20/12/2022
“¡La gloria del Señor!”
Lucas 2.8–20
Vuelva a leer el texto de la aparición del ángel a los pastores. Ubíquese en el lugar para experimentar el asombro que se apoderó de ellos. ¿Cuál es la razón por la que los ángeles irrumpieron en adoración?
El mensaje a los pastores es interesante porque nos ofrece la perspectiva celestial de la misión de Jesús. El texto nos deja con la sensación de que las huestes celestiales prácticamente no le dieron tiempo al ángel de terminar de entregar a los pastores las buenas nuevas de gran gozo. Irrumpen en la escena con alabanzas y proclamas de la grandeza del Señor, como si no pudieran contener algo que exige, a toda costa, ser gritado por los pasillos del universo. ¡Y sin duda es así! Los que moran en las alturas entienden las profundas implicaciones de la misión de Cristo, porque son conscientes de lo absolutamente irredimible que es la situación del ser humano. A medida que avanzamos por los Evangelios podremos observar que quienes expresan mayor devoción y gratitud a Jesús son aquellos que han experimentado, en carne propia, las más profundas bajezas humanas. Mientras conservemos en nuestros corazones la sensación de que, en el fondo, no somos «tan malas personas», no le encontraremos grandes méritos a su sacrificio.
El compromiso de establecer la «paz» entre los hombres es un término mucho más complejo que la simple ausencia de conflictos. Hablar de paz, en su sentido bíblico, es hablar de un estilo de vida que se caracteriza por plenitud e intensidad, una existencia que satisface los anhelos más incomprensibles de nuestra humanidad, deseos que heredamos del mismo Señor. No se refiere a la abundancia exterior, sino a una llenura interior, una realidad profunda que produce plenitud de gozo y sentido de propósito en el andar diario. Es, en un sentido, volver a vivir la vida en la dimensión plena que la primera pareja experimentó en el Edén.
Restaurar en el hombre esta realidad es el fruto de la «buena voluntad» de Dios hacia nosotros. No lo mueve otra cosa que la generosidad de su espíritu, el darle forma visible a su misma esencia, que es la de ser benévolo con aquellos que él creó. Esta cualidad es la que Jesús llamaría la «perfección del Padre», la capacidad de ser «bondadoso [aun] para con los ingratos y perversos» (Lucas 6.35). Su buena voluntad, a diferencia de nuestros criterios selectivos y exclusivistas, no deja afuera a nadie, algo que no siempre consideramos apropiado. El marcado contraste entre él y nosotros es el que lleva a los ángeles a esta incontenible adoración, a declarar ante los pastores: «¡Gloria a Dios en las alturas!»
Nunca podremos comprender los incalculables beneficios que hemos recibido por la iniciativa de Jesús de acercarse a nosotros. No obstante, cuanto más conscientes estemos de nuestra propia bajeza, mayor será nuestra gratitud por haber sido alcanzados por la bondad divina. Podemos exclamar, junto al salmista: «Te exaltaré mi Dios, oh Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Todos los días te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre. Grande es el SEÑOR, y digno de ser alabado en gran manera; y su grandeza es inescrutable» (Salmos 145.1–2).
Lo invito a usted a prepararse para lo que Dios nos hablara en el devocional de mañana lea y medite atentamente Lucas 2.8–21