28/08/2025
Del rechazo a la salvación (testimonio de Javier Hennessey)
Infancia y juventud
Nací en una pequeña población de Colombia; llegué a una familia muy joven que, como muchas en mi país, tuvo que trabajar duro para salir adelante. Yo crecí en medio de una familia con abuelos ejemplares; eran católicos, como la mayoría en nuestro país, aunque uno de mis abuelos pertenecía a la masonería. Había en mi hogar tradiciones muy arraigadas, un profundo amor familiar, mucha unión y grandes valores que me ayudaron a formarme como buen hijo, buen nieto y, tal vez, como buen ciudadano.
Tuve la oportunidad de ir a la universidad, donde terminé mis estudios en Administración de Empresas. Empecé mi vida profesional, conseguí buenos empleos y logré ascender. Fui alcanzando éxito en mi carrera.
Recuerdo que en muchas reuniones familiares mi abuela, quien era muy católica, me decía que encomendara mi vida a Dios y que fuera a misa. Pero en ese entonces yo pensaba: ¿para qué? Si ya tenía éxito, ¿qué necesidad había de poner mi vida en manos de Dios? Yo sentía que todo lo había logrado con mi propio esfuerzo.
Dios me buscaba pero yo lo rechazaba
Tiempo después conocí a una persona de una denominación cristiana y empezamos una relación. Ella me invitaba con frecuencia a las reuniones de su iglesia, pero siempre las rechazaba. Para mí, Dios estaba allá, en el cielo, y nosotros acá. No sentía ningún interés en tener una relación con Él. Incluso cuando ella intentaba leer un pasaje bíblico conmigo, yo lo rechazaba.
Aun así, ella aceptó iniciar una vida matrimonial conmigo, y pronto pensamos en salir de Colombia para viajar a otro país. Yo creía que, al alejarnos, también ella se apartaría de su fe y de todo aquello que me hablaba de Dios, así que nos fuimos a Australia en el año 2008.
Las primeras personas que nos recibieron allí tenían vínculos cristianos. Yo acepté asistir a algunas reuniones, pero nunca me sentí a gusto; mi mente siempre estaba en otros asuntos. Ella, en cambio, quería que fuéramos a la iglesia los domingos, pero yo siempre encontraba un plan alternativo. Y es que, en Australia, con tantas oportunidades y sin grandes carencias, era fácil mantener la vida ocupada en cualquier cosa… menos en Dios.
Después de un tiempo, fui transferido de Melbourne a Brisbane. Teníamos ya a nuestro hijo pequeño, de apenas tres años. Allí, mientras su abuela lo paseaba por el conjunto donde vivíamos, ella conoció a una familia peruana que nos invitó a una reunión con una familia muy especial, donde había una persona con gran conocimiento de la Palabra del Señor.
Acepté la invitación, pero solo por la cordialidad, no porque me interesara el evangelio. Asistí a varias reuniones, pero mientras el mensaje era predicado, yo estaba más pendiente del teléfono que de escuchar. Me ofrecían el himnario y no lo abría; me pasaban una Biblia y la rechazaba.
Así pasaron los días. Yo veía, sin querer reconocerlo, cómo Dios me abría puertas para conocerle, cómo Él me buscaba una y otra vez… pero yo siempre rechazaba el evangelio. Siempre le daba la espalda al verdadero Dios. Recuerdo que en nuestro primer viaje a Colombia, después de seis años en Australia, tomamos un vuelo desde Los Ángeles a Bogotá, y junto a mi silla se sentó un hombre que me habló casi tres horas de Dios. Una vez más Él estaba tocando las puertas en mi vida, y yo lo rechazaba.
Una emergencia que me llevó al Señor
El 27 de agosto de 2017, a eso de las diez u once de la mañana, experimenté lo que la Biblia llama el nuevo nacimiento. Ese día, había planeado una actividad con mi familia, pero Dios tenía otro plan para mí, un plan que terminó en una emergencia médica, y que solo en ese momento, al ver que podría ser el último día con mis seres queridos, por primera vez me pregunté: ¿A dónde iría mi alma?
Toda mi vida había rechazado creerle a Dios. Pensaba que, aunque no fuera un hijo, esposo o padre perfecto, podría merecer un lugar en el cielo. Me había hecho un dios a mi medida, ajustado a mis ideales, necesidades y tradiciones. Sin embargo, en lo profundo de mi entendimiento humano, sabía que estaba equivocado, porque en algún momento había escuchado un mensaje que había inquietado mi corazón, uno que citaba dos pasajes de las Escrituras:
"Como está escrito: No hay justo, ni aun uno." (Romanos 3.10)
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (Romanos 3.23)
Sabía que era un pecador y que si dejaba este mundo sin arrepentirme y pedir perdón, estaría destituido de la gloria de Dios.
Mientras los paramédicos hacían todo lo humanamente posible por mí, vino a mi mente un versículo que estaba escrito muy grande en la pared en el lugar donde me habían invitado a escuchar el evangelio, pero que yo había rechazado:
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3.16)
Dios había amado al mundo, y eso me incluía a mí. Había dado a su único Hijo para que todo aquel que creyera en Él pudiera experimentar la vida eterna. En ese instante pedí perdón a Dios por todos mis pecados, recibí a Cristo como mi único y suficiente Salvador, y prometí honrarle y glorificarle en todo.
Es indescriptible la paz que sentí. El diagnóstico médico no arrojó nada grave, pero yo ya era un hombre nuevo, estaba en paz con Dios. El Señor Jesucristo ya era mi Señor y Salvador, y tenía la seguridad de que, si algo sucedía, pasaría la eternidad con Él.
No soy perfecto; soy un pecador arrepentido, perdonado y salvado por gracia. Experimenté el verdadero arrepentimiento y la transformación que solo Dios puede dar a través de la fe en la obra que Cristo hizo en la cruz por todos.
Las pregunta que dejo a quienes lean este texto son:
Si hoy dejaras este mundo, ¿dónde pasarías la eternidad?
¿Has experimentado el nuevo nacimiento?
¿Estás en paz con Dios?
Jesús dijo:
"De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios." (Juan 3:3)
Javier Hennessey