23/07/2026
El tesoro de un corazón que sabe escuchar
«Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, y los oídos que oyen lo que ustedes oyen.» (Mt 13,16)
Hay una diferencia muy grande entre mirar a Jesús y dejarse encontrar por Él. En el Evangelio de hoy, los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas. Y Jesús responde revelando un misterio que sigue siendo actual: no basta con tener los ojos abiertos; hace falta un corazón dispuesto. Porque hay personas que escuchan el Evangelio una y otra vez, pero nunca permiten que esa Palabra atraviese su vida.
Dios no esconde su amor. Es el corazón el que, muchas veces, se va cubriendo de capas de ruido, de orgullo, de autosuficiencia o de prisas que terminan haciéndolo incapaz de reconocer su paso. Y eso es doloroso, porque podemos vivir rodeados de cosas santas, participar en la Eucaristía, rezar, servir e incluso hablar de Dios... y, sin embargo, permanecer cerrados a la novedad que Él quiere obrar en nosotros.
Jesús no habla en parábolas para complicar el camino. Habla así porque el amor nunca se impone. Dios no fuerza la puerta del corazón. Espera. Susurra. Invita. Solo quien se hace pequeño, quien reconoce que necesita ser enseñado, descubre el Reino escondido en las palabras más sencillas. La humildad abre los ojos que el orgullo mantiene cerrados.
Qué fuerte es pensar que los discípulos fueron llamados dichosos, no porque fueran mejores que los demás, sino porque se dejaron transformar por la presencia de Jesús. Lo miraron con un corazón disponible. Se dejaron sorprender. Se dejaron corregir. Se dejaron amar. La verdadera ceguera no consiste en no ver a Dios, sino en creer que ya no tenemos nada que aprender de Él.
Hoy el Señor también pasa delante de nosotros. Habla en la Palabra, en la Eucaristía, en el hermano que sufre, en la corrección que incomoda, en el silencio de la adoración y en esos pequeños acontecimientos donde suele esconder sus visitas. El problema no es que Dios haya dejado de hablar; quizá el problema es que hemos dejado de escuchar.
Pidámosle la gracia de recuperar un corazón contemplativo. Un corazón que no se conforme con saber cosas de Jesús, sino que desee conocerlo cada día más. Porque la santidad comienza cuando dejamos de vivir de respuestas aprendidas y empezamos a escuchar al Maestro como si cada palabra fuera pronunciada por primera vez.
Preguntas para el corazón
— ¿Tengo un corazón disponible para dejarme sorprender y transformar por Jesús?
— ¿Qué ruido o resistencia me impide escuchar hoy la voz de Dios?
— ¿Busco conocer más a Jesús o solo acumular conocimientos sobre Él?
Oración
Señor Jesús, abre mis ojos para reconocerte y mis oídos para escuchar tu voz en medio del ruido de cada día. Arranca de mi corazón todo aquello que lo endurece y no me deja acoger tu Palabra.
Dame un corazón humilde, dócil y contemplativo. Que nunca me acostumbre a tu Evangelio, sino que cada encuentro contigo renueve en mí el deseo de amarte más y seguirte con todo mi ser.
¿Cuándo fue la última vez que una palabra de Jesús cambió realmente una decisión de tu vida?