01/01/2026
Hoy celebramos a María, Madre de Dios. Y el Evangelio nos la muestra no haciendo cosas extraordinarias hacia afuera, sino viviendo algo muy profundo hacia adentro: “conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. María es la mujer del asombro que no se apaga, del asombro que no se vuelve costumbre.
Retomar el asombro es volver a dejarnos tocar por la realidad como si fuera la primera vez. Y María es justamente la que se deja tocar por Dios que entra en su vida, en su cuerpo, en su historia. No se apropia del misterio, no lo domina, no lo explica: lo recibe. El asombro nace cuando reconocemos que estamos delante de un don, no de algo que nos pertenece.
Pero el asombro, para no ser solo una emoción fugaz, necesita transformarse en admiración. Admirar es “ad-mirar”: mirar hacia algo con hondura, con respeto, reconociendo que es más grande que uno. El asombro nos despierta; la admiración nos enseña a permanecer. El asombro abre los ojos; la admiración educa la mirada. Y eso es exactamente lo que hace María: permanece, guarda, contempla.
Y cuando un corazón aprende a admirar, deja de usar las cosas, deja de usar a las personas, y comienza a contemplarlas, a respetarlas y a agradecerlas. María no “usa” a Dios, no se sirve de Él; se pone al servicio del don que recibe. Por eso puede ser Madre, porque antes fue discípula del asombro.
Quizá una de las pobrezas más grandes de nuestro tiempo no sea la falta de cosas, sino la falta de corazones capaces de asombrarse y de admirar. Hoy, mirando a María, le pedimos esa gracia: un corazón que no se acostumbre a Dios, que no banalice al otro, que no consuma la vida, sino que la reciba como don. Un corazón mariano: pobre, abierto, agradecido y lleno de asombro.