18/08/2020
Hay una historia en 2 Samuel 9 sobre un hombre llamado Mefiboset.
Un descendiente de Saúl, hijo de Jonatán, hijo de realeza, quizás él estaba en la línea para ser heredero del reino. Pero en esta historia lo encontramos como un lisiado, exiliado y avergonzado que vivía escondido.
Su futuro era prometedor en un principio, pero mataron a su abuelo Saúl y a su papá Jonatan en una guerra contra los filisteos, y en el intento de la niñera por escapar con el pequeño Mefiboset, el niño se cayó y quedo lisiado por el resto de su vida.
Así muchas veces nuestra identidad es rota o quebrada, quizás no por algo malo que nosotros hayamos hecho, pero llega a nuestra vida un momento duro, que crea una identidad errónea en nosotros. Porque alguien más tuvo una influencia en tu vida, alguien más te hirió, alguien más te lastimó.
Pero después de muchos años el Rey David se acuerda, de la nada, de su amigo Jonatán y de una promesa que le había hecho (1 Samuel 20:15-17). Quería mostrar la bondad de Dios a algún familiar de la casa de Saúl, a pesar de que éste quiso matarlo, pero David era un hombre de gran honra, con el corazón de Dios.
Esto se asemeja al Evangelio, con errores, problemas, con heridas causadas por otros, Jesús de la nada, queriendo bendecirte y acercarse, decide que va a hacer lo bueno con nosotros. Aun cuando alguien nos ha dañado o estamos escondidos en nuestras heridas.
“A partir de ese momento, Mefiboset comió a la mesa de David, como si fuera uno de los hijos del rey.”
2 Samuel 9:11b
“Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos.”
1 Juan 3:1a