14/07/2026
Muchos dicen amar a Cristo, pero tratan a su Iglesia como una opción. Asisten cuando tienen ánimo, cuando no están cansados o cuando no surge algo "más importante".
Dios nunca dejó el acto de congregarse al capricho de nuestras emociones. Hebreos 10:24–25 ordena: "No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre...". No es una sugerencia, es un mandato.
El creyente maduro no se congrega porque siente deseos, sino porque ama y obedece a Cristo.
Cada ausencia injustificada fortalece el hábito de la indiferencia y debilita la comunión, la adoración y el crecimiento espiritual.
Si hoy solo vas a la iglesia cuando tienes ganas, no estás siguiendo el ejemplo de Cristo, sino el de tu propia carne. La fidelidad a Dios se demuestra incluso cuando las emociones dicen lo contrario.