16/06/2026
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"DE TODAS LAS POSTURAS FÍSICAS, ARRODILLARSE ES LA QUE REVELA CON MAYOR CLARIDAD LO QUE CREEMOS SOBRE DIOS"
Esta frase no es de un teólogo de hace siglos. Es de monseñor Anthony Fisher, arzobispo de Sídney, en una carta pastoral publicada esta semana con motivo del Corpus Christi.
Su petición es tan sencilla como contundente: que se restauren los reclinatorios en todas las iglesias donde hayan desaparecido.
¿Por qué importa esto? Porque la liturgia involucra todo nuestro ser, también el cuerpo. Y el arzobispo rechaza con firmeza la idea, cada vez más extendida incluso dentro de la Iglesia, de que arrodillarse sea un gesto arcaico, de humillación o servilismo.
La Biblia muestra exactamente lo contrario. Desde Moisés ante la zarza ardiente hasta los Magos adorando al Niño Jesús, arrodillarse ha sido siempre expresión de adoración, gratitud, confianza y súplica.
Pero el argumento más impactante de la carta es este: el propio Jesucristo se arrodilló. Lo hizo en la Última Cena, al lavar los pies de sus discípulos. Y volvió a hacerlo en Getsemaní, la misma noche en que instituyó la Eucaristía.
Si Cristo mismo se arrodilló, ¿qué nos impide a nosotros hacerlo ante Él, realmente presente en el Santísimo Sacramento?
El arzobispo propone algo hermoso: "Nos arrodillamos para reconocerle y después nos ponemos en pie para darlo a conocer". La adoración no es pasividad, es el motor de la misión.
Junto a los reclinatorios, también pide ampliar los horarios de las iglesias, promover horas santas semanales y fomentar la adoración perpetua.
Quizá la pregunta no es si arrodillarse es necesario. La pregunta es: ¿qué revela mi cuerpo sobre lo que realmente creo acerca de Dios?
¿Te animas a dedicar unos minutos esta semana a arrodillarte ante el Santísimo?