Evangelio en Brisbane

Evangelio en Brisbane Somos parte de una iglesia llamada "Conference Hall Christian Assembly" y nuestro deseo es compartir

07/03/2026

Introducción al libro de los Hechos, por don Leonardo Walker

22/01/2026

Primer estudio de la carta a los

0:00 Introducción: La importancia de discernir entre la Ley y la gracia en
4:53 La discusión en Hechos 15: ¿los gentiles tienen que guardar la Ley del AT?
8:56 Tema principal de la carta: Defensa del de Cristo
13:40 Diferencia entre Romanos y Gálatas
15:58 v.1
25.38 v.2
29:01 v.3
30:07 v.4
32.35 v.5

Mensaje de fin de año: Filipenses 2.13-14
31/12/2025

Mensaje de fin de año: Filipenses 2.13-14

Un mensaje de animación para terminar el 2025 y comenzar el 2026

19/11/2025

Cinco cosas nuevas en la Biblia. Predicación del evangelio desde Brisbane, Australia

31/10/2025

¿Por qué no celebramos Halloween?

Porque esa "fiesta" está asociada con el ocultismo y prácticas condenadas en la palabra de Dios (Deut 18.10-12; Hech 13.8-11; 19.18-19). Solo basta con ver las decoraciones y los disfraces etc que se usan en esa fecha para convencernos de qué es lo que se promueve, abiertamente, en esa "celebración".

Cualquier intento de participar en esas celebraciones es yugo desigual porque "¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?" 2 Co 6.14.

24/10/2025

Lograr paz sin la ayuda de un premio Nobel

Una mujer venezolana ganó el Nobel de la Paz, y las redes se llenaron de opiniones encontradas, produciendo debates muy acalorados. No tengo interés en participar en esa controversia, pero ya que muchos están hablando sobre ese tema, quisiera llamar la atención sobre algo más importante: ¿hay alguien que pueda dar verdadera paz?

El Nobel no premia a los que han logrado la paz sino a quienes tratan de lograrla. De hecho, ningún galardonado ha conseguido una paz permanente; los conflictos siempre regresan, y a veces peores.

Ningún ser humano puede dar verdadera paz porque el problema está en que todos somos pecadores y eso no nos permite tener paz con Dios. Muchos buscan sentir paz por diversos medios, pero aunque alcancen una sensación temporal de paz, tarde o temprano sucederá algo que la hará desaparecer.

Pero no hay que desesperarse; la maravillosa noticia es que sí hay alguien que nos puede dar perfecta paz: el Señor Jesucristo, porque “justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5.1). El pecado nos hace enemigos de Dios, pero Él nos ama tanto que envío a su Hijo a morir por nosotros. La paz que Él ofrece no es producto de negociaciones políticas, ya que Él hizo la paz “mediante la sangre de su cruz” (Col 1.20) cuando “el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Is 53.5).

Jesucristo no solo murió para darnos paz, sino que también dejó su tumba vacía y luego dijo a sus discípulos “paz a vosotros” y les mostró sus manos y su costado (Jn 24.19-20), confirmando que la paz fue lograda en la cruz.

¿Tiene tú esa paz? No necesitas un dirigente político, ni tampoco un líder religioso o social, para alcanzarla. Necesitas a Jesucristo, quien te ama y murió por tus pecados para darte paz eterna. Ven a Él hoy, como un pecador arrepentido, y tendrás esa paz.

Willians Alcalá

08/10/2025

"Escoge la vida para que vivas" por nuestro hermano Edward Thomson (Venezolano en Vancouver, Canada)

28/08/2025

Del rechazo a la salvación (testimonio de Javier Hennessey)

Infancia y juventud

Nací en una pequeña población de Colombia; llegué a una familia muy joven que, como muchas en mi país, tuvo que trabajar duro para salir adelante. Yo crecí en medio de una familia con abuelos ejemplares; eran católicos, como la mayoría en nuestro país, aunque uno de mis abuelos pertenecía a la masonería. Había en mi hogar tradiciones muy arraigadas, un profundo amor familiar, mucha unión y grandes valores que me ayudaron a formarme como buen hijo, buen nieto y, tal vez, como buen ciudadano.
Tuve la oportunidad de ir a la universidad, donde terminé mis estudios en Administración de Empresas. Empecé mi vida profesional, conseguí buenos empleos y logré ascender. Fui alcanzando éxito en mi carrera.
Recuerdo que en muchas reuniones familiares mi abuela, quien era muy católica, me decía que encomendara mi vida a Dios y que fuera a misa. Pero en ese entonces yo pensaba: ¿para qué? Si ya tenía éxito, ¿qué necesidad había de poner mi vida en manos de Dios? Yo sentía que todo lo había logrado con mi propio esfuerzo.

Dios me buscaba pero yo lo rechazaba

Tiempo después conocí a una persona de una denominación cristiana y empezamos una relación. Ella me invitaba con frecuencia a las reuniones de su iglesia, pero siempre las rechazaba. Para mí, Dios estaba allá, en el cielo, y nosotros acá. No sentía ningún interés en tener una relación con Él. Incluso cuando ella intentaba leer un pasaje bíblico conmigo, yo lo rechazaba.
Aun así, ella aceptó iniciar una vida matrimonial conmigo, y pronto pensamos en salir de Colombia para viajar a otro país. Yo creía que, al alejarnos, también ella se apartaría de su fe y de todo aquello que me hablaba de Dios, así que nos fuimos a Australia en el año 2008.
Las primeras personas que nos recibieron allí tenían vínculos cristianos. Yo acepté asistir a algunas reuniones, pero nunca me sentí a gusto; mi mente siempre estaba en otros asuntos. Ella, en cambio, quería que fuéramos a la iglesia los domingos, pero yo siempre encontraba un plan alternativo. Y es que, en Australia, con tantas oportunidades y sin grandes carencias, era fácil mantener la vida ocupada en cualquier cosa… menos en Dios.
Después de un tiempo, fui transferido de Melbourne a Brisbane. Teníamos ya a nuestro hijo pequeño, de apenas tres años. Allí, mientras su abuela lo paseaba por el conjunto donde vivíamos, ella conoció a una familia peruana que nos invitó a una reunión con una familia muy especial, donde había una persona con gran conocimiento de la Palabra del Señor.
Acepté la invitación, pero solo por la cordialidad, no porque me interesara el evangelio. Asistí a varias reuniones, pero mientras el mensaje era predicado, yo estaba más pendiente del teléfono que de escuchar. Me ofrecían el himnario y no lo abría; me pasaban una Biblia y la rechazaba.
Así pasaron los días. Yo veía, sin querer reconocerlo, cómo Dios me abría puertas para conocerle, cómo Él me buscaba una y otra vez… pero yo siempre rechazaba el evangelio. Siempre le daba la espalda al verdadero Dios. Recuerdo que en nuestro primer viaje a Colombia, después de seis años en Australia, tomamos un vuelo desde Los Ángeles a Bogotá, y junto a mi silla se sentó un hombre que me habló casi tres horas de Dios. Una vez más Él estaba tocando las puertas en mi vida, y yo lo rechazaba.

Una emergencia que me llevó al Señor

El 27 de agosto de 2017, a eso de las diez u once de la mañana, experimenté lo que la Biblia llama el nuevo nacimiento. Ese día, había planeado una actividad con mi familia, pero Dios tenía otro plan para mí, un plan que terminó en una emergencia médica, y que solo en ese momento, al ver que podría ser el último día con mis seres queridos, por primera vez me pregunté: ¿A dónde iría mi alma?
Toda mi vida había rechazado creerle a Dios. Pensaba que, aunque no fuera un hijo, esposo o padre perfecto, podría merecer un lugar en el cielo. Me había hecho un dios a mi medida, ajustado a mis ideales, necesidades y tradiciones. Sin embargo, en lo profundo de mi entendimiento humano, sabía que estaba equivocado, porque en algún momento había escuchado un mensaje que había inquietado mi corazón, uno que citaba dos pasajes de las Escrituras:
"Como está escrito: No hay justo, ni aun uno." (Romanos 3.10)
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (Romanos 3.23)
Sabía que era un pecador y que si dejaba este mundo sin arrepentirme y pedir perdón, estaría destituido de la gloria de Dios.
Mientras los paramédicos hacían todo lo humanamente posible por mí, vino a mi mente un versículo que estaba escrito muy grande en la pared en el lugar donde me habían invitado a escuchar el evangelio, pero que yo había rechazado:
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3.16)
Dios había amado al mundo, y eso me incluía a mí. Había dado a su único Hijo para que todo aquel que creyera en Él pudiera experimentar la vida eterna. En ese instante pedí perdón a Dios por todos mis pecados, recibí a Cristo como mi único y suficiente Salvador, y prometí honrarle y glorificarle en todo.
Es indescriptible la paz que sentí. El diagnóstico médico no arrojó nada grave, pero yo ya era un hombre nuevo, estaba en paz con Dios. El Señor Jesucristo ya era mi Señor y Salvador, y tenía la seguridad de que, si algo sucedía, pasaría la eternidad con Él.
No soy perfecto; soy un pecador arrepentido, perdonado y salvado por gracia. Experimenté el verdadero arrepentimiento y la transformación que solo Dios puede dar a través de la fe en la obra que Cristo hizo en la cruz por todos.
Las pregunta que dejo a quienes lean este texto son:
Si hoy dejaras este mundo, ¿dónde pasarías la eternidad?
¿Has experimentado el nuevo nacimiento?
¿Estás en paz con Dios?
Jesús dijo:
"De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios." (Juan 3:3)

Javier Hennessey

18/08/2025

Que aquellos que todavía están en "la provincia apartada" puedan también decir al Señor "he pecado contra el cielo y contra", sabiendo que van a ser recibidos con gozo en la casa del Padre.

27/06/2025

Nuestro hermano Javier Hennessey predicando sobre las palabras "y Él, llevando su cruz"

15/06/2025

Espíritu, alma y cuerpo

11/06/2025

Hablando con una señora hace poco, creo que entendí porque algunos (o muchos) creen que la salvación se puede perder...

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