28/05/2026
EL LEGADO DE UN PASTOR 🌟🌟🌟
Un día como hoy, 27 de mayo de 1564, partía a la presencia del Señor el reformador Juan Calvino. Al contemplar su rostro en los libros de historia, como iglesia de herencia presbiteriana no recordamos a un monumento frío o a un intelectual distante, sino a un pastor cuyo corazón latía por la gloria de Dios y el cuidado de las almas.
A menudo se asocia su nombre únicamente con debates teológicos profundos, pero la esencia de su ministerio fue recordarnos que la teología es para vivirse de rodillas. Para Calvino, la mente y el afecto debían unirse en una devoción genuina, y en un cambio verdadero; como diría en uno de sus libros:
"El evangelio no es una doctrina de la lengua, sino de vida. No puede asimilarse solamente por medio de la razón y la memoria, sino que llega a comprenderse de forma total cuando posee toda el alma y penetra en lo profundo del corazón… Al menos que nuestra fe o religión cambie nuestro corazón y nuestra actitud y nos transforme en nuevas creaturas, no nos será de mucho provecho” - Calvino (1550). El libro de oro de la verdadera vida cristiana.
Fiel a su convicción de que el ser humano jamás debe opacar la cruz, Calvino pidió expresamente ser sepultado en una tumba anónima y sin lápida en Ginebra. No quería que nadie caminara hacia su sepultura; quería que todos corrieran hacia Cristo. Su muerte reflejó el lema que gobernó su vida entera: Soli Deo Gloria (Solo a Dios la gloria).
Hoy damos gracias al Señor por las herramientas bíblicas que nos heredó: la centralidad de las Escrituras, el entendimiento correcto de la soberanía de Dios, el orden eclesiástico a través de ancianos y una fe que transforma sociedades.
Que al ver su recuerdo hoy, nuestro compromiso se renueve bajo su famoso emblema: «Señor, mi corazón te ofrezco de manera pronta y sincera».