19/04/2025
VIERNES SANTO
Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: «¡Aquí tienen al hombre!»
Nos adentramos en este Viernes Santo de la Pasión del Señor y, paradójicamente, es Poncio Pilato, un militar pagano que nada tiene que ver con la fe del pueblo de Israel ni con la Iglesia, “nuevo Israel”, quien nos da la que es acaso la mejor clave interpretativa de este día central en la Historia de la Salvación.
Sí: porque en el amasijo de juicios, mentiras, burlas, injurias e insultos, salivazos, golpes, latigazos, y clavos que padecerá el Señor, la proclama del Tribuno romano se yergue como la verdad más dramática -y como tal, más negada por la soberbia del hombre de todos los tiempos y lugares- que en este Viernes Santo -que es como un escalón más en la Pascua que Jesús comenzó a transitar desde la Última cena con sus Discípulos- Dios quiere revelarnos: «¡Aquí tienen al hombre!», dice Pilato, ignorante del servicio que está brindando a la verdad. Porque en la vapuleada humanidad de Jesús que hoy contemplamos, se nos presenta el drama de toda la humanidad vapuleada, herida de muerte por su apertura y simpatía con el pecado; pecado del cual somos incapaces de captar su maldad y fealdad intrínsecas, pero que podemos llegar a vislumbrar, precisamente, en el Jesús que aquel santo viernes, a decir del profeta Isaías, no tenía rostro humano. El pecado, como antítesis de la santidad de Dios, desfigura la armonía y la belleza interior y exterior del hombre. Contemplar al desfigurado Jesús del Viernes Santo debería significar contemplarnos a nosotros mismos cuando coqueteamos con el pecado, debería significar espantarnos ante las dramáticas e inhumanas consecuencias que nos causa el rechazo a Dios.
Este día, el más penitencial del año, nos invita a redescubrir a un Dios que por amor, en vez de castigarnos a nosotros, pecadores, eligió, en la humanidad de su Hijo, cargar con nuestra responsabilidad y así mostrarnos el abrumador dolor que nos causa vivir ajenos a la voluntad de Dios, el Padre que nos ama y que sabe lo que nos hace bien.
Hoy recrudece ante nuestros ojos (y ante nuestra impotencia) el calvario que Jesús asumió aquel viernes y que continuó asumiendo y sufriendo en tantas personas cada día de la historia. La Pasión del Señor (que desde siempre fue la pasión del hombre) nos sigue hablando, nos sigue educando, nos sigue llamando a la conversión.
El mayor desafío sea, quizá, no centrarnos en el dolor ni en la culpa, sino redescubrir el amor de Dios manifestado en la Pasión de Jesús, y pedir al Espíritu Santo que configure nuestro corazón con el de quienes supieron, en medio de la barbarie de aquel viernes, amar al Señor: pidamos a Dios el corazón de aquellas mujeres que lloraban por Jesús, y a quienes el mismo Señor se dignó consolar. Pidamos el corazón de Simón, el hombre de Cirene, para con gestos concretos de paciencia y de servicio, auxiliar a tantos hermanos en los que en la actualidad el Señor continúa sufriendo. Pidamos también el corazón de aquella mujer a quien la Tradición identifica como ‘la Verónica’, que con un pañuelo alivió el rostro sudado y golpeado de Dios. Pidámoslo para nuestra sociedad, que pocas veces está dispuesta a aliviar el rostro del hermano. Pidamos, sí: sigamos pidiendo la gracia de un corazón como el de aquél malhechor crucificado, a quien románticamente llamamos y conocemos como ‘el buen ladrón’… Como él, que también nosotros sepamos descubrir que en los crucificados de hoy está, velado pero aún crucificado, el Hijo de Dios. Oremos pidiendo también el corazón del Discípulo a quien Jesús amaba de manera singular: que podamos identificarnos con él permaneciendo, quizá sin poder hacer demasiado, pero humanamente presentes junto a quien está o se siente solo, desnudo, despojado de todo, impotente como Jesús en la cruz. Y lo más importante: pidamos a María santísima, la valiente Mujer de corazón amante al pie de la Cruz, que nos alcance del Espíritu Santo la gracia de amar como estas personas y como ella misma amaron. No dejemos la memoria y la celebración de este Viernes Santo enjauladas en los templos y en las pantallas de TV, computadoras, y celulares… Celebrémoslo en la vida diaria, descubriendo, amando, y sirviendo al Jesús de la Cruz en nuestras familias, en nuestros vecinos, en cada persona que -aunque sea ocasionalmente- cruce su vida con la nuestra. *Transformemos el dolor del Viernes Santo en amor, para que cada viernes -y cada día- sean santos.*
P. Guillermo de Rico