26/06/2019
A medida que practiquéis la oración os iréis dando cuenta que la naturaleza de vuestras peticiones va cambiando. Pediréis cada vez menos para vosotros y cada vez más para el amor de Dios. Lo mismo que en las relaciones humanas: cuanto más se ama a una persona, más se desea dar y menos recibir. El amor profundo nunca dice «dame», sino «toma». Si un día estuvierais rezando en vuestra habitación y vierais entrar en ella a Nuestro Señor, ¿le pediríais favores, le haríais partícipe de vuestras dificultades, le pedirías un millón de dólares, o que cuando acabe la guerra pueda comprar acciones de la General Motors?
¡No! Os arrodillaríais a sus pies y le besaríais la orla de su manto. Y en el momento en que Jesús pusiera las manos sobre vuestra cabeza sentiríais, incluso en medio de la oscuridad, una paz y confianza tales que os olvidaríais instantáneamente de las preguntas que deseabais hacerle y de los favores que queríais pedirle. Intentarlo lo consideraríais como una profanación. Lo único que desearíais sería contemplar su rostro y, al hacerlo, penetraríais en un mundo sólo conocido por los que aman. ¡Ya no ansiaríais otro cielo!
Del libro: DESDE LA CRUZ, de FULTON SHEEN