09/06/2025
Ser Salesiano Cooperador: una vocación en el corazón del mundo
Cuando conocí a los Salesianos Cooperadores, no imaginaba que estaba comenzando un camino que iba a transformar mi forma de vivir, de mirar y de estar en el mundo. Al principio pensé que era una forma más de colaborar con la misión de Don Bosco, una actividad pastoral bonita y que aportaría a mis años de voluntariado en el Centro Juvenil. Pero con el tiempo descubrí que no era simplemente “hacer cosas salesianas”, sino ser salesiano, en lo profundo, desde mi identidad de laico, en lo cotidiano.
La vocación del Salesiano Cooperador, como dice nuestro Proyecto de Vida Apostólica, es “don del Espíritu […] que da calidad a la existencia” (PVA, art. 2.1). No se trata de méritos ni de capacidades. Es una llamada. Una invitación a vivir el espíritu de Don Bosco “en medio del mundo”, no desde fuera o desde los márgenes. En mi caso, esa llamada se hizo clara no en un momento espectacular, sino en los pequeños encuentros, en el testimonio de otros, en el acompañamiento por parte de mi formador y del resto del Centro Local de Málaga, en esa certeza interior de que este era mi sitio, mi forma de seguir a Cristo.
Esta vocación tiene una belleza particular: es una vocación laical. No soy religioso ni sacerdote, pero no por eso mi vocación es “menor” o “complementaria”. Es propia, plena, concreta. Y tiene un sabor muy salesiano: el de la alegría, el trabajo, la confianza en los jóvenes, la cercanía a Dios y a los demás. El PVA lo expresa con claridad: vivimos el espíritu salesiano en “las situaciones ordinarias de vida y de trabajo” (PVA, art. 3.2). Y eso es liberador. No tengo que dejar el mundo para encontrar a Dios. Lo encuentro en mi trabajo, en mi familia, en mi pareja, en el cansancio del día a día, en el esfuerzo por educar con paciencia, en las relaciones reales, a veces difíciles, donde Dios se hace presente.
Una de las claves de nuestra identidad está en los jóvenes: “Sentirse llamados y enviados a una misión concreta, contribuir a la salvación de la juventud […]” (PVA, art. 2.2b). Esto no es un eslogan. Es un compromiso que da forma a nuestras decisiones. Yo no trabajo en una escuela ni en una obra salesiana directamente, pero he aprendido a mirar a mi alrededor con ojos nuevos: a los chicos del barrio, a los chavales del Centro Juvenil, a los jóvenes que sigo en redes, a los que se sienten solos o perdidos también en mi entorno laboral. Don Bosco nos enseña que no hay juventud descartable, que cada joven es tierra sagrada. Y eso me cambia por dentro. Me obliga a escuchar más, a juzgar menos, a acompañar aunque no siempre entienda.
Y no estoy solo. Eso también es parte del regalo de esta vocación: la familia. En mi centro local encontré algo que va más allá de una comunidad. Encontré hermanos y hermanas que comparten este mismo sueño, que rezan conmigo, que me corrigen con cariño, que me recuerdan que vale la pena. “Hermanos y hermanas espirituales, unidos con un solo corazón y una sola alma […]” (PVA, art. 21). A veces lo más salesiano que hago en la semana es tomar una caña con algún hermano, reírnos juntos, acompañarnos en lo humano. Porque el Espíritu también se manifiesta ahí, en lo sencillo, en lo fraterno.
Justamente eso me enseñó la Asociación: que la santidad no está reservada a los místicos. La espiritualidad salesiana es, como dice el PVA, la espiritualidad de lo cotidiano: “[Los SSCC] santifican su existencia en lo cotidiano […], creen en el valor de la vida, de la gratuidad, de la fraternidad y de la cercanía” (PVA, art. 17). Y eso me libera. No necesito hacer cosas extraordinarias para agradar a Dios. Basta con hacer lo ordinario con amor, con entrega, con esa alegría que nace de saberse hijo de un Dios que camina con nosotros. Preparar la comida con tiempo y cariño, corregir fraternalmente, llegar a mi hora, escuchar al prójimo con atención, perdonar de nuevo. Todo eso, vivido en clave salesiana, también es camino de santidad.
A veces me preguntan qué significa ser Salesiano Cooperador. Y no siempre sé qué responder en una frase corta. Pero si tengo que resumirlo, diría que ser Cooperador no ha cambiado mi mundo… ha cambiado mi forma de estar en él. No tengo otra vida, pero tengo otra mirada. A través del carisma de Don Bosco, Dios me enseñó a mirar el mundo con esperanza, a amar a los jóvenes con ojos de padre y madre, a comprometerme con lo que duele y a celebrar con lo que alegra.
Y cada vez que me siento parte de esta gran Familia, sé que no camino solo. Sé que hay miles de hombres y mujeres en todo el mundo que, como yo, han dicho sí a esta vocación sencilla y profunda. Hombres y mujeres que no buscan protagonismo, pero que están presentes, que acompañan, que oran, que trabajan, que educan, que aman.
No somos nada especial. En palabras de nuestro himno: “Somos Cooperadores”. Y eso, para mí, lo dice todo.