Parroquia Cristo Rey Villa Clara

Parroquia Cristo Rey Villa Clara PARROQUIA CRISTO REY El 5 de mayo de ese año la JEWISH, dona el predio para la construcción del templo.

El 31 de marzo de 1935, vecinos de Villa Clara y colonias circundantes se reúnen con el objeto de dejar constituida una Comisión Pro Templo católico en la localidad. En 1936 se coloca la piedra fundamental de la Capilla, la que se bendice e inaugura el 7 de mayo de 1937, llevando el nombre de Cristo Redentor.- Parroquia Cristo Redentor

En diciembre de 1965 se adquiere el terreno lindante para la construcción de la actual parroquia Cristo Rey.

05/05/2026

EL ABUSO SILENCIOSO A SACERDOTES DEL QUE EL MUNDO SE NIEGA A HABLAR.
Que esta reflexión me lleve a orar por los sacerdotes.
(Y qué decir cuando ya están viejos y los vemos como un estorbo).
En el mundo de hoy, ser sacerdote se ha convertido en una vocación peligrosa, no por la persecución, sino por la opinión pública.
La sociedad ha creado una lista de control imposible, un juego amañado donde el sacerdote pierde incluso antes de empezar.
El acoso continuo de mujeres y hombres.
Si anda con mujeres, automáticamente es un mujeriego.
Si camina con hombres, de repente es gay;
Si lo ven con niños, es un sospechoso de pedófilo.
Si él se sienta al lado de una anciana, ella es su mamá de azúcar.
Si ayuda a un anciano, ese es su papá de azúcar.
Si mantiene la distancia, está orgulloso.
Si se mezcla demasiado, está desesperado por atención.
Si pasa tiempo con los ancianos, es obsoleto.
Si pasa tiempo con la juventud, se está esforzando demasiado.
Si su homilía es larga, es aburrido.
Si es corto, no está preparado.
Si habla fuerte, está gritando.
Si suavemente, es débil.
Si conduce un coche, es mundano.
Si no lo hace, no es serio sobre el trabajo pastoral.
Si visita familias, se está entrometiendo.
Si no lo hace, no le importa.
Si pide donaciones, está orientado al dinero y codicioso.
Si evita mencionar el dinero, es orgulloso o reservado.
Si es joven, no tiene experiencia.
Si es viejo que se retire.
En el tribunal de juicio público, los sacerdotes siempre son culpables. Sin embargo, las mismas personas que derriban sacerdotes esperan que sean gigantes espirituales, disponibles 24/7, emocionalmente perfectos, moralmente impecables, financieramente humildes, litúrgicamente impecables, socialmente activos, académicamente brillantes y físicamente incansables.
Ningún ser humano puede cumplir con estos estándares. Ni uno. Pero de alguna manera, esperamos que los sacerdotes lo hagan.
Muchas personas no quieren sacerdotes santos, quieren máquinas perfectas. Sin embargo, también quieren que esas máquinas se comporten como sirvientes que nunca deben quejarse. Esta es la razón por la que los sacerdotes sangran en silencio. Detrás de cada misa hay un hombre agotado. Detrás de cada sonrisa hay alguien que es juzgado injustamente.
Detrás de cada error hay alguien que es crucificado sin piedad.
Se necesita un hombre verdaderamente valiente para decir sí a Dios en un mundo que se ahoga en placer, lujuria y adoración a sí mismo. Se necesita un hombre que se niega a elegir sacrificio antes que comodidad. Se necesita un hombre espiritualmente valiente para estar en el altar todos los días, sabiendo que será juzgado por las mismas personas por las que reza.
Si realmente amas a tu sacerdote, no esperes escándalos, enfermedades, crisis o quemaduras para orar por él.
Apóyalo ahora.
Reza por él ahora.
Quédate con él ahora.
Porque mientras el mundo ve un collar...
Dios ve a un hombre cargando una cruz que es más pesada de lo que nadie imagina.
Haz algo intencional.
Compra un regalo para el cura de tu parroquia. No tiene que ser caro. No tiene que ser grande. Incluso un artículo pequeño, algo considerado, algo simple, es suficiente.
Después de misa, no corras a casa. Entra en la sacristía, mira a tu sacerdote y di:
“Padre, feliz día, Gracias por servirnos. ”.
No tienes idea de lo lejos que puede llegar ese pequeño acto de bondad, cómo puede fortalecer a un sacerdote cansado, elevar a uno desanimado, o recordar a un solitario que es amado, apreciado y recordado.
Un simple regalo.
Un simple saludo.
Un simple gesto de amor.

«Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2): de esto dan fe los Magos a los habitantes de Jerusalé...
07/01/2025

«Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2): de esto dan fe los Magos a los habitantes de Jerusalén, anunciándoles que ha nacido el rey de los judíos.
Los Magos testimonian que se pusieron en camino, lo que cambió sus vidas, porque vieron en el cielo una nueva luz. Quisiera que reflexionáramos sobre esta imagen, mientras celebramos la Epifanía del Señor en el Jubileo de la esperanza; y me gustaría subrayar tres características de la estrella de la que nos habla el evangelista san Mateo: es luminosa, es visible para todos e indica un camino.

En primer lugar, la estrella es luminosa. Muchos soberanos, en el tiempo de Jesús, se hacían llamar “estrellas”, porque se sentían importantes, poderosos y famosos. Pero no fue la luz de ninguno de ellos la que reveló a los Magos el milagro de la Navidad.
El esplendor, artificial y frío que ellos tenían, fruto de cálculos y juegos de poder, no fue capaz de responder a la necesidad de novedad y esperanza de estas personas en búsqueda. En su lugar lo hizo otro tipo de luz, simbolizada en la estrella, que ilumina y da calor quemándose y dejándose consumir.
La estrella nos habla de la única luz que puede indicarnos a todos el camino de la salvación y de la felicidad: la del amor. Esa es la única luz que nos hará felices.
Ante todo, el amor de Dios, que haciéndose hombre se nos ha dado sacrificando su vida.
Luego, como reflejo, el amor con el que también nosotros estamos llamados a entregarnos mutuamente, convirtiéndonos con su ayuda en un signo recíproco de esperanza, incluso en las noches oscuras de la vida. Pensemos en esto: ¿somos nosotros luminosos en la esperanza? ¿Somos capaces de dar esperanza a los demás con de la luz de nuestra fe?
Como la estrella, que con su resplandor guio a los Magos a Belén; así también nosotros, con nuestro amor, podemos llevar a Jesús a las personas que encontramos, haciéndoles conocer, en el Hijo de Dios hecho hombre, la belleza del rostro del Padre (cf. Is 60,2) y su modo de amar, que es cercanía, compasión y ternura. No lo olvidemos nunca: Dios es cercano, compasivo y tierno. Porque el amor es esto: cercanía, compasión y ternura.
Y para ello no necesitamos instrumentos extraordinarios ni medios sofisticados, sino haciendo que nuestros corazones brillen en la fe, que nuestras miradas sean generosas en la acogida y que nuestros gestos y palabras estén llenos de amabilidad y humanidad.
Por eso, mientras miramos a los Magos que, con los ojos fijos en el cielo buscan la estrella, pidamos al Señor que seamos, los unos para los otros, luces que lleven al encuentro con Él (cf. Mt 5,14-16). Es triste que una persona no sea luz para los demás.

Llegamos así a la segunda característica de la estrella: esta es visible para todos. Los Magos no siguen las indicaciones de un código secreto, más bien a un astro que ven brillar en el firmamento. Ellos lo notan; otros, como Herodes y los escribas, ni siquiera se dan cuenta de su presencia.
La estrella, sin embargo, siempre permanece allí, accesible a cualquiera que levante la mirada al cielo, en busca de un signo de esperanza. Preguntémonos: ¿soy yo un signo de esperanza para los demás?
Y este es un mensaje importante: Dios no se revela a círculos exclusivos o a unos pocos privilegiados, Dios ofrece su compañía y su guía a quien lo busca con corazón sincero (cf. Sal 145,18). Es más, a menudo se anticipa a nuestras propias preguntas, y viene a buscarnos incluso antes de que se lo pidamos (cf. Rm 10,20; Is 65,1).
Precisamente por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y todas las razas —un joven, un adulto, un anciano, con los rasgos físicos de los diversos pueblos de la tierra—, para recordarnos que Dios busca a todos, siempre. Dios busca a todos, a todos.
Y cuánto bien nos hace hoy meditar sobre esto, en un tiempo donde las personas y las naciones, aunque dotadas de medios de comunicación cada vez más poderosos, parecen estar menos dispuestas a entenderse, aceptarse y encontrarse en su diversidad.
La estrella, que en el cielo ofrece su luz a todos, nos recuerda que el Hijo de Dios vino al mundo para encontrarse con todo hombre y mujer de la tierra, sin importar la etnia, la lengua o el pueblo al que pertenezcan (cf. Hch 10,34-35; Ap 5,9), y que a nosotros nos confía la misma misión universal (cf. Is 60,3).
O sea que nos llama a poner fin a cualquier forma de preferencia, marginación o rechazo de las personas; y a promover entre nosotros y en los ambientes en que vivimos, una fuerte cultura de la acogida en la que los cerrojos del miedo y del rechazo sean reemplazados por los espacios abiertos del encuentro, de la integración y del compartir: lugares seguros, donde todos puedan encontrar calor y refugio.
Por eso la estrella está en el cielo. No para permanecer lejana e inalcanzable, sino para que su luz sea visible a todos, para que llegue a cada casa y rompa todas las barreras, llevando esperanza hasta los rincones más remotos y olvidados del planeta.
Está en el cielo para decir a todos, con su luz generosa, que Dios no se niega a nadie y no olvida a nadie (cf. Is 49,15). ¿Por qué? Porque es un Padre cuya alegría más grande es ver a sus hijos que vuelven a casa, unidos, de todas partes del mundo (cf. Is 60,4).
Verlos tender puentes, allanar senderos, buscar a los perdidos y cargar sobre sus hombros a los que tienen dificultades para caminar. Para que nadie quede fuera y todos participen en la alegría de su casa.
La estrella nos habla del sueño de Dios: que toda la humanidad, en la riqueza de sus diferencias, llegue a formar una sola familia y viva unida en la prosperidad y la paz (cf. Is 2,2-5).

Y de aquí pasamos a la última característica de la estrella: que es la de indicar el camino. También este es un tema de reflexión, especialmente en el contexto del Año santo que estamos celebrando, donde uno de los gestos característicos es la peregrinación.
La luz de la estrella nos invita a realizar un viaje interior que, como escribía Juan Pablo II, libere nuestro corazón de todo lo que no es caridad, para «encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y recibiendo la abundancia de su misericordia» (Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la Historia de la Salvación, 29 junio 1999, 12).
Caminar juntos «es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida» (cf. Bula Spes non confundit, 5).
Y nosotros, contemplando la estrella, podemos renovar también nuestro compromiso de ser mujeres y hombres “del Camino”, como se definían los cristianos en los orígenes de la Iglesia (cf. Hch 9,2).
Que el Señor nos transforme así en luces que guíen a Él; como María, generosos en la entrega, abiertos en la acogida y humildes al caminar juntos; para que podamos encontrarlo, reconocerlo y adorarlo. Y de este modo, tras encontrarlo, poder recomenzar renovados, llevando al mundo la luz de su amor
(Homilía del Papa Francisco)

15/01/2024

Publicado el 14 enero, 2024 El arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari, ha realizado una serie de nombramientos y de cambios de destinos pastorales, que empezarán a regir a partir de marzo del corriente año.Entre los designados, hay párrocos, vicarios parroquiales y capellanes inter...

09/01/2024

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