste. Y que desde la eternidad puedas seguir acompañando a quienes tanto te quisieron y a las comunidades que fueron también tu familia. Descansa en paz, querido P. José Schicker. Tu misión continúa en las huellas que dejaste, en las personas que formaste y en el amor que sembraste. ¡Gracias por todo! Que el Señor, a quien serviste durante 65 años como sacerdote, te conceda ahora el descanso eterno.
𝑫𝒂𝒍𝒆, 𝑺𝒆𝒏̃𝒐𝒓, 𝒆𝒍 𝒅𝒆𝒔𝒄𝒂𝒏𝒔𝒐 𝒆𝒕𝒆𝒓𝒏𝒐.
𝒀 𝒃𝒓𝒊𝒍𝒍𝒆 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒆́𝒍 𝒍𝒂 𝒍𝒖𝒛 𝒑𝒆𝒓𝒑𝒆𝒕𝒖𝒂.
𝑸𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒔𝒄𝒂𝒏𝒔𝒆 𝒆𝒏 𝒑𝒂𝒛. 𝑨𝒎𝒆́𝒏.
𝑷. 𝑹𝒐𝒃𝒆𝒓𝒕 𝑯𝒐𝒇