17/05/2026
Hoy, 17 de mayo, Séptimo Domingo de Pascua, la Iglesia universal celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús al Reino de los Cielos.
Cristo corona su victoria elevándose por entre las nubes cuarenta días después de haber resucitado. Deja, pues, este mundo para volver al Padre.
Dicho acontecimiento –hay que recordarlo siempre– no debe ser entendido como que el Señor deja abandonados a aquellos que lo han seguido. Todo lo contrario. Jesús vuelve al Padre, sí, pero ha de enviar muy pronto al Espíritu Santo, el Paráclito, para que interceda por los hombres y fortalezca a todos los llamados a proclamar el Evangelio.
La lectura del Evangelio está tomada del relato de San Mateo (Mt 28, 16 - 20). En este pasaje Jesús se aparece en un monte frente a los discípulos. Algunos de ellos son presa del temor y las dudas aún cuando han sido testigos de los más grandes portentos. Y es que la debilidad humana siempre está presente.
Es justamente en esas circunstancias donde Jesús aprovecha para explicitar cuán grande es su poder, cuán grande es la misión a la que están llamados los apóstoles y que no hay espacio para el desánimo o la melancolía: “Enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Dios Uno y Trino estará con nosotros siempre –no a ratos– “hasta el fin del mundo”. Hay que anunciar y dar testimonio de Cristo sin temor.
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