29/05/2025
"Y ahora... ¿qué nombre le ponemos al nene?"
Esta es una frase que utilizamos en Argentina cuando nos encontramos un problemón que no sabemos cómo resolver.
Pensaba en Abraham, Sara y Agar. Pero siempre meditamos en el problema de Abraham la angustia de Sara y muchas veces marginamos a Agar por ser la mala La resentida, la sierva que quiso ser más que su señora. Ese elitismo de nuestros pensamientos marginando a los marginados a los desplazados.
Esa mujer que fue metida en una historia que no pidió. Que quizás por un momento creyó que tendría un lugar privilegiado al dar a luz el hijo de Abram. Tal vez imaginó que sería madre de la nación prometida. Que por una vez, siendo esclava, sería mirada con honra.
Pero esa promesa se desvaneció...
Fue usada, después desplazada. Humillada. Y echada. Se encontró sola, sin agua, sin camino, con su hijo desmayado en el desierto. ¿Cómo no sentir esa escena como un espejo de tantas vidas? Vidas de mujeres, de hombres, de hijos que nacen en medio del caos, de decisiones mal tomadas, de relaciones sin Dios, de "de padres que se borran", de mujeres solteras, o con sus maridos detenidos, o en las adicciones sin saber para donde correr.
Y entonces me vino esa frase tan argentina, tan real: “Y ahora… ¿qué nombre le ponemos al nene?”
No porque no sepamos cómo llamarlo, sino porque no sabemos qué hacer con todo lo que se desató. Las consecuencias, el dolor, los hilos rotos. Abraham se subió a una propuesta de Sara, afectaron el corazón y la situación de Agar e Ismael, y encima se autoconvencieron que era voluntad de divina
Pero ahí aparece Dios.
El Dios que no avaló la decisión. Que jamás pidió que se acostaran con esa pareja. Que no escribió ese guion. Pero que igual se mete en la historia. Que ve a Agar. Que escucha al niño. Que abre una fuente en el desierto. Que no deja desamparada ni siquiera a la que fue echada.
Y ahí entendí algo. Yo también he marginado a Agar. En mis lecturas, en mis pensamientos. Me enfoqué en Abraham, en Isaac, en la promesa. Pero me olvidé que hay muchas “Agares” por ahí. En la Biblia, y hoy también.
Y si Dios las ve… yo no quiero ser más de los que las olvidan.
Aplicación práctica:
Que nuestras iglesias, nuestras familias, y nuestros corazones no sigan repitiendo la historia de Sara y Abraham que meten a otros en enredos y luego los echan. Que seamos fuente en el desierto, no obstáculo. Que miremos con ojos de compasión a quienes atraviesan historias rotas, y que acompañemos como Dios acompaña.
Motivación para actuar:
Hoy Dios te dice: “Yo te vi.” No importan tus errores, tus caídas, o las decisiones de otros que te afectaron. Él abre fuentes en medio del desierto. Él da nombre donde hay confusión. Y si Él lo hace… también nosotros.