Jesús en la Ciudad Iglesia Bíblica

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23/07/2026
DE LAS ATADURAS DE MUERTE A LA LIBERTAD EN CRISTO. «Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el qu...
23/07/2026

DE LAS ATADURAS DE MUERTE A LA LIBERTAD EN CRISTO.

«Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había mu**to salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.» Juan 11:43–44

*La escena es una de las más conmovedoras de los Evangelios.
Un sepulcro cerrado. Un hombre que llevaba cuatro días mu**to. Una piedra sellando la entrada. Una familia sumida en el dolor. Y personas convencidas de que ya no había nada más por hacer.
Pero cuando todo parecía terminado, Jesús levantó su voz y pronunció una orden que cambió la historia:
*«¡Lázaro, ven fuera!»*

*Aquella voz atravesó la oscuridad del sepulcro, venció el poder de la muerte y llamó a la vida a quien ya nadie esperaba volver a ver.
Porque cuando Cristo habla, la muerte pierde su dominio, las tinieblas retroceden y lo imposible se convierte en el escenario donde la gloria de Dios se revela.

*Sin embargo, el milagro aún no estaba completo.
Lázaro salió vivo, pero seguía envuelto en vendas y conservaba todavía las ataduras del sepulcro.

Había recibido una nueva vida, pero aún necesitaba ser desatado.
Y allí encontramos una poderosa enseñanza para nosotros.
La Biblia dice que antes de conocer a Cristo todos estábamos mu**tos espiritualmente, separados de Dios y esclavos del pecado.

«Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais mu**tos en vuestros delitos y pecados.» Efesios 2:1

Un día también nosotros escuchamos su voz. Él nos llamó por gracia, nos sacó del sepulcro del pecado y nos dio una vida nueva.
Sin embargo, muchos creyentes, aunque han nacido de nuevo, todavía permanecen envueltos en "vendas" que limitan la libertad para la cual Cristo los rescató.

La salvación es inmediata; la transformación es un proceso. En un instante Dios nos justifica, nos da una nueva identidad y nos hace sus hijos; luego, por la obra del Espíritu Santo, va quitando de nuestra vida todo aquello que aún se parece al viejo hombre.

*Es verdad que hemos recibido una nueva vida en Cristo, pero muchas veces aún permanecen vendas y ataduras espirituales que limitan nuestro crecimiento, afectan nuestro caminar con Dios y nos impiden disfrutar plenamente de la libertad que Él conquistó para nosotros.

*Las vendas que aún necesitan ser quitadas*

*1. El sudario sobre el rostro*
El rostro de Lázaro estaba cubierto.
Espiritualmente, esto representa todo aquello que impide ver con claridad la verdad de Dios.
Muchos han recibido a Cristo, pero todavía viven bajo el peso de la culpa, la acusación, el rechazo, la vergüenza, el temor o las mentiras del pasado.
Aunque son hijos de Dios, continúan viéndose con los ojos de su antigua condición.
La Escritura enseña que existe un velo que solo Cristo puede quitar.
*«Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.»*
2 Corintios 3:16
Cuando ese velo cae, el Espíritu Santo ilumina nuestro entendimiento, revela nuestra verdadera identidad y nos permite comprender el propósito de Dios para nuestra vida.

*2. Las vendas en las manos*
Las manos representan nuestras obras, nuestro servicio y aquello a lo que Dios nos llama.
Hay creyentes que aman al Señor, pero permanecen inmovilizados por el miedo, la inseguridad, el pasado, la culpa o el sentimiento de no ser suficientes.
Cristo no solo salva; también capacita. Él desata nuestras manos para servir con libertad y cumplir el propósito que nos ha confiado.

*3. Las vendas en los pies*
Los pies representan nuestro caminar diario.
Lázaro salió del sepulcro, pero avanzaba con dificultad porque aún estaba atado.
Así ocurre con muchos cristianos. Han dejado atrás la vieja vida, pero todavía tropiezan con heridas no sanadas, hábitos del pasado, falta de perdón o temores que frenan su crecimiento espiritual.

El Señor no quiere que solo salgamos del sepulcro; quiere que caminemos libres.
Una cosa es salir del sepulcro; otra muy distinta es aprender a vivir como alguien verdaderamente libre.
Dios no solo nos rescató de la muerte, sino que también desea enseñarnos a caminar en la vida nueva que nos ha dado.
Jesús dijo: *«Desatadle y dejadle ir.»*

Aunque Cristo resucitó a Lázaro, permitió que otros quitaran sus vendas.
El Señor pudo haber hecho desaparecer las vendas con una sola palabra, pero decidió involucrar a otros en el proceso.
Así nos enseña que la vida cristiana no fue diseñada para vivirse en soledad, sino en el contexto del cuerpo de Cristo, donde somos edificados, restaurados, discipulados y acompañados unos a otros.
*Otros ejemplos de personas que fueron desatadas por Cristo*
*La mujer encorvada*
Durante dieciocho años vivió oprimida y sin poder levantarse.
Jesús la llamó, rompió su atadura y la restauró completamente, demostrando que ninguna esclavitud es demasiado antigua para el poder de Dios (Lucas 13:10–17).
*El endemoniado gadareno*
Vivía entre sepulcros, dominado por fuerzas que nadie podía controlar.
Pero un solo encuentro con Jesús transformó por completo su vida (Marcos 5:1–20).
El hombre que antes estaba atormentado fue visto *«sentado, vestido y en su juicio cabal»* Marcos 5:15.
Jesús no solo vino a perdonar nuestros pecados y rescatarnos de la muerte espiritual; también vino a transformar nuestro carácter, romper nuestras cadenas y conformarnos a su imagen.
Ese sigue siendo el poder del Evangelio: donde Cristo reina, las cadenas caen y siempre hay libertad.
*«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»*
Juan 8:36
*REFLEXIÓN*
- ¿Hay áreas de mi vida donde todavía permanecen vendas que Cristo quiere quitar?
- ¿Estoy viviendo conforme a mi nueva identidad en Cristo o sigo creyendo las mentiras del pasado?
- ¿Qué temores, heridas o hábitos están limitando mi servicio y mi caminar con Dios?
- ¿He permitido que el Espíritu Santo quite todo velo que me impide comprender plenamente la Palabra y el propósito de Dios?
- ¿Estoy ayudando a otros a encontrar libertad, o solo me preocupo por mi propia vida espiritual?
*ORACIÓN DEL DÍA*
Señor Jesús, gracias porque un día tu voz atravesó el sepulcro de mi vida y me llamó a salir de la muerte espiritual.
Gracias por regalarme una vida nueva por medio de tu gracia.
Hoy te entrego toda venda que aún permanece en mi corazón.
Quita las mentiras, la culpa, el temor, el rechazo, las heridas y todo aquello que limita la libertad que compraste para mí en la cruz.
Desata mi mente para conocer tu verdad, mis manos para servirte con gozo y mis pies para caminar firmemente en tu voluntad.
Haz de mí un instrumento para ayudar a otros a encontrar la libertad que solo Tú puedes dar.
En el nombre de Jesús. Amén.
*«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?... Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»*
1 Corintios 15:55–57
La voz que llamó a Lázaro sigue resonando hoy. Cristo todavía llama a los mu**tos a vivir, rompe las cadenas del pecado y desata a sus hijos para que caminen en la libertad gloriosa que Él conquistó en la cruz.
Comparte este mensaje. Tal vez alguien necesite escuchar hoy la misma voz que resonó frente al sepulcro de Betania y que aún sigue llamando con poder: *«¡Ven fuera!»*

23/07/2026
Te esperamos!
22/07/2026

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ORAR SIN VELAR ES DEJAR ABIERTA LA PUERTA POR DONDE ENTRA LA TENTACIÓNOrar sin velar es buscar a Dios con la boca, pero ...
22/07/2026

ORAR SIN VELAR ES DEJAR ABIERTA LA PUERTA POR DONDE ENTRA LA TENTACIÓN

Orar sin velar es buscar a Dios con la boca, pero descuidar las entradas por donde el enemigo trabaja el corazón. Jesús no mandó solamente a orar; también mandó a velar, porque el creyente puede arrodillarse un momento y levantarse después a vivir distraído, confiado, expuesto, jugando con conversaciones, ambientes, pensamientos, deseos y costumbres que poco a poco lo debilitan. En Mateo 26:41, el Señor dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. Esa palabra nació en una noche seria, en Getsemaní, cuando Jesús estaba cerca de ser entregado y sus discípulos estaban cansados, dormidos, sin entender la gravedad de la hora. Cristo no les dijo eso como consejo bonito; se los dijo porque sabía que venía una prueba fuerte y que un discípulo dormido espiritualmente no resiste igual que uno despierto delante de Dios.

Velar significa mantenerse despierto por dentro, estar atento, vigilar el alma, cuidar lo que entra por los ojos, por los oídos, por la mente y por el corazón. No se trata solamente de no dormir físicamente, sino de no vivir espiritualmente descuidado. Una persona puede orar en la mañana y aun así pasar el día alimentando enojo, deseo, orgullo, envidia, miedo, curiosidad malsana o pensamientos que la empujan lejos de Dios. Puede pedir protección, pero seguir entrando voluntariamente a lugares que contaminan. Puede pedir fuerza, pero seguir conversando con quien le despierta pecado. Puede pedir dirección, pero seguir escuchando voces que le apagan la conciencia. Ahí está el problema: la oración pide ayuda, pero la falta de vigilancia deja la ventana abierta.

Jesús dijo “velad y orad” porque conocía la debilidad humana mejor que nadie. El espíritu puede querer obedecer, puede tener deseo de servir, puede llorar en oración, puede prometer firmeza, pero la carne es débil. Pedro dijo que estaba dispuesto a morir con Cristo, pero en la misma noche terminó negándolo. No porque no hubiera hablado con emoción, sino porque no veló como debía. La confianza en uno mismo es peligrosa. El que cree que nunca va a caer, deja de cuidarse. El que piensa que puede acercarse al pecado sin quemarse, ya empezó mal. El que presume fuerza espiritual sin vigilancia, queda expuesto. Jesús no estaba exagerando cuando mandó velar; estaba mostrando que la tentación no siempre entra de un solo empujón, muchas veces entra por descuidos pequeños que el corazón permitió.

Orar sin velar se ve cuando alguien pide a Dios que le quite una tentación, pero sigue buscando lo que la despierta. Se ve cuando alguien pide paz, pero sigue alimentando pleitos. Se ve cuando alguien pide santidad, pero no corta lo que lo ensucia. Se ve cuando alguien pide dominio propio, pero deja su mente sin cuidado todo el día. Se ve cuando alguien pide que Dios lo guarde, pero se mantiene cerca de aquello que ya sabe que lo hace caer. Esa clase de vida termina cansando el alma porque la persona ora por un lado y se expone por otro. No es que Dios no oiga; es que el corazón está dividido. La oración no debe ser excusa para la imprudencia. Dios guarda, pero el creyente también debe cerrar puertas.

Velar también significa discernir los tiempos. Jesús reprendió a quienes sabían mirar el cielo para anunciar el clima, pero no entendían el tiempo espiritual que estaban viviendo. Hoy pasa algo parecido. Mucha gente está despierta para noticias, problemas ajenos, discusiones, redes, entretenimiento y cosas pasajeras, pero dormida para su propia alma. No nota cuándo se está enfriando, cuándo dejó de orar con vida, cuándo empezó a tolerar lo que antes rechazaba, cuándo perdió hambre por la Palabra, cuándo su carácter se volvió más duro, cuándo la tentación dejó de preocuparle. La vigilancia espiritual empieza cuando el creyente deja de vivir automático y empieza a examinar su caminar delante de Dios.

El enemigo trabaja mucho con el descuido. No siempre necesita empujar a alguien a una caída grande de inmediato. A veces solo necesita que deje de velar: que ore menos, que se acostumbre a estar cansado espiritualmente, que se junte demasiado con quienes lo desvían, que baje la guardia, que deje de congregarse con seriedad, que se llene de ocupaciones, que deje de revisar su corazón. Cuando el alma se duerme, el pecado se acerca sin encontrar resistencia. Por eso 1 Pedro 5:8 dice: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”. El león busca descuido, cansancio, aislamiento, soberbia, distracción. No devora al que está firme en Cristo y atento a su vida; busca al que se separó, al que se confió, al que dejó abierta la entrada.

Velar no es vivir con miedo, sino con seriedad. El cristiano no fue llamado a estar paranoico, viendo demonios en todo, pero tampoco fue llamado a caminar dormido. Sobriedad espiritual es saber que la vida con Dios tiene peso, que el pecado no es juego, que la carne no se educa sola, que las malas compañías no son inofensivas, que la mente necesita ser cuidada y que el corazón puede engañarse. Proverbios 4:23 dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. Guardar el corazón es velar. No todo pensamiento se deja pasar. No toda emoción se obedece. No toda puerta se abre. No toda conversación se sostiene. No toda invitación se acepta. No toda confianza es sana.

Jesús mandó velar porque sabía que llegarían horas de prueba. En Getsemaní, los discípulos no entendieron el peso de la noche. Dormían mientras Jesús oraba con angustia. Dormían mientras el traidor ya venía de camino. Dormían mientras el enemigo preparaba sacudirlos. Ese cuadro sigue hablando hoy. Muchos están dormidos mientras su matrimonio se enfría, mientras sus hijos se alejan, mientras su fe se seca, mientras su mente se contamina, mientras su carácter se endurece, mientras su casa pierde oración, mientras su alma empieza a acostumbrarse a vivir lejos de Dios. No siempre se cae porque no se sabía orar; muchas veces se cae porque no se quiso velar.

La oración sin vigilancia puede volverse costumbre vacía. Se dicen palabras, se repiten peticiones, se pide ayuda, pero la vida diaria no cambia. El que ora de verdad debe levantarse de la oración con más cuidado, con más obediencia, con más claridad para cerrar lo que debe cerrar. Si alguien ora por su familia, debe velar sobre el ambiente de su casa. Si ora por pureza, debe velar sobre sus ojos y sus conversaciones. Si ora por fe, debe velar sobre lo que alimenta su mente. Si ora por no caer, debe apartarse de la orilla donde ya sabe que tropieza. La oración no reemplaza la obediencia; la fortalece.

Velar también es mirar lo que está creciendo por dentro. La tentación no siempre viene de afuera; muchas veces ya encontró aliado dentro del corazón. Santiago 1:14 dice que cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Eso significa que no basta culpar al diablo, a la gente o al ambiente. Hay deseos internos que deben ser tratados. El que vela no solo cuida lo externo; también revisa sus intenciones, sus resentimientos, sus ambiciones, sus fantasías, sus deseos escondidos. Dios no solo quiere manos levantadas; quiere un corazón rendido. Orar sin velar sobre lo que se está gestando por dentro es dejar que una raíz mala crezca hasta dar fruto amargo.

El que vela aprende a cortar a tiempo. No espera estar hundido para reaccionar. No espera que el pecado ya lo haya dominado. No espera que la relación indebida ya esté avanzada. No espera que la mentira se vuelva estilo de vida. No espera que el enojo se convierta en odio. No espera que la frialdad se vuelva costumbre. Velar es detectar temprano, corregir temprano, arrepentirse temprano, buscar ayuda temprano, volver a Dios temprano. Una casa no se protege cuando el ladrón ya está sentado en la sala; se protege cerrando entradas antes. Así también el alma: se guarda antes de que la tentación tome fuerza.

Ignorar el mandato de Jesús trae consecuencias. Una persona que ora pero no vela termina sorprendida por caídas que se estaban preparando desde hace tiempo. Dice que no sabe cómo llegó ahí, pero hubo señales: pensamientos permitidos, advertencias ignoradas, límites rotos, consejos despreciados, cansancio espiritual, oración débil, orgullo, confianza propia. Nadie cae fuerte sin antes haber descuidado algo. Por eso Cristo fue tan claro. No dijo solo “oren para sentirse mejor”; dijo “velad y orad, para que no entréis en tentación”. La tentación no se vence solo con intención; se vence con dependencia de Dios y vigilancia constante.

La iglesia también necesita velar. No solo individuos. Una congregación puede orar mucho y aun así descuidar doctrina, santidad, orden, amor, disciplina, humildad y verdad. Puede tener reuniones, cantos, actividades, pero si no vela, se le mete falsa enseñanza, orgullo, chisme, división, mundanalidad y abuso espiritual. Pablo dijo en Hechos 20:31: “Por tanto, velad”. Él sabía que después entrarían lobos que no perdonarían al rebaño. Donde no hay vigilancia, el rebaño queda expuesto. Donde todo se permite por no incomodar, el error toma lugar. Donde nadie examina, cualquiera puede destruir.

Velar no apaga la gracia; la honra. Algunos creen que hablar de vigilancia es vivir bajo carga, pero no es así. La gracia no vuelve descuidado al creyente. La gracia enseña a renunciar a la impiedad y a vivir con sobriedad delante de Dios. El que ha sido salvado por Cristo no cuida su vida para ganarse el amor de Dios; la cuida porque fue amado, comprado y limpiado. El que entiende la cruz no juega con aquello que llevó a Cristo al madero. El que entiende el precio de su salvación no deja su alma abierta a cualquier cosa.

Orar y velar deben caminar juntos. La oración pone el corazón delante de Dios; la vigilancia cuida que el corazón no se entregue a lo que Dios aborrece. La oración pide fuerza; la vigilancia evita lugares donde la debilidad será provocada. La oración busca dirección; la vigilancia rechaza voces que confunden. La oración clama por santidad; la vigilancia corta lo que ensucia. Separar una cosa de la otra deja al creyente incompleto. Orar sin velar se vuelve descuido espiritual. Velar sin orar se vuelve fuerza humana que tarde o temprano se cansa. Juntas forman una vida despierta, dependiente y seria delante del Señor.

Cristo sigue diciendo a su pueblo que vele. No porque quiera creyentes asustados, sino creyentes despiertos. No porque quiera esclavos de temor, sino hijos conscientes de la batalla. El mundo distrae, la carne pide, el enemigo busca, el pecado seduce y el tiempo pasa. Dormirse espiritualmente es peligroso. El que hoy está firme debe cuidar su firmeza. El que hoy siente fuego debe protegerlo. El que hoy ama a Dios debe alimentar ese amor. El que hoy ora debe también cerrar puertas, guardar su corazón y caminar atento. Porque muchas caídas no empezaron por falta de palabras delante de Dios, sino por falta de vigilancia después de haber orado. Y el que no vela termina dejando abierta la entrada por donde la tentación aprende a pasar sin pedir permiso.

El verdadero campo de batalla no estaba en Roma… estaba en el corazónEn el siglo I, muchos judíos pensaban que el mayor ...
21/07/2026

El verdadero campo de batalla no estaba en Roma… estaba en el corazón

En el siglo I, muchos judíos pensaban que el mayor peligro era la opresión de Roma. Sin embargo, Jesús reveló una verdad mucho más profunda: el enemigo más peligroso no siempre está afuera, sino dentro del corazón (Marcos 7:20-23).

La tentación no tiene un solo rostro. Algunos nunca luchan con la inmoralidad sexual, pero son esclavos de la ira. Otros no caen por la lujuria, sino por la mentira, el orgullo, la envidia, la avaricia, la necesidad de reconocimiento o el deseo de tener siempre la razón. Satanás no usa la misma estrategia con todos; busca la puerta que aún permanece abierta.

Muchos condenan los pecados que nunca cometerían, mientras justifican los que practican a diario. Critican al adúltero, pero alimentan el resentimiento. Rechazan la fornicación, pero viven dominados por la soberbia. Señalan al borracho, pero no gobiernan su lengua. El pecado “respetable” sigue siendo pecado delante de Dios.

La Escritura enseña que la tentación nace cuando nuestros propios deseos desordenados nos arrastran. Por eso, la verdadera batalla no consiste en descubrir el pecado de los demás, sino en reconocer el nuestro. Allí donde más te justificas, probablemente está la fortaleza que Dios quiere derribar.

La salida tampoco está en la fuerza de voluntad. Pedro aseguró que jamás negaría a Jesús, y terminó haciéndolo tres veces. La victoria comienza cuando dejamos de confiar en nosotros mismos y dependemos completamente de Cristo. La Palabra renueva la mente, la oración fortalece el espíritu y el Espíritu Santo transforma los deseos desde la raíz.

No preguntes cuál es la debilidad de otro. Pregúntale al Señor cuál es la tuya. Cristo no vino a maquillar el pecado, sino a destruir su dominio y formar en nosotros un corazón nuevo.

* “Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.”
Santiago 1:14 (RVR1960)

Valentía en la hora de soledad.Los momentos de mayor soledad suelen convertirse en oportunidades para experimentar la pr...
21/07/2026

Valentía en la hora de soledad.

Los momentos de mayor soledad suelen convertirse en oportunidades para experimentar la presencia de Dios de una manera más profunda.

Deuteronomio 31.6-8

La soledad es uno de los sentimientos más aislantes y dolorosos que las personas enfrentan. Dios nos diseñó para la conexión, tanto con Él como con los demás. Desde el principio, Él dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo (Génesis 2.18).

Sin embargo, incluso los creyentes más fieles atraviesan temporadas de soledad. Imaginemos a Elías solo en el monte Sinaí tras huir para salvar su vida (1 Reyes 19.9, 10) o al Señor Jesús orando solo en el huerto mientras sus discípulos dormían cerca (Mateo 26.36-46). Esos momentos no fueron fracasos de fe, sino solo parte de la experiencia humana.

Cuando la soledad nos invade, podemos pensar que hemos sido olvidados o abandonados. Pero Dios promete: “No te desampararé ni te dejaré” (Hebreos 13.5). Su presencia no depende de lo que sentimos ni de las circunstancias. Él está con nosotros en medio de la multitud y también en la casa vacía, tanto en tiempos de comunidad como en momentos de soledad.

La soledad puede conducirnos a la desesperación, o puede convertirse en una invitación a experimentar la cercanía de Dios de una manera más profunda. En esos momentos de quietud, podemos llevarle al Señor nuestra necesidad y descubrir que su compañía es real, presente y suficiente.

Las Personas Fieles Sirven a los Demás.“Dios, de su gran variedad de dones espirituales, les ha dado un don a cada uno d...
21/07/2026

Las Personas Fieles Sirven a los Demás.

“Dios, de su gran variedad de dones espirituales, les ha dado un don a cada uno de ustedes. Úsenlos bien para servirse los unos a los otros”. 1 Pedro 4:10 (NTV)

Dios usa mis talentos para probar mi generosidad. Tienes que decidir en la vida por quién o por qué vas a vivir. Vas a vivir una vida miserable y egoísta o vas a vivir para algo más grande que tú mismo, el Reino de Dios.

Las personas fieles no viven para sí mismas. Saben que los talentos que Dios les dio no son para su propio beneficio; son para hacer del mundo un lugar mejor.

Cuando Dios te hizo, Él te dio toda clase de dones, talentos, y habilidades. Lo llamamos F.O.R.M.A. (Formación espiritual, Oportunidades, Recursos, Mi personalidad, Antecedentes). Estas cinco cosas te hacen ser tú mismo. Y Dios te hizo así. No existe nadie como tú en todo este mundo, y Él quiere que seas tú mismo para Su gloria.

Dios te formó para que le sirvas, y sólo hay una forma de hacerlo: sirviendo a otros.

Las personas fieles saben que sus talentos no son para su propio beneficio. Puedes tener algún talento para el arte y dices “yo sólo lo hago porque amo hacerlo”. Está bien, pero eso no es un motivo suficiente. Dios no te dio habilidades artísticas sólo para que ames hacerlo. Él te lo dio, así que tienes que usar tu arte de alguna forma que sirva para ayudar a otras personas.

Algunos de ustedes tienen habilidad para arreglar cosas. Algunos de ustedes son buenos para la matemática. Algunos de ustedes son buenos para concretar negocios. Algunos de ustedes son buenos para la música. Algunos de ustedes son buenos organizando. Algunos de ustedes son buenos podando y son buenos en la jardinería.

Dios nos hizo diferentes; por eso todas las tareas y necesidades del mundo pueden realizarse. Si a todos nos gustara hacer lo mismo, muchas cosas no se harían, se dejarían de hacer.

*Eres el administrador de tu talento, y Dios te está observando, viendo si estás usándolo eficazmente en la Tierra. Si lo estás usando eficazmente en la Tierra, Él te dará más responsabilidad en el Cielo.

¿Alguna vez has pensado en porqué Dios no solo nos creó y luego nos llevó al Cielo? ¿Por qué Él nos puso aquí en este planeta estropeado por el pecado, por 80 o 90 años? Él te puso aquí porque la vida es una prueba, una tarea administrativa, es una asignación temporal. Él observa si eres fiel al usar lo que te dio en la Tierra para bendecir a los demás.

La Biblia dice en 1 Pedro 4:10 “Dios, de su gran variedad de dones espirituales, les ha dado un don a cada uno de ustedes. Úsenlos bien para servirse los unos a los otros” (NTV). Dios te dio talentos, y

Él está observando si estás siendo fiel con ellos.
Reflexiona sobre esto:
• ¿Cómo estás usando tus talentos para servir a otros?
• Examina tus motivos en todo lo que haces. Por ejemplo, ¿estás sirviendo en algún lugar donde puedes ayudar a otros y glorificar a Dios o sólo recibes la gloria para ti mismo?

MANCHADOS Y ARRUGADOS O  REVESTIDOS DEL CARÁCTER DE CRISTO"Vístanse, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de e...
21/07/2026

MANCHADOS Y ARRUGADOS O REVESTIDOS DEL CARÁCTER DE CRISTO

"Vístanse, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia." Colosenses 3:12

*Cada mañana elegimos qué ropa vestir, pero la Biblia nos recuerda que existe una vestidura mucho más importante: el carácter que reflejamos delante de Dios y de las personas. No basta con llamarnos creyentes; el Señor desea que nuestra vida muestre el amor de Cristo en cada palabra, decisión y acción.

Pablo nos enseña que quienes pertenecen a Dios han sido escogidos para vivir de una manera diferente. La misericordia reemplaza la indiferencia, la humildad vence al orgullo, la paciencia supera el enojo y la bondad transforma la forma en que tratamos a quienes nos rodean. Estas virtudes no nacen de nuestras propias fuerzas, sino de una vida que permite que el Espíritu Santo obre cada día.

*El mundo reconoce a las personas por su apariencia exterior, pero Dios mira el corazón. Cuando nos revestimos del carácter de Cristo, nos convertimos en una luz que refleja Su amor aun en medio de un mundo necesitado de esperanza.

*Hoy pregúntate:
¿Las personas pueden ver el carácter de Cristo reflejado en mi manera de vivir?
Porque la mejor evidencia de una vida transformada no está en las palabras que decimos, sino en el amor, la humildad y la paciencia con las que tratamos a los demás.

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