11/03/2025
Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo.
Hebreos 12:6
¡Oh, pero mis aflicciones son mayores que las de otros hombres! ¡Oh, no hay sufrimiento como el mío! ¿Cómo no he de quejarme?
Tal vez tus pecados sean más grandes que los de otros. Si has pecado contra mayor luz, más amor, más misericordias y más promesas que los demás, no es de extrañar que tus aflicciones sean mayores. Si este es tu caso, ¡tienes más razones para guardar silencio que para murmurar!
Puede ser que el Señor vea necesario que tus pruebas sean más severas que las de los demás. Quizás tu corazón sea más duro, más orgulloso, más terco, más impuro, más carnal, más egoísta y más mundano que el de otros. Tal vez sea más engañoso, más hipócrita, más frío y más descuidado, o más formal y tibio.
Si este es tu caso, sin duda Dios considera necesario quebrantar tu corazón endurecido, humillar tu orgullo, limpiar tu impureza y avivar tu espíritu. Por ello, tus aflicciones deben ser más intensas que las de los demás. ¡No murmures!
Cuando la enfermedad es grave, el remedio debe ser fuerte; de lo contrario, la cura no surtirá efecto. Dios es un médico sabio y jamás recetaría un tratamiento más severo si uno más suave bastara para sanar.
Cuanto más oxidado esté el clavo, más veces debe ser puesto al fuego para purificarlo. Y cuanto más torcido esté, más golpes son necesarios para enderezarlo. Has acumulado óxido durante mucho tiempo; si Dios obra así contigo, no tienes motivos para quejarte.
—Thomas Brooks