17/05/2026
Ascensión del Señor (A)
17 de mayo 2026
“ESTARÉ SIEMPRE CON USTEDES”
“Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Mt 28,16-20
Resurrección y Ascensión son un acontecimiento único “simultáneo”, junto con la entrega del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). Según narran los evangelios Sinópticos, en su última aparición el Resucitado se muestra en su Ascensión. Por razones catequéticas, pastorales, la liturgia de la Iglesia fue separando progresivamente en celebraciones diferentes al único misterio pascual revelado en su Palabra, escribiéndolo en imágenes, que se ofrecen a nuestra veneración.
El ícono de la Ascensión del Señor que hoy contemplamos, a una primera mirada, evidencia imágenes separadas en la parte superior e inferior, gracias a una línea de horizonte que esboza al Monte de los Olivos. El ámbito de la mitad superior muestra el mundo celestial, mientras que la tierra y los hombres dominan la parte inferior. Una línea vertical une la Virgen con Cristo. Ambas líneas, horizontal y vertical, designan una cruz.
Cristo resplandece en la mandorla de la luz divina, con toda su soberanía, resucitado y glorificado. Realiza el gesto de la bendición y porta el libro de la Palabra.
Cristo está acompañado por dos serafines que portan vestiduras rojas, signo de nuestra humanidad y de la encarnación del Verbo, que asume nuestra carne. Simboliza así que nuestra humanidad asciende al ámbito celestial en Cristo.
En la parte inferior de la imagen, ámbito terrestre, los ángeles junto a la Virgen tienen vestiduras blancas, signo de la divinidad que descendió con el Verbo y permanece con nosotros.
Con el simbolismo de esos colores, los seres angelicales representan el misterio de la divino-humanidad de Jesucristo y, en Cristo, la ascensión de nuestra humanidad al ámbito celestial.
Ya en ese significado simbólico de las vestimentas de los ángeles, percibimos una pequeñísima luz del gran misterio de la Resurrección-Ascensión de Cristo y de nuestra propia resurrección-ascensión… que ya comenzó. “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1), afirma la Carta de Pablo a los cristianos de Colosas.
La Palabra del Evangelio sigue profundizando ese misterio “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), promete el Resucitado. Jesucristo está con nosotros, contigo, conmigo, con nuestros hermanos del mundo. También con los que “todavía dudaron” (Mt 28,17) o los que no creen en él… Por eso el Hijo de Dios se encarnó, murió en la cruz y resucitó, para darnos Vida en abundancia, Vida eterna (Jn 10,10).
Una vez más, Agustín nos ilumina…
“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo. Suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios”. Del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.
Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros. Asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor. Nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.
Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo. Tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, cuando afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice debido a la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Únicamente él puede decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él. Él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios…
Cristo, entonces, bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió solo, ya que nosotros subimos también en él por la gracia”.
Agustín de Hipona, Sermón 98, Sobre la Ascensión del Señor
Dra. Cristina Muñoz
Imagen: Ascensión de Jesucristo, ícono, Escuela de Moscú, s. XVI, Timkem Museum of Art