03/05/2026
Para la reflexión de la misa de hoy:
El pasaje de Evangelio de hoy nos sitúa en un momento profundamente íntimo: es parte del discurso de despedida de Jesucristo a sus discípulos. Ellos están confundidos, con miedo, intuyen que algo difícil viene, y Jesús responde no con explicaciones frías, sino con palabras que sostienen el corazón:
“No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí.” Jesús no promete que no habrá problemas. No dice: “todo saldrá fácil”. Lo que ofrece es algo más profundo: una certeza interior. El miedo paraliza, la incertidumbre inquieta, pero la fe da estabilidad.
Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” Aquí está el centro del mensaje. Jesús no dice “yo enseño el camino”, sino “yo soy el camino”.
Es camino: porque nos guía, no estamos perdidos.
Es verdad: porque da sentido a lo que vivimos.
Es vida: porque llena el corazón de plenitud.
En un mundo con tantas voces, tantas propuestas, tantas “verdades”, Jesús no es una opción más es la referencia. Seguirlo no es solo rezar, es vivir como Él vivió: amar sin medida, perdonar de corazón, servir con humildad
Vemos también como Felipe expresa el deseo más profundo del ser humano: ver a Dios. Y Jesús responde algo impresionante: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Dios no es lejano. No es una idea abstracta. Dios tiene rostro y ese rostro es Jesús.
Si queremos conocer a Dios: miremos cómo Jesús trata a los pobres, cómo perdona al pecador, cómo ama hasta la cruz. Ahí está Dios.
Jesús confía en sus discípulos. Y también en nosotros. No nos deja como espectadores, sino como continuadores de su misión. Jesús cree en lo que tú puedes hacer. Cada acto de amor, cada gesto de servicio, cada palabra de consuelo, continúa su obra en el mundo.
Este Evangelio es una invitación clara:
No vivir con el corazón turbado, caminar con Jesús como guía, descubrir a Dios en Él, y ser testigos vivos de su amor