IESUS REX MEUS

IESUS REX MEUS EVANGELIO DEL DÍA. "solo un verdadero desafío prueba la calidad de la creencia"
O todo o nada.

24/02/2026

Y Él nos dice "Todo Cambiara, Pero No Te Alejes De Mi Cuando Suceda"

📖 Evangelio del día – Mateo 6, 7–15Hoy Jesús nos enseña que la oración no es repetir palabras… es confiar y perdonar.No ...
24/02/2026

📖 Evangelio del día – Mateo 6, 7–15
Hoy Jesús nos enseña que la oración no es repetir palabras… es confiar y perdonar.
No puede haber “Padre Nuestro” sin perdón verdadero.
¿A quién necesitas perdonar hoy?
IESUS REX MEUS ✝️
Jesús es mi Rey.

¡Un saludo a mis nuevos seguidores! ¡Estoy feliz de que me sigan! Mercedes Gutiérrez, Elia Garcia, Carlito Velázquez, An...
13/10/2024

¡Un saludo a mis nuevos seguidores! ¡Estoy feliz de que me sigan! Mercedes Gutiérrez, Elia Garcia, Carlito Velázquez, Angel Grabiel

30/04/2024
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Jesús llama a los cansados y agobiadosP. José CervantesJesús, amigo de los últimos Ante la situación penosa de cansancio...
09/07/2023

Jesús llama a los cansados y agobiados
P. José Cervantes

Jesús, amigo de los últimos



Ante la situación penosa de cansancio y agobio en que está sumida la mayoría de los seres humanos en este siglo XXI, el texto evangélico de este domingo (Mt 11,25-30) es un gran consuelo para la humanidad sufriente. Este pasaje de Mateo tiene tres elementos importantes: la bendición al Padre, la manifestación sobre la relación entre el Padre y el Hijo y la invitación a la amistad con Cristo para tener aliento en la vida. De estas tres partes, las dos primeras están también en Lucas (Lc 10,21-22) con una afinidad casi literal y pertenecen a los dichos de la fuente Q, recogida en Mateo y Lucas. Pero sólo Mateo incorpora los últimos versículos (Mt 11,28-30), que expresan la llamada de Jesús a todos los cansados y agobiados para encontrar en él, Mesías sencillo y humilde, amigo de los últimos, el aliento necesario para la vida.



Oración agradecida de Jesús



En el evangelio de Mateo sólo aquí, en Getsemaní y en la cruz aparece el contenido de la oración de Jesús. En este caso es una forma de bendición, típica en la tradición bíblica, que expresa un agradecimiento público ante el Padre. El motivo de la oración es la revelación a los pequeños y el ocultamiento a los sabios y entendidos de las cosas relativas al conocimiento de la relación entre el Padre y el Hijo. Los que se las dan de sabios y entendidos, en virtud de su autosuficiencia y de sus prejuicios, se autoexcluyen de la revelación de Dios, el cual se da a conocer abiertamente a los “pequeños”. Estos pequeños, según Mateo, suelen ser los discípulos (Mt 10,42; 18,2-6.10.14) y están particularmente llamados a ser sencillos y humildes como el Mesías.



Jesús invita a ir hacia Él



La invitación final de Jesús para ir hacia él aparece en este evangelio en los pasajes relativos a la llamada al seguimiento radical (Mt 4,19), a las bodas de parte del padre (Mt 22,4) y a entrar en el Reino por parte del Hijo del Hombre cuando venga en la majestad de su gloria (Mt 25,34). Los destinatarios de estas invitaciones de Jesús son los discípulos, los vagabundos y los que han atendido bien a los necesitados y marginados. En el texto de hoy se trata de los oprimidos por el sistema legal de la época y por las circunstancias sociales y económicas, que generan cansancio, agotamiento y agobio ¡Cuántas personas se encuentran hoy así en nuestro mundo! ¡Víctimas del sistema! ¡Víctimas de la falta de solidaridad con los necesitados y con los pobres!



El yugo es la imagen de la aceptación de la Nueva Alianza



Jesús invita a los que llama para que carguen sobre sí su “yugo”. El yugo es una imagen bíblica que se refiere a la Alianza del Señor (Jer 2,20; 5,5) y a la sabiduría contenida en los mandamientos y en la ley del Antiguo Testamento (Eclo 51,26). El yugo que Jesús ofrece no es el del cumplimiento de las leyes, sino la aceptación de la Nueva Alianza con Dios que él mismo encarna en su persona, humilde y sencilla. Es la aceptación de la nueva revelación que tiene como contenido la identidad de Dios como Padre, la de Jesús como Hijo y la relación entre ambos. Los pequeños son los que mejor perciben que Jesús como Hijo es el rostro vivo del Padre. El anuncio y la revelación de Dios como Padre y la acogida de este Evangelio por parte de los pequeños es lo que constituye la gran alegría de Jesús. No olvidemos que la manifestación fundamental del Hijo de Dios en los Evangelios, por sorprendente y paradójica que parezca, es Jesús crucificado y mu**to. Para percibir la gran verdad de esta paradoja es necesario ser pequeño, sencillo y humilde de corazón y, sobre todo, concentrar la atención en los crucificados, marginados y agobiados.



Jesús no promete soluciones sino su aliento



Sin embargo, lo que Jesús promete no es la solución inmediata de los problemas ni la superación mágica de las dificultades sino el aliento, el alivio, uno de los dones mesiánicos (Is 14,3; Jer 6,16), que implica descanso y reposo en orden a restaurar fuerzas para seguir adelante. Jesús mismo es el lugar del descanso, de la paz y de la recuperación del aliento. Acudir a él en cualquier tiempo de cansancio y de agobio será bueno para todos. Él ofrece mansedumbre, humildad y sencillez. La invitación de Jesús es a no inquietarnos y a no preocuparnos más por las cosas que no son tan importantes.



Cuidar el don de la vida



El don primero que hay que cuidar es el de la vida de cada ser humano. Para los que gobiernan nuestros países y pueblos también éste deber ser el primer bien a preservar, que, en una escala moral, está muy por encima de las ideologías partidistas y egoístas, con las que se intenta sacar tajada aprovechándose de las dificultades del mundo y y de la indefensión de los pequeños. Hay que ser humildes, caminando en la verdad, como decía la Santa de Ávila, reconociendo que nadie es omnipotente sino sólo el Creador, pues todos nosotros sólo somos criaturas mortales con el don de la vida recibido de Dios.



La mansedumbre de Jesús



La última exhortación de Jesús es a aprender de él, que es el Mesías sencillo, manso y humilde de corazón. El término griego prays, correspondiente a la mansedumbre, designa a personas no violentas, sencillas y pacíficas. En el texto de este domingo, como en Mt 21,5, el evangelio de Mateo presenta a Jesús, como Señor y como Mesías, pero de manera sorprendente. La soberanía de Jesús es la de la humildad y la sencillez, la de la mansedumbre y la no violencia. Su grandeza es la de ser servidor de los otros y su autoridad la del que va a ser crucificado para revelarnos dónde y cómo podemos encontrarnos con Dios en esta tierra.



Jesús Mesías, manso y humilde



En Mateo, el acercamiento mesiánico de Jesús a Jerusalén (Mt 21,5) caracteriza a Jesús como Mesías manso y humilde y gira en torno al texto bíblico que anuncia la venida de un rey con las palabras proféticas de Zacarías que también hoy se leen (Zac 9,9-10). Mateo subraya así la cualidad mesiánica de la mansedumbre. Mansedumbre es la virtud que combina la sencillez, la no violencia, la humildad y la solidaridad compasiva. Éste es Jesús, el Mesías de la Pasión. De su sencillez y humildad es de quien los discípulos y todos sus seguidores debemos aprender. En el seguimiento de este Jesús es donde encontraremos reposo, aliento y esperanza para seguir adelante en nuestras vidas.



La vida en el Espíritu de Cristo



La Carta a los Romanos es el texto del Nuevo Testamento donde mejor se desarrolla lo que significa para el ser humano la vida en el Espíritu de Cristo y más exactamente en el capítulo ocho, del cual hoy se lee un pequeño fragmento (Rom 8,9.11-13). A partir de Cristo mu**to y resucitado, la Nueva Alianza prometida en el profeta Jeremías (Jer 31,31) se ha cumplido en el ser humano pues, por medio del Resucitado que nos comunica su mismo Espíritu, el Espíritu, y no la carne, es el que domina ya la vida del cristiano. El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los mu**tos es el fundamento de la vida nueva cristiana y la garantía que avala el futuro de la humanidad. El Espíritu de Cristo es el del crucificado y resucitado, es el que habita en nosotros y nos permite vivir en la libertad de los hijos de Dios y en el amor que caracteriza la vida cristiana liberada y creada de nuevo por Dios. Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones desordenadas (Gal 5,24).



No somos deudores de la carne, sino del Espíritu que da vida



Pablo sostiene que ya no somos deudores de la carne. “La carne simboliza – dice en su espléndido comentario X. Alegre – aquel estilo de vida que nos lleva a encerrarnos en nuestro propio egoísmo, buscando el honor, el dinero o el poder a cualquier precio, disfrutando de la propia vida a costa de los demás y de la explotación de la naturaleza, adaptándonos así a la lógica deshumanizadora de este mundo profundamente injusto y egoísta, que encuentra su expresión en las tremendas desigualdades económicas, sociales y políticas, que dividen a las personas y los pueblos, provocando la violencia que azota nuestras sociedades, sobre todo en los países empobrecidos”. Sin embargo la alternativa de vida propuesta por Pablo nace del Espíritu de Cristo en nosotros y así el apóstol sostiene que, si mediante el Espíritu damos muerte a las obras del cuerpo, tendremos vida.



Somos hijos de Dios, con humildad y sencillez



Esta es la novedad de vida en la que hemos de caminar como hijos de Dios, con la sencillez y la humildad propias del crucificado. En este Espíritu de Cristo se encuentra el aliento y el reposo que renueva nuestras fuerzas en medio de los cansancios y agobios de la vida presente. Acojamos por tanto la invitación del Señor: ¡Vengan a mí, los agobiados, y yo los alentaré!



P. José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

07/07/2023

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P. José CervantesCristo y el Joven ricoSorprendente mensaje de Jesús El evangelio de Mateo organiza todo el mensaje de J...
07/07/2023

P. José Cervantes

Cristo y el Joven rico

Sorprendente mensaje de Jesús



El evangelio de Mateo organiza todo el mensaje de Jesús en cinco grandes discursos que dan a la obra una estructura de alternancia de obras y palabras de Jesús. Hoy se lee en la Iglesia el final del segundo discurso, dedicado a la instrucción de los discípulos para la misión (Mt 10,37-42), e introduce un mensaje nuevo en la predicación de Jesús. “El que quiere al padre o a la madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere al hijo o hija más que a mí no es digno de mí” (Mt 10,37).



Ruptura con la familia



Éste es uno de los dichos del Evangelio que, en esta forma simple, con toda probabilidad puede atribuirse al Jesús histórico. Llama la atención, una vez más, la dureza y rotundidad con que en este dicho de Jesús aparece la ruptura con la familia. Jesús reclama de los discípulos una gran radicalidad en la ruptura de relaciones con los miembros de la propia familia, del propio grupo de parentesco o del propio grupo étnico. Se trata de una ruptura de la fidelidad debida a estos diversos grupos de pertenencia.



La fidelidad a Jesús y al Reino



Sin embargo, el dicho de Jesús no pretende inculcar en sus discípulos la enemistad o la aversión hacia los padres, sino que tiene como objetivo, más bien, proclamar que la fidelidad a Jesús y al Reino de Dios están por encima de la fidelidad que se debe a la familia, la cual era la estructura básica de la sociedad helenístico-romana en aquella época y requería la fidelidad y la solidaridad entre sus miembros, en torno a la figura del pater familias, por encima de cualquier otra obligación.



Un Evangelio muy radical



Tanto Mateo como Lucas (Lc 14,26-27) recibieron este dicho de Jesús a través del documento Q, la colección de palabras y sentencias de Jesús anterior a la redacción de los evangelios. Mateo lo ha puesto como una exigencia última en la disponibilidad de los discípulos para llevar a cabo la misión de anunciar el reino de Dios y su justicia. La radicalización evangélica por causa del seguimiento de Jesús se hace casi incomprensible al incorporar la exigencia de renunciar a sí mismo y de cargar con la propia cruz: “Y quien no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que encontró su vida la perderá, y el que perdió su vida por causa mía la encontrará” (Mt 10,38-39).



Libertad y entrega



Aquella expresión de Jesús sobre los padres – debemos repetirlo – no quiere generar ningún tipo de odio hacia ellos, ni mucho menos, sino que resalta la radicalidad extrema de la fidelidad a Jesús y al Reino de Dios de parte de los discípulos. Una radicalidad que se debe interpretar como expresión de la gran libertad que debe caracterizar la entrega de la vida del discípulo en el seguimiento del crucificado. Lucas recogió ese dicho de Jesús lo colocó en el marco de las exigencias a los discípulos (Lc 14,25-33) y amplió la lista de familiares a los que hay renunciar para ser discípulo, incluyendo entre ellos a la mujer, a los hijos, a los hermanos y a las hermanas, así como la necesidad de desprenderse de todos los bienes (Lc 14,33).



El cambio de valores



La vida del discípulo comporta, pues, un cambio de valores desde las categorías evangélicas y conlleva la capacidad de renuncia y de sacrificio para luchar con total disponibilidad y libertad por la causa del Reino de Dios y su justicia. Lo que hay que construir en nuestro mundo es un hogar universal para toda la familia humana, derribando los muros de la esclavitud y del racismo y destruyendo las fronteras que excluyen a los pobres de la tierra de la mesa de los ricos. Para eso es necesario un movimiento de discípulos verdaderamente libres y apasionadamente comprometidos con la causa de la fraternidad universal.



La fraternidad de Jesús



La familia constituye un núcleo fundamental en la estructuración de nuestra sociedad y sus valores fundamentales han de ser preservados como valores sociales y culturales de primer rango. Sin embargo, ésta no debería ser tampoco lo primero desde la perspectiva cristiana del Reino de Dios. Jesús propone una nueva fraternidad abierta a todos, especialmente a los pobres y marginados.



El cambio de mentalidad



Para quien quiera seguirle y convertirse en un verdadero discípulo y misionero del Reino es preciso cambiar de mentalidad. Es preciso cambiar la mentalidad de la familia cerrada y acomodada por una mentalidad nueva de fraternidad universal y de familia verdaderamente cristiana, que, abierta al Reino de Dios, consolide todas sus relaciones en el amor a Cristo, encontrando en él la fuerza para la entrega y fidelidad matrimonial del hombre y la mujer, así como para la relación entre padres e hijos.



Renuncia y sacrificio por el Reino



Esa nueva mentalidad comporta en los cristianos la capacidad de renuncia y de sacrificio para luchar con total disponibilidad y libertad por la causa del Reino de Dios y su justicia. Uno de los retos más urgentes que hoy tiene nuestro mundo es hacer del mundo global, sumido en la injusticia estructural y en la miseria de grandes masas de personas y pueblos, un hogar universal, una nueva familia humana, que cambie las relaciones sociales de la humanidad, sobre todo, las relaciones de dominio de unas personas respecto a otras y de sometimiento de unos pueblos respecto a otros. Para ello es preciso derribar los muros de la exclusión social, de la explotación y del racismo.



La comunión trascendental con Cristo



La radicalidad en el seguimiento brota de la experiencia de la novedad de vida propia de una vida cristiana auténtica. La identidad cristiana, en los términos de la Carta a los Romanos, tiene su origen en la participación de los creyentes en el misterio pascual (Rom 6,3-11), pues allí Pablo muestra el gran dinamismo de los cristianos que estamos llamados a vivir una novedad de vida. La relación íntima con Cristo, con su pasión y con su sepultura, nos capacita para ser también partícipes con él de la nueva vida, la que es propia de los que han resucitado con Cristo y pueden vivir la radicalidad del discipulado misionero en todos sus compromisos de vida. Las expresiones originales en el griego de Pablo nos vinculan tan estrechamente a Cristo que el apóstol nos traslada a la experiencia trascendente de la Pasión y Resurrección de Cristo, en cuyos acontecimientos nosotros ya fuimos cocrucificados con Cristo, cosepultados con Cristo y covivificados con Cristo. Valga este énfasis en las palabras paulinas para destacar la raíz de nuestra identidad de bautizados y, en consecuencia, la radicalidad que de ella se deriva para los que creemos en Cristo como discípulos y misioneros suyos. Feliz domingo.



P. José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Reflexión dominical: El Señor Resucitado nos da Su EspírituP. José CervantesEl nuevo arzobispo de Santa Cruz de la Sierr...
24/04/2022

Reflexión dominical: El Señor Resucitado nos da Su Espíritu
P. José Cervantes

El nuevo arzobispo de Santa Cruz de la Sierra

Con la gran alegría de la Pascua se ha recibido en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) la noticia del nombramiento de Mons. René Leigue Cesari, como Arzobispo de Santa Cruz. Él era hasta ahora Obispo Auxiliar de la Diócesis. La Iglesia cruceña prosigue con él su andadura evangelizadora y misionera con un nuevo impulso en la sucesión apostólica. La renuncia del Arzobispo Mons. Sergio Gualberti, prescriptiva por haber cumplido hace un par de años los setenta y cinco, ha sido aceptada por el Papa Francisco, que lo ha nombrado Administrador Apostólico hasta la toma de posesión de Mons. René. El nuevo arzobispo es natural de esta tierra cruceña, procede de una familia muy humilde y ha desarrollado su fe y su vocación al sacerdocio en el Seminario Mayor San Lorenzo, de Santa Cruz. Se podría decir que es la primera gran fruta madura de la renovación eclesial de la Arquidiócesis, promovida por el Cardenal Julio Terrazas (+), el cual revitalizó el Seminario, promoviendo las vocaciones sacerdotales y ha hecho posible que uno de sus sacerdotes diocesanos asuma el pastoreo del rebaño de Dios en esta tierra. Desde aquí vaya nuestro profundo agradecimiento a Mons. Sergio y nuestra más cordial felicitación a Mons. René, acompañada de nuestra oración y apoyo para que su ministerio episcopal al frente de esta Iglesia obtenga los grandes frutos del Espíritu del Resucitado.

La aparición del resucitado en Jerusalén

En estos días de Pascua la liturgia nos ha hecho vivir el gozo y la alegría de ser de Cristo, el que murió y resucitó por nosotros. En el segundo domingo de la Pascua el evangelio de Juan anuncia la presencia de Cristo Resucitado en la vida humana y el mensaje se centra en la doble aparición del resucitado a los discípulos y su repercusión en la vida de los cristianos de todas las épocas. Tanto el sumario de los Hechos de los Apóstoles (Hch 5,12-16) como el texto del Apocalipsis (Ap 1,9-19) revelan las nuevas formas de presencia del Resucitado en el mundo a través de los signos y prodigios de los Apóstoles y del testimonio cristiano en medio de los sufrimientos y tribulaciones del tiempo presente.

El domingo, día del Señor

El relato del Evangelio (Jn 20,14-31) se sitúa en el atardecer del mismo día de la resurrección, convertido para siempre en el primer día de la semana, pues es el primer día de la nueva creación, denominado ya en el Apocalipsis como “día del Señor”: literalmente “el domingo”. Del relato en su conjunto podemos destacar tres elementos teológicos: 1) la presencia de Jesús que muestra la identidad del crucificado y resucitado, 2) la donación del Espíritu del Resucitado a los discípulos para hacerlos partícipes de la misma misión de Jesús, comunicando paz, alegría y perdón, y 3) la gran dicha de la nueva vida por la fe en el Resucitado comunicada por la Iglesia mediante el testimonio y la palabra.

El Señor resucitado es el mismo que el crucificado, pero no es lo mismo

La primera parte (vs. 19-20) narra la sorprendente aparición de Jesús a los discípulos en Jerusalén, estando ellos en un lugar cerrado a causa de un miedo exterior provocado por los judíos. Jesús se hace presente en ese espacio y su presencia comunica paz y alegría. El evangelista Juan, al igual que Lucas, resalta lo que los teólogos llaman la discontinuidad y continuidad del crucificado en el resucitado. La discontinuidad está destacada por la sorpresa de la irrupción en medio de los suyos de un Jesús, viviente, cuyo cuerpo “pneumático”, es decir espiritual, revela su señorío sobre la muerte: ¡Es el Señor! La continuidad está indicada en las referencias a las señales sensibles de las manos y el costado, que, desde el principio del relato, remiten al crucificado. No cabe duda, pues, de que Jesús Resucitado es el mismo, pero ya no es lo mismo. En todo caso esta presencia del Señor provoca una gran alegría en los discípulos.

Recibir el Espíritu Santo del Crucificado

El relato reitera después el saludo de paz de Jesús como introducción a las palabras de envío misionero de los apóstoles en continuidad con la misión de Jesús, como enviado del Padre (vv. 21-23; cf. Mt 16,19; 18,18). En este envío el protagonista es Jesús. Él es el que habla, el que envía, el que sopla y el que comunica Su mismo Espíritu, que es Santo. Y así surge un hombre nuevo, el nuevo Adán, creado en Cristo. La ausencia del artículo en las palabras “Reciban Espíritu Santo” refleja la concentración en el mismo Espíritu del Crucificado y Resucitado. Es el espíritu del Resucitado, revelado ya en su entrega de la vida en la cruz, en su amor hasta el fin, en su perdón total a los seres humanos, es el espíritu del que ha sido glorificado. Y por supuesto que ese Espíritu es verdaderamente Santo. Así pues, el primer don del resucitado es su mismo Espíritu. El primer fruto del Espíritu Santo es la capacidad para perdonar y para hacerlo en nombre de Dios. El perdón de Dios es el gran don del Resucitado a su Iglesia para que ésta lleve a cabo la evangelización en el mundo y sea capaz de generar una cultura de Perdón.

Dichosos los que creen sin haber visto

La tercera parte del relato cuenta de nuevo la aparición de Jesús a los discípulos, con Tomás presente (vv. 24-29). Es la ocasión para que el evangelista repita todos los elementos fundamentales de la primera aparición, orientando la atención hacia la grandeza de la fe, que consiste en la acogida del mensaje de los apóstoles y en la superación de la percepción de los meros sentidos para experimentar la presencia del Resucitado en la Iglesia. Con la fórmula de una bienaventuranza de estilo sapiencial concluye Jesús sus palabras a Tomás: “Dichosos los que creen sin haber visto” y felicita así a los creyentes de toda la historia. Finalmente el evangelista pone un epílogo a toda su obra y proclama el sentido del Evangelio como llamada a la nueva vida desde la fe en Jesús Mesías, Hijo de Dios (30-31).

Al servicio de los más necesitados

En torno a los Apóstoles comienza a formarse la primera comunidad eclesial (Hech 5, 12-16). Los apóstoles hacen presente al Señor entre los humildes, en otros tiempos y lugares. Estar al servicio del más humilde, del más necesitado, se convierte para los primeros creyentes en un signo de la permanencia de la resurrección. Se dan los signos del Reino que se habían dado con Jesús: el poder de la palabra, el favor que el pueblo les dispensa, la fraternidad entre todos los creyentes y en concreto los signos que acompañan la predicación apostólica: las curaciones. En la comunidad se realiza el Reino siguiendo el ejemplo de Jesús. En respuesta a la actividad apostólica, se va congregando una comunidad cada vez más numerosa, hombres y mujeres que se adhieren al Señor. La iglesia nace y crece como respuesta al evangelio, es fundación de Dios en Cristo y en sus enviados. La fuerza de Jesús resucitado sigue viva en la Iglesia en los que creen en él.

Reavivar la esperanza en Cristo

En el texto del Apocalipsis (Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19) Juan, compañero en la tribulación, trata de fortalecer y reavivar las esperanzas de los cristianos perseguidos bajo el gobierno de Domiciano, a finales del siglo primero, y desde esta perspectiva, al pueblo de Dios de todos los tiempos en todas sus tribulaciones. Juan vive desterrado por ser fiel a Jesús y se presenta con la autoridad que esa fidelidad le confiere desde su fe. Juan se dirige a las siete ciudades a cuyas iglesias dirige el escrito. “Las siete Iglesias” constituyen el símbolo de la universalidad del mensaje. El nuevo pueblo de Dios ya no es el que se reúne en el templo de Jerusalén, sino la Iglesia, que tiene en su centro en “una figura humana” (Dn 7,13-14), es decir, Jesucristo, Resucitado, con vestidura sacerdotal, el que vive y participa del poder divino. Así se transmite un mensaje de esperanza y de confianza en Cristo resucitado. Su triunfo sobre la vida y la muerte sigue siendo el gran acontecimiento, que mantiene eficaz la fe y la esperanza de la Iglesia. No solamente está vivo, sino que, al tener las llaves del In****no, ni los poderes de los que no temen a Dios, ni el dinero, ni el poder, ni la opresión, ni la tortura podrán nunca hacer desaparecer del corazón del cristiano la seguridad de que Cristo es “el que vive’ y en él todo creyente recibe la redención y es llamado a participar de la vida eterna.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

P. Jose Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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