26/08/2026
“Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina”. 2 Pedro 1:4a
A través del nuevo nacimiento, recibimos una nueva naturaleza. Teníamos una naturaleza inclinada al pecado, ahora nuestra esencia, sustancia, temperamento y conducta es cambiada por la naturaleza divina. Es por eso que solo a través de aceptar a Cristo en nuestro corazón es que podemos cambiar realmente.
Nuestro Padre Celestial desea que le conozcamos tal como Él es; y permanentemente está revelando Su naturaleza, para que creamos y confiemos en Él. Por ejemplo, en Génesis 18:14, siendo Abraham de cien años, y Sara de noventa y sin hijos, Dios se revela como el Dios que da vida, diciéndole: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo”. Y al cumplimiento de esta promesa nació Isaac.
En Nehemías 1:5 aprendemos que Él es “el Dios de los cielos, fuerte, grande y temible”, que es fiel y no traiciona, porque “guarda el pacto”; y que es compasivo, porque manifiesta “la misericordia a quienes le aman y guardan sus mandamientos”. En Éxodo 34:6, Él mismo se describe como “fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado…” 1 Juan 4:8 afirma que “Dios es amor”; y otra característica de Su naturaleza es la sabiduría. Jeremías 10:12 dice que “Él puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabiduría”. Es poderoso y santo; y Su santidad significa ‘absoluta pureza moral’, por eso no peca ni tolera el pecado. También es justo; y Su justicia se manifiesta en Su trato imparcial con el ser humano.
Y aunque todo esto es apenas un poquito de lo que es en sí la naturaleza de Dios, alcanza para comprender cuánto debe amarnos, para permitirnos participar –ser parte– de Su naturaleza en este mundo, poniendo Su amor en nuestro corazón, dándonos de Su santidad y delegándonos Su poder, para que en el Nombre de Jesús seamos vencedores sobre todo poder del mal.
Lectura congregacional: 1 Samuel 18; Romanos 16