08/11/2022
Bendiciones para tod@s
Martes, 8 de noviembre
Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,7-10):
En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer."»
COMENTARIO DE ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO
La gratuidad –junto con la compasión– constituye la columna vertebral
del evangelio. Dios es Gracia desbordante –proclama Jesús– y la sabiduría
consiste en reconocer y vivir la gratuidad en todo. No es difícil observar
que ese es precisamente el camino de la espiritualidad genuina, que conduce a una progresiva desapropiación o desidentificación del yo. Hasta el punto de que allí donde la religión insistía en el mérito, la espiritualidad subraya la gratuidad. Ahí encaja la pequeña parábola que leemos hoy. En ella no se está justificando el sometimiento ni la anulación de nadie, sobre todo de los más débiles. Eso es solo una imagen con la que pretende mostrar la actitud sabia de quien se reconoce a sí mismo como “cauce” por el que la Vida fluye. El cauce no se atribuye ningún mérito ni espera ninguna recompensa: solo hace “lo que tiene que hacer”.
En tanto en cuanto estamos aferrados al yo y a sus intereses, la vivencia de
la gratuidad nos resulta difícil y desacostumbrada. El yo se maneja en el
esquema mérito/recompensa: ese es su modo de funcionar, reforzado desde
el inicio por la formación recibida. Su característica primera –de la que
depende su propia existencia– es la apropiación, ya que en la gratuidad, no
solo se siente amenazado, sino que desaparece por completo. Y la
educación que ha recibido ha estimulado su deseo de lograr y de “merecer”, como medio para alcanzar la aprobación y el reconocimiento que tanto necesita. Todo ello hace que al yo no se le pueda pedir gratuidad.
Aunque en ocasiones simule vivirla, pronto se advertirá el interés oculto uno con ella. La gratuidad es desapropiación y compartir, humildad y respeto, paz y gozo. Al no haber identificación con el yo, no hay nadie que presuma de nada, ni que esté constantemente recordándose y
recordándonos todo lo que hace. Al contrario de lo que le ocurre al yo –si
no se nombra repetidamente, tiene miedo a disolverse–, la persona sabia (espiritual) goza en desaparecer, porque sabe que es así como se encuentra en la verdad de lo que es.
¿Qué hay en mí de apropiación y qué hay de gratuidad?