16/09/2014
Exaltación de la Santa Cruz
La Iglesia quiere celebrar con una fiesta litúrgica el signo de la Cruz, con el cual hemos sido marcados el día de nuestro bautismo. Este signo de la Cruz será el signo distintivo de nuestra condición de cristianos.
Y es extraño lo que ha ocurrido con la cruz, porque no fue un signo original del cristianismo, ya existía, era un signo de ignominia, de condena, de oprobio en la antigüedad. Y en el Imperio Romano si se lo recorría, era común encontrar a las salidas de las ciudades a los delincuentes, a los criminales colgados en las cruces. Y había inclusive diversos modos y formas de cruces, la cruz latina, la cruz griega.
Pero lo que asombra es que este signo de oprobio y de ignominia, Jesús lo haya transformado en un signo de salvación, y que Él mismo haya aceptado que su muerte fuera en la Cruz, “mortem autem crucis”, como lo señala el Apóstol en la Epístola a los Filipenses, “fue obediente hasta la muerte”.
Y fue precisamente por esta muerte de Cruz, “que Dios le dio un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda la rodilla se doble en el cielo, en la tierra, y los abismos”.
La Cruz no sólo fue un signo de ignominia, sino que fue un signo de salvación y de glorificación. Jesús fue glorificado en la Cruz, por eso en la última cena, antes de ser prendido por los judíos, dice el Señor: “ahora el Hijo del hombre va a ser glorificado”.
La glorificación de Jesús se dio en la Cruz. El Apóstol frente a este misterio de la Cruz, nos insta a que tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Y Cristo amó la Cruz, Cristo entregó su vida por nosotros en la Cruz. Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, significa que nosotros también tenemos que amar la Cruz.
Muchos en la antigüedad como les dije, llevaban la cruz, pero Jesús no nos invita a llevar la cruz, Jesús invita a tomar la cruz. Es otra cosa. Porque usted puede llevar la Cruz, porque se la imponen en contra de lo que busca, en contra de lo que desea, en contra de lo que quiere, no es éste el camino. Hay que tomar la Cruz, es decir, hay que disponerse a que nos crucifiquen, porque si no nos crucificamos, no vamos a ser glorificados.
Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, significa tener claro que nuestra glorificación, como la de Jesús, pasa por la Cruz. Asumir entonces las pequeñas cruces cotidianas. Todos estamos crucificados. La naturaleza humana por su propia debilidad y quebranto, ya está crucificada. Lo que interesa es tomar la Cruz. Es decir, hacer que esta crucifixión sea asumida, que esta crucifixión sea deseada, sea alegre y esperanzadamente tenida, y no genere resentimientos, no genere repulsa, porque no hay otro camino para salvarnos, si no es el de la Cruz.
Tomar la Cruz con la misma libertad con que la tomó Jesús cuando dijo: “nadie me quita la vida, yo la entrego”. El primer modo de crucificarse es entregar la vida. Cuántas ocasiones tenemos para entregar la vida cada día, en las responsabilidades con que tenemos que asumir nuestros deberes de estado, son modos que tenemos para entregar la vida, las responsabilidades de madre de familia, de padre de familia, las responsabilidades que cada uno asume en función de su vocación, de su misión, de su destino, son modos que uno tiene para entregar la vida. Y la entrega de la vida, es el modo de nuestra crucifixión.
Pedirle al Señor entonces, que nos de esta suerte de disposición interior a la Cruz. Y darle gracias al Señor por las cruces que suponen en nuestra vida, mortificación y penitencia, son un signo, un adelanto de nuestra salvación, un adelanto de nuestra glorificación.
Recibir con alegría las cruces de cada día. Disponerse interiormente para el acontecimiento en que vamos a ser crucificados, no sabemos cuál, pero llegará el día de nuestra crucifixión, ese en que Jesús hará que entreguemos finalmente a Él nuestra vida, y entonces si lo hacemos tomando la Cruz, si lo hacemos aceptando la Cruz, ése será también al mismo tiempo, el día de nuestra glorificación.
Que así sea.