10/09/2026
Evangelio según san Lucas 6, 27-38
«Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.»
Jesús hoy no nos habla desde lejos. Se acerca al corazón y pronuncia unas palabras que quizá quisiéramos suavizar: «Amen a sus enemigos». Y delante de Él no sirven las excusas, porque Jesús no está proponiendo una idea bonita sobre el amor; está revelando el corazón mismo del Padre. Un amor que no depende de lo que recibe, que no calcula, que no espera que el otro cambie para comenzar a amar.
Y aquí comienza la verdadera conversión.
Porque amar cuando nos aman es fácil. Perdonar cuando nos piden perdón también. Pero Jesús entra precisamente en ese lugar donde todavía llevamos una herida, donde pronunciamos el nombre de alguien y algo dentro de nosotros se endurece. Allí donde decimos: «Señor, esto sí que no me lo pidas». Y Jesús nos mira con ternura, pero también con autoridad, y vuelve a decir: «Amen».
No nos pide sentir cariño por quien nos ha herido. No nos pide negar el dolor ni llamar bueno a lo que estuvo mal. Nos pide algo mucho más profundo: no permitir que el mal recibido transforme nuestro corazón en aquello mismo que nos hizo daño.
Porque una herida puede convertirse en una puerta hacia Dios o en un lugar donde nos quedamos encerrados. Podemos llevar años diciendo que hemos perdonado, mientras seguimos alimentando conversaciones interiores, recordando ofensas, esperando que el otro pague, imaginando lo que debió decirnos o hacer por nosotros. Y Jesús hoy viene a tocar justamente ahí. No para avergonzarnos, sino para liberarnos.
Quizá el Señor nos está diciendo suavemente: «Hijo mío, hija mía, entrégame esto. Ya no lo cargues tú. Déjame entrar en esa herida».
Qué difícil es amar así cuando todavía queremos tener la razón. Cuando esperamos justicia según nuestras medidas. Cuando queremos que el otro comprenda cuánto nos hizo sufrir. Pero el Evangelio nos lleva a un lugar más alto: la misericordia. Allí donde dejamos de preguntarnos solamente «¿qué me hicieron?» y comenzamos a preguntarle a Jesús: «¿Qué quieres hacer Tú con esto que me hicieron?»
Y entonces aparece una gracia preciosa: rezar por quien nos ha herido.
No porque el dolor no haya existido, sino porque ya no queremos que tenga la última palabra. Rezar por esa persona es ponerla delante de Jesús y decir: «Señor, yo no sé amar esto todavía como Tú quieres, pero no quiero odiar. Haz Tú en mí lo que yo no puedo hacer».
Tal vez hoy no podamos sentir nada distinto. Y está bien. La santidad no siempre comienza con un sentimiento; muchas veces comienza con una pequeña decisión escondida en el corazón: «Jesús, aunque me duela, elijo no devolver mal por mal».
Eso es Evangelio vivido.
Y Jesús va todavía más lejos: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». No dice como el mundo es misericordioso, ni como los demás son misericordiosos contigo. Dice como el Padre.
Porque nosotros hemos recibido una misericordia que no merecíamos. Dios no esperó a que fuéramos perfectos para amarnos. No esperó a que dejáramos nuestras miserias para acercarse. Nos encontró precisamente allí. Nos sostuvo cuando ni siquiera sabíamos volver a Él.
¿Cómo podríamos entonces recibir tanta misericordia y permanecer endurecidos?
Hoy siento que Jesús nos invita a dejar caer algo delante de su Corazón. Quizá un resentimiento. Quizá una necesidad de tener la última palabra. Quizá una vieja herida que seguimos acariciando en secreto. Quizá el deseo de que alguien sufra porque nosotros sufrimos.
Entrégaselo.
No mañana. Hoy.
Pon ese nombre delante del Sagrario. Díselo a Jesús. Llora si hace falta. Quédate en silencio. Y quizá no salgas sintiendo que todo está resuelto, pero habrás comenzado a caminar en libertad.
Porque perdonar no significa decir que no dolió. Significa decidir que mi corazón ya no le pertenece a la herida, sino a Jesús.
Y quizá ahí está uno de los secretos más hermosos de la santidad: llegar poco a poco a tener un corazón que se parece al de Cristo. Un corazón que no vive cobrando, que no devuelve golpes, que no necesita vengarse, que puede llorar y aun así bendecir.
Señor Jesús, hazme amar como Tú.
No quiero una fe que solamente hable de amor. Quiero aprender a amar cuando cuesta. Quiero que mi manera de responder revele que Tú realmente vives en mí.
Porque al final, Señor, no quiero solamente parecerme a Ti cuando todo está bien. Quiero parecerme a Ti precisamente allí donde más me cuesta.
Preguntas para el corazón
— ¿A quién necesito llevar hoy delante de Jesús, en lugar de seguir llevando su nombre dentro de mi corazón con resentimiento?
— ¿Qué herida sigo justificando y protegiendo, cuando Jesús me está invitando a entregársela para comenzar a ser libre?
— Si Jesús mirara hoy mi manera de tratar a quien me ha herido, ¿reconocería en mí el corazón misericordioso del Padre?
Oración
Jesús mío, enséñame a amar como Tú amas.
Entra en mis heridas y arranca de ellas todo resentimiento, deseo de venganza y dureza de corazón.
Dame la gracia de perdonar sin negar el dolor, de bendecir sin esperar recompensa y de entregar a tu Corazón aquello que yo todavía no sé sanar.
Haz mi corazón semejante al tuyo.
Que cuando alguien me haga sufrir, no encuentre en mí una respuesta del mundo, sino un poco de tu misericordia.
Señor, que mi vida sea una pequeña prueba de que el amor de Cristo todavía puede transformar un corazón
Mirza Deras, r.a.
¿Hay alguien cuyo nombre necesitas poner hoy delante de Jesús y decirle: «Señor, enséñame a amarle como Tú»?