25/05/2026
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley”. Gálatas 3:13a
¿Qué es lo que trajo la maldición a este mundo, a nuestro país? La desobediencia a Dios. Por esta causa, muchísimas personas y aun familias enteras no solo viven atadas a una existencia difícil y agotadora, porque no pueden salir de la mala situación –personal, laboral, familiar, matrimonial, etc.– en la que viven desde hace tiempo, sino que su destino eterno es la destrucción. Por más que se esfuercen o sigan al pie de la letra el consejo de gente bien intencionada que desea ayudarle, nada cambia. ¿Sabe por qué? Porque lo primero que deben modificar, para que esa situación se revierta, es su relación con Dios.
Todos vivimos rodeados de leyes: naturales, morales, sociales, deportivas, etc., que si quebrantamos, sufrimos las consecuencias de no haberlas respetado. Lo mismo ocurre cuando ignoramos a Dios, y vivimos desobedeciendo, quebrantando Sus mandamientos y transgrediendo Su voluntad. Pero qué maravilloso es lo que la Palabra de Dios nos revela, y es que ¡por medio de Jesucristo podemos quedar libres de cualquier maldición! Gloria al Señor.
Es tremendamente hermoso y esperanzador saber que, volviéndonos a Dios y permitiendo que Jesucristo gobierne y sea el Señor de nuestra vida, dejamos de estar en la maldición, en el pecado, sufriendo y desgastándonos inútilmente en cosas que en realidad nos perjudican, y somos trasladados a un estado de bendición, de libertad, de paz y, en primer lugar, de ‘paz para con Dios’. Entonces “ninguna condenación (sanción, castigo) hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne (a los deseos inmorales, deshonestos, corrompidos), sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).
La rebeldía en contra de lo que Dios ha establecido atrae la maldición, es decir, en lugar de tener una vida tranquila, agradable, saludable y equilibrada espiritual, emocional, física y económicamente, ocurre todo lo contrario. Nada sale bien. Si considera que esto ha estado ocurriendo en su vida personal, en su hogar o en algún otro ser querido, ya sabe qué hacer para que esa situación cambie: ponga su vida en manos de Jesucristo y obedezca a Dios; porque a quienes le obedecen y le aman, “todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28a). Reciba hoy el poder de lo Alto para vivir una vida santa y agradable a Dios.
Lectura congregacional: Números 34; Salmos 78:38-72