04/11/2025
La bendición de los alimentos es una de las prácticas cristianas más antiguas.
Ya en el Antiguo Testamento, antes de comer, el pueblo bendecía a Dios por los frutos de la tierra (Dt 8,10: “Bendecirás al Señor tu Dios por la buena tierra que te ha dado”).
Pero es Jesucristo quien establece el modelo claramente:
“Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio…”
(Mateo 26,26)
Jesús siempre bendecía los alimentos antes de repartirlos:
en la multiplicación de los panes (Mateo 14,19),
en la Última Cena (Mateo 26,26),
y en resurrección, en la cena de Emaús (Lucas 24,30).
Los primeros cristianos imitaron este gesto. La Didajé (siglo I-II), uno de los textos cristianos más antiguos, enseña oraciones de bendición sobre el pan y el vino.
La Iglesia, con el tiempo, resumió en una breve fórmula esta acción de agradecer antes de comer:
“Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que vamos a recibir por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.”
No es una fórmula mágica; es un acto de gratitud y reconocimiento:
Todo viene de Dios.
Nada es “obvio”: ni el pan, ni el trabajo, ni la mesa.
Bendecir los alimentos:
humilla el ego (recordamos que dependemos de Dios),
honra el esfuerzo humano (trabajo, sacrificio, siembra, manos que cocinaron),
santifica lo cotidiano (Dios está en lo simple).
Un hombre que agradece el pan de hoy,
vive más consciente del milagro de estar vivo.