Compartiendo a Dios

Compartiendo a Dios Meditación diarias e ideas para meditar

17/06/2026

“Mientras los ángeles retienen los cuatro vientos, debemos trabajar con toda nuestra capacidad. Debemos dar nuestro mens...
06/05/2026

“Mientras los ángeles retienen los cuatro vientos, debemos trabajar con toda nuestra capacidad. Debemos dar nuestro mensaje sin dilación. Debemos dar al universo celestial y a los hombres de esta época degenerada evidencia de que nuestra religión es una fe y un poder de los cuales Cristo es el autor, y su Palabra el oráculo divino”. — 2JT 374.4

03/05/2026

LA CAUSA DE LAS RECAÍDAS

“Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera. Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.” (Gálatas 2:17,18).

Jesús es el “santo y… justo” (Hechos 3:14). “No hay pecado en Él” (1 Juan 3:5). Cristo solamente “no hizo pecado” (1 Pedro 2:22), sino que “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). Por tanto, es imposible que un pecado cualquiera venga de Él. No hay rastro alguno de impureza en el río de la vida que mana del corazón del Cristo traspasado. Él no es “ministro de pecado” (Gálatas 2:17); es decir, Él no ha conducido persona alguna a pecar.

Si alguien que ha buscado y hallado la justicia por medio de Cristo, encuentra después el pecado, es porque la persona ha puesto un muro al torrente, permitiendo que el agua se estanque. No se ha dado libre curso a la Palabra. Y donde no hay actividad, hay muerte. Nadie tiene la culpa de esto, sino la persona misma.
Si un cristiano abate o destruye sus pecados a través de Cristo, pero más tarde los reconstruye, vuelve a ser un transgresor de la ley que necesita a Cristo.
El cuerpo de pecado solo es destruido por la presencia personal de la vida de Cristo. Es destruido para cada ser humano, porque en su propia carne, (la de Cristo), Él ha abolido “las enemistades”, la mentalidad carnal que caracteriza al pecador (Efesios 2:14-16).

Nuestros pecados, nuestras debilidades, estaban sobre Él. Para cada alma la victoria ha sido ganada, y el enemigo ha sido desarmado. Sólo tenemos que aceptar la victoria que Cristo ha ganado. Nuestra fe hace real esta victoria. La pérdida de la fe nos pone fuera de la realidad, y el viejo cuerpo de pecado se asoma de nuevo. Lo que es destruido por la fe es construido de nuevo por la incredulidad. Es un asunto personal y actual para cada individuo [1].

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[1] E.J. Waggoner, Glad Tidings, Págs. 42,43.

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