Entrenamiento Ministerial

Entrenamiento Ministerial Página dedicada en favor de los creyentes de la Fe en Dios.

Página dedicada en favor de los creyentes de la Fe en Dios como nuestro Creador y que por cuya Gracia vivimos; quienes reconocen el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios para nuestra salvación y quienes anhelan la fuerza del Espíritu Santo para edificación en sus vidas.

05/01/2024

"LO VESTIRÉ CON TU TÚNICA, LE PONDRÉ TU CINTURÓN DE HONOR Y LE DARÉ TU AUTORIDAD. SERÁ COMO UN PADRE PARA LOS HABITANTES DE JERUSALÉN Y PARA EL PUEBLO DE JUDÁ" (Isaías 22:21 - Dios habla hoy)

Este versículo, junto a otros de la Biblia, ha sido usado por la iglesia Católica Romana para justificar la existencia de un "padre espiritual" (Papa) que gobierne sobre el resto de los feligreses. Obviamente son textos usados fuera de su contexto
Y tristemente, desde hace algunos años, muchos cristianos evangélicos han copiado esa doctrina errónea, inventándose un "papá" que maneje sus vidas. Otorgando así jerarquías dentro del pueblo, donde ya no somos TODOS hermanos.

Hoy en día está muy de moda llamarle "padre espiritual" a un líder eclesiástico, y la mayoría toma como referencia bíblica para justificar esto la manera en que Pablo se refería a algunas iglesias en sus cartas llamándoles "hijitos" a los creyentes de cada iglesia.

En el sentido cariñoso y bien intencionado no habría ningún problema a que alguien llame "padre" a su líder si este se ha ganado el cariño de las personas y su comportamiento ha sido similar al de un papá; de hecho, algunos tienen personas que han sido grandes consejeros y quienes les han acompañado en su crecimiento personal y en la fe, por dichas razones los ven como "padres", y ¡esto es valedero! pues es un sentimiento reciproco al cariño que les han otorgado. El conflicto del tema es pretender que el llamar "padre espiritual" a un líder es doctrinalmente bíblico, eso es un grave error, porque la Biblia en ninguna parte insta a llamar padre espiritual a otra persona a causa de su posición de liderazgo, sin embargo, en la Palabra de Dios sí encontramos una prohibición clara a llamar rabí, maestro o "padre" a alguien simplemente por su posición de liderazgo, ya que esto tiene su origen en el orgullo y apoya a cultivar la soberbia y altivez en el corazón . "Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos" (Mateo 23:9)

¡Nuestro único padre espiritual es Dios! En esto no hay nada que discutir, el problema es que el sensacionalismo y las modas han hecho que muchos piensen que el llamar "padre espiritual" al líder es bíblico y por tanto adoctrinan esa idea siendo esto un error garrafal. Adoctrinar ideas humanas es lo que ha hecho que el evangelio pierda eficacia las últimas décadas.

Como vemos que no es bíblico, no debemos estar de acuerdo y mucho menos adoptarlo como estilo de vida. Pero podemos demostrar que este asunto ha caído a un fanatismo que nos está haciendo quedar mal como cristianos, ya que cuando se llama "padre espiritual" a alguien, esa persona tendría una responsabilidad demasiado grande, y honestamente ningún líder espiritual puede cumplir a cabalidad ese título, porque el ser un verdadero padre es tener un amor y paternidad integral y veraz.

Para tener el título de padre espiritual debes comportarte como un verdadero padre, sin embargo, el estilo de esa "paternidad espiritual" de los líderes es una paternidad condicionada (y por lo tanto deficiente), ¿a qué nos refierimos con "condicionada"? Pues que solo eres hijo si reúnes ciertas características, por ello veamos algunos ejemplos del por qué llamar doctrinalmente al líder como "padre espiritual" no es solo anti bíblico si no poco realista.
Un padre genético reconoce a su hijo, y es consiente que su hijo siempre será hijo, no importa si este se porta bien o se porta mal, hijo es hijo, punto. En cambio, los "padres espirituales" son condicionadores, ya que ellos solo ven como hijos espirituales a aquellos que constantemente les llaman “padres”, y dicen "amén" y "si" a todo lo que ellos dicen, aquellos que no tienen criterio propio y solo siguen las palabras del líder, además no se rebelan ni opinan nada en contra de la "visión"; sumado a esto, son verdaderamente hijos espirituales solo si apoyan financieramente al líder y andan con él en todo lugar, evento u actividad; de lo contrario, si eres una persona que no a todo dice "amén", que tiene criterio, que busca cumplir su propósito en Dios y no simplemente seguir lo que los demás dicen, entonces NO eres verdadero hijo espiritual. ¿Qué triste verdad? y no solo eso, vayámonos al extremo, en la vida cotidiana si un hijo se va de la casa bien sea rebeldía, mal comportamiento u lo que sea, el padre y madre siempre lo amarán y serán padres, no importa lo malo que sea el hijo, el amor de un padre y madre nunca cambian; a diferencia del amor de la "paternidad espiritual moderna" que si el “hijo espiritual” se aparta del camino o se va para otra iglesia automáticamente cinsideran que NO era hijo espiritual, y hasta lo maldicen por no seguir bajo su cobertura (comparar con "túnica" en Isaías 22:21).

Otra razón por la cual la "paternidad espiritual moderna" se queda corta es porque son excluyentes. Cuando una pareja adopta un hijo, ante las leyes y ante Dios ellos pasan a ser hijos legítimos, no importa si no llevan su sangre, así que unos buenos padres ven de igual forma a sus hijos genéticos como a su hijo adoptado, de hecho, la palabra "adoptado" no existe para los padres pues estos tratan de no usarla, ya que al adoptado lo consideran verdaderamente hijo; si tratamos de ver eso en algunas iglesias modernas vemos que esa "paternidad" no es igual, ya que tus hijos espirituales son tus hijos, y los hijos adoptados (aquellos a quienes solo les das cobertura) son eso, coberturas, no hijos.

De nuevo, si el trato y cariño con tu líder es tan cercano que lo consideras tu padre, está bien que le llames como gustes, pero bíblicamente el único Padre Espiritual es Dios, ningún otro.
Tampoco se crean más espirituales porque le llaman así a su líder, o tampoco tratar a otras personas como alguien sin "revelación" solo porque prefiere no llamarle "padre espiritual" al líder, porque queda en evidencia en ese mismo pasaje bíblico que creerse más espiritual por eso es falta de humildad.

Un texto más al que se apoyan los que cren que es doctrina el llamar "padre espiritual a el lider" es 1 Corintios 4.15 donde dice "Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Para más claridad leamoslo en la version NVI "De hecho, aunque tuvieran ustedes miles de tutores en Cristo, padres sí que no tienen muchos, porque mediante el evangelio yo fui el padre que los engendró en Cristo Jesús." Es interesante que los que apoyan esa doctrina toman solo la frase "yo os engendré por medio del evangelio" para decir que es biblico decirle "padre" a su lider. Lo curioso es que no consideran que: 1) Menciona que no tienen "...muchos padres..."(en plural), osea que efectivamente si puedes tener varias personas a las cuales consideres padre o madre de cariño; y 2) Pablo se considera su "padre" porque fue él quien les comunicó el evangelio y por el cual ellos aceptaron a Jesús como Señor y Salvador, entonces, significa que a quién deberiamos considerar un "padre espiritual" es aquella persona quien nos predicó el evengelio y a quien Dios usó para que recibiesemos a Jesucristo en nuestras vidas. Osea que NO necesariamente tu lider o pastor.

Resumen.
Ocupémonos de enseñarle a la gente a amar a Dios por sobre todas las cosas y verlo como el único y supremo Padre Celestial, que nos ama incondicionalmente y cada día nos demuestra su amor. No hagamos en la iglesia nuevos "sistemas papáles" como si fuéramos la iglesia tradicional (católica) en versión protestante. Doctrinalmente nadie puede exigir ser llamado "padre espiritual" por su posición de liderazgo eclesiástico (la biblia lo prohibe), sin embargo, no hay problema que de cariño llames "padre espiritual" a aquel quien genuinamente te quiere como un padre, o a aquella persona mediante la cual llegaste a los pies de Jesús.

13/12/2023

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29/10/2023

"Y SABEMOS QUE A LOS QUE AMAN A DIOS, TODAS LAS COSAS LES AYUDAN A BIEN, ESTO ES, A LOS QUE CONFORME A SU PROPÓSITO SON LLAMADOS" (Romanos 8:28)

Cuando ocurre una tragedia, es habitual que la gente se pregunte: "¿Qué significa esto?". Cuando presenciamos alguna catástrofe o un as*****to colectivo, existe un sentimiento natural de que lo que ha sucedido no debería haber ocurrido. Esta sensación innata de "maldad" es una pista del significado de estos acontecimientos. Cuando tratamos de encontrar un sentido a la tragedia, debemos tener la perspectiva adecuada. Necesitamos abordar el tema de una manera que permita una respuesta coherente, y esto sólo es posible a través de una cosmovisión cristiana. Puesto que Dios da sentido a cada momento y acontecimiento de la historia, a través de Él podemos empezar a encontrar sentido al sufrimiento. La naturaleza de este mundo es propensa a los acontecimientos trágicos. Afortunadamente, Dios nos habla para que podamos encontrar no sólo el sentido, sino la salvación y el alivio de los sufrimientos del mundo.

Al estudiar el movimiento físico, es fundamental comprender la perspectiva. La velocidad y la aceleración sólo tienen sentido en relación con algún otro objeto; este objeto es el punto de referencia. La forma en que se mueve el punto de referencia afecta a nuestra percepción. Lo mismo ocurre con nuestro sentido del bien y del mal. Para que los conceptos de bueno, malo, correcto, incorrecto o tragedia tengan sentido, tienen que estar anclados a un punto de referencia que no cambie ni se mueva. El único punto de referencia válido para estos temas es Dios. El mismo hecho de que consideremos que un as*****to colectivo es incorrecto, respalda firmemente la idea de que Dios es el punto de referencia para nuestro sentido del bien y del mal. Sin Dios, incluso los acontecimientos que consideramos más trágicos no tienen más sentido con respecto a cualquier otra cosa. Tenemos que entender la naturaleza de este mundo y nuestra relación con Dios para poder extraer algún significado de las cosas que vemos.

Dios impregna de significado cada momento y cada acontecimiento y nos da la confianza de que Él entiende lo que estamos viviendo. Cuando Jesús instituyó la comunión, unió el pasado, el presente y el futuro. Primera de Corintios 11:26 dice: "Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa (presente), la muerte del Señor anunciáis (pasado) hasta que él venga (futuro)". El conocimiento de Dios de todos los eventos significa que nada es insignificante para Él. Si Dios sabe cuándo cae un gorrión, ciertamente sabe cuándo enfrentamos una tragedia (Mateo 10:29-31). De hecho, Dios nos aseguró que tendríamos aflicciones en este mundo (Juan 16:33) y que Él ha experimentado nuestras luchas personalmente (Hebreos 2:14-18; Hebreos 4:15).

Aunque entendemos que Dios tiene el control soberano de todas las cosas, es importante recordar que Dios no es el origen de la tragedia. La gran mayoría de los sufrimientos humanos son causados por el pecado, y muy a menudo por el pecado de otras personas. Por ejemplo, un as*****to colectivo es culpa del asesino que desobedece la ley moral de Dios (Éxodo 20:13; Romanos 1:18-21). Cuando tratamos de encontrarle un sentido a un acontecimiento como éste, tenemos que entender por qué este mundo es como es. Las dificultades de este mundo fueron causadas originalmente por el pecado de la humanidad (Romanos 5:12), el cual es siempre una cuestión de elección (1 Corintios 10:13). Aunque Dios es perfectamente capaz de detener las tragedias antes de que empiecen, a veces decide no hacerlo. Aunque no sepamos por qué, sí sabemos que Él es perfecto, justo y santo, y así es Su voluntad. Además, el sufrimiento que experimentamos en este mundo hace tres cosas. Nos lleva a buscar a Dios, desarrolla nuestra fortaleza espiritual y aumenta nuestro deseo de ir al cielo (Romanos 8:18-25; Santiago 1:2-3; Tito 2:13; 1 Pedro 1:7).

En el jardín del Edén, Dios habló a Adán y se comunicó de forma clara y directa, no con conceptos abstractos. Dios nos habla hoy de la misma manera. En cierto modo, éste es el significado más importante que se puede encontrar en cualquier tragedia. Los acontecimientos trágicos demuestran gran parte de su significado por la forma en que reaccionamos ante ellos. C.S. Lewis dijo: "Dios nos susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores. Es su megáfono para despertar a un mundo sordo". Esto no significa que Dios provoque la tragedia, sino que utiliza nuestra reacción a la tragedia para hablarnos. Los acontecimientos trágicos nos recuerdan no sólo que vivimos en un mundo imperfecto y caído, sino que hay un Dios que nos ama y quiere para nosotros algo mejor de lo que el mundo puede ofrecer.

03/09/2023

"JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, Y HOY, Y POR LOS SIGLOS" (Hebreos 13.8)

¿Por qué Dios en el Antiguo Testamento es tan diferente al que es en el Nuevo Testamento?"

En la parte central de esta pregunta se encuentra un malentendido importante de lo que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento revelan acerca de la naturaleza de Dios. Otra manera de expresar este mismo pensamiento básico, es cuando la gente dice: “El Dios del Antiguo Testamento es un Dios de ira, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es un Dios de amor”. El hecho de que la Biblia sea la revelación progresiva de Dios Mismo a nosotros, a través de eventos históricos y a través de Su relación con la gente a lo largo de la historia, puede contribuir a la idea errónea acerca de cómo es Dios en el Antiguo Testamento, comparado con su actuar en el Nuevo Testamento. Sin embargo, cuando uno lee ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, se hace rápidamente evidente que Dios no es diferente de un Testamento a otro, y que la ira de Dios y Su amor están revelados en ambos Testamentos.

Por ejemplo, a través del Antiguo Testamento, se declara que Dios es “misericordioso y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia y verdad” (Éxodo 34:6; Números 14:18; Deuteronomio 4:31; Nehemías 9:17; Salmo 86:5, Salmo 86:15, Salmo 108:4; Salmo 145:8; Joel 2:13). Aún así, en el Nuevo Testamento, El amor y la bondadosa misericordia de Dios están más fuertemente manifiestos a través del hecho de que “... de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en ÉL cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). A lo largo del Antiguo Testamento, vemos también a Dios tratando con Israel de manera muy parecida a la de un amoroso padre tratando con su hijo. Cuando ellos deliberadamente pecaban contra Él y comenzaban a adorar a los ídolos, Dios los castigaba, y aún así una y otra vez Él los liberaba una vez que se arrepentían de su idolatría. Esto se parece mucho a la manera como vemos a Dios tratando con los cristianos en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, Hebreos 12:6 nos dice que “...el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”.

Igualmente, vemos a través de todo el Antiguo Testamento el juicio y la ira de Dios derramarse sobre el pecado. De manera similar, en el Nuevo Testamento, vemos el juicio de Dios en acción “…la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). Así vemos claramente, que Dios no es más diferente en el Antiguo Testamento de lo que es en el Nuevo Testamento. Dios, por Su misma naturaleza es inmutable (no cambia). Y aunque veamos un aspecto de Su naturaleza revelada en ciertos pasajes de la Escritura más que otros, Él en Sí mismo, no cambia jamás.

Cuando uno realmente comienza a leer y estudiar la Biblia, aprecia claramente que Dios no tiene ninguna diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Aunque la Biblia realmente es el conjunto de sesenta y seis libros individuales, escritos en dos (o posiblemente tres) continentes, en tres diferentes idiomas, a través de un período de aproximadamente 1500 años, y escrita por más de 40 autores (procedentes de diferentes estratos sociales y culturales), sigue siendo un libro con un contenido de perfecta unidad y sin contradicciones de principio a fin. En él vemos como un Dios amoroso, misericordioso y justo, trata con el hombre pecador en toda clase de situaciones. Verdaderamente, la Biblia es una carta de amor de Dios para la humanidad. El amor de Dios por Su creación y especialmente por el hombre, es evidente a través de toda la Escritura. Por toda la Biblia vemos el amoroso y misericordioso llamado de Dios a la gente, invitándola a una relación especial con Él, no porque ellos la merezcan, sino porque Él es un Dios de misericordia, lento para la ira y grande en bondadoso amor y verdad. También vemos a un Dios santo y justo, que es el Juez de todos los aquellos que desobedecen Su palabra y se niegan a adorarlo, y que por el contrario se vuelven a adorar a dioses de su propia creación (Romanos 1).

Por el carácter santo y justo de Dios, todo pecado pasado, presente y futuro debe ser juzgado. Aún así, Dios en Su infinito amor, ha provisto el pago por el pecado y un camino de reconciliación, para que el hombre pecador pueda escapar de Su ira. Vemos esta maravillosa verdad en versículos como 1 Juan 4:10 “En esto consiste el amor; no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. En el Antiguo Testamento, Dios proveyó un sistema de sacrificios, donde podía hacerse expiación por el pecado, pero este sistema fue solo temporal y simplemente apuntaba a la futura venida de Jesucristo, quien moriría en la cruz para hacer definitivamente una expiación sustitutiva y total por el pecado. El Salvador que fue prometido en el Antiguo Testamento, es más ampliamente revelado en el Nuevo Testamento y la última expresión del amor de Dios al enviar a Su Hijo Jesucristo, es revelada aquí en toda su gloria. Ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamentos nos fueron dados para “hacernos sabios para la salvación” (2 Timoteo 3:15). Cuando los estudiamos con más detenimiento, se hace evidente que en Dios no “hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).

20/07/2023

"HACED MORIR, PUES, LO TERRENAL EN VUESTROS MIEMBROS: FORNICACIÓN, IMPUREZA, PASIONES LASCIVAS, MALOS DESEOS Y AVARICIA, QUE ES IDOLATRÍA" (Colosenses 3:5)

Todas las diversas formas de idolatría moderna tienen una cosa en su núcleo: el yo. La mayoría de la gente ya no se arrodilla ante ídolos e imágenes. En vez de eso, adoramos ante el altar del dios del yo. Esta marca de idolatría moderna toma diversas formas.

En primer lugar, adoramos en el altar del materialismo, que alimenta nuestra necesidad de aumentar nuestro ego a través de la adquisición de más "cosas". Nuestros hogares están llenos de toda clase de bienes. Construimos casas más y más grandes con más armarios y espacio de almacenamiento para guardar todas las cosas que compramos, muchas de las cuales incluso no hemos pagado. La mayoría de nuestras cosas tiene "obsolescencia programada" inherente en ellas, por lo que son inútiles en poco tiempo, y así las mandamos al galpón u otro espacio de almacenamiento. Entonces nos apuramos a comprar el artículo, ropa o aparato más nuevo, y todo el proceso vuelve a empezar. Este deseo insaciable para más, mejor y nuevo, no es nada más que la codicia. El décimo mandamiento nos dice que no caigamos víctimas de la codicia: “No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su b***o, ni nada que le pertenezca” (Éxodo 20:17). Dios sabe que nunca seremos felices satisfaciendo nuestros deseos materialistas. El materialismo es la trampa de Satanás para mantener nuestro enfoque en nosotros mismos y no en Dios.

En segundo lugar, adoramos ante el altar de nuestro propio orgullo y ego. Esto a menudo toma la forma de una obsesión por las profesiones y empleos. Millones de hombres — y cada vez más mujeres — pasan 60-80 horas de la semana en el trabajo. Incluso los fines de semana y durante las vacaciones, nuestras computadoras están zumbando y nuestras mentes están girando con ideas de cómo hacer nuestras empresas más exitosas, cómo conseguir ese ascenso, cómo conseguir ese aumento de sueldo, cómo cerrar el próximo trato. Mientras tanto, nuestros hijos se mueren por atención y amor. Nos engañamos pensando que estamos haciéndolo por ellos, para darles una vida mejor. Pero la verdad es que lo estamos haciendo por nosotros mismos, para aumentar nuestra autoestima al aparecer más exitosos a los ojos del mundo. Esto es una locura. Todos nuestros trabajos y logros no serán de ninguna utilidad para nosotros después de morir, ni la admiración del mundo, porque estas cosas no tienen ningún valor eterno. Como el rey Salomón dijo, "pues hay quienes ponen a trabajar su sabiduría y sus conocimientos y experiencia, para luego entregarle todos sus bienes a quien jamás movió un dedo. ¡Y también esto es absurdo, y un mal enorme! Pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Todos sus días están plagados de sufrimientos y tareas frustrantes, y ni siquiera de noche descansa su mente. ¡Y también esto es absurdo!" (Eclesiastés 2:21-23).

En tercer lugar, idolatramos la humanidad — y por extensión a nosotros mismos — a través del naturalismo y el poder de la ciencia. Esto nos da la ilusión de que somos los señores de nuestro mundo y aumenta nuestra autoestima a proporciones divinas. Rechazamos la Palabra de Dios y Su descripción de cómo Él creó los cielos y la tierra, y aceptamos las tonterías de la evolución y el naturalismo. Abrazamos a la diosa del ambientalismo y nos engañamos pensando que podemos preservar la tierra indefinidamente cuando Dios ha declarado que la tierra tiene una vida útil limitada y durará sólo hasta el fin de los tiempos. En ese momento, Él destruirá todo lo que ha hecho y creará un cielo nuevo y una tierra nueva. "Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada. Ya que todo será destruido de esa manera, ¿no deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios? Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas. Pero, según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia” (2 Pedro 3:10-13). Como dice claramente este pasaje, nuestro enfoque no debe ser en adorar el medio ambiente sino en vivir vidas santas mientras esperamos ansiosamente el regreso de nuestro Señor y Salvador. Sólo Él merece ser adorado.

Finalmente, y tal vez lo más destructivo, adoramos en el altar del auto agrandamiento o la realización de uno mismo, excluyendo a todos los demás y sus necesidades y deseos. Esto se manifiesta en la auto indulgencia a través de alimentos, dr**as y alcohol. Los países ricos tienen acceso ilimitado a alcohol, dr**as (el consumo de dr**as de prescripción está en un nivel más alto, incluso entre los niños) y alimentos. Esto conduce a la obesidad, la diabetes y otros problemas. El autocontrol que tan desesperadamente necesitamos es despreciado en nuestro insaciable deseo de comer, beber y medicarnos más y más. Nos resistimos a cualquier esfuerzo para frenar el apetito, y estamos decididos a ser el dios de nuestras vidas. Esta mentalidad tiene su origen en el jardín del Edén donde Satanás tentó a Eva a comer del árbol con las palabras "seréis como Dios" (Génesis 3:5). Desde entonces esto ha sido el deseo del hombre — de ser Dios. Esta adoración del yo es la base de toda idolatría moderna.

Toda idolatría de uno mismo tiene en su centro los tres deseos encontrados en 1 Juan 2:16: "Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo". Si queremos escapar de la idolatría moderna, tenemos que admitir que es desenfrenada y rechazada en todas sus formas. No es de Dios sino de Satanás. La mentira de que el amor de uno mismo traerá satisfacción, es el mismo que Satanás ha estado diciendo desde que mintió a Adán y Eva por primera vez. Tristemente, todavía seguimos cayendo en la trampa. Incluso aún más triste, muchas iglesias lo están propagando en la predicación del Evangelio de la salud, riqueza y prosperidad, basado en el ídolo de la autoestima. Sin embargo, nunca encontraremos felicidad centrados en nosotros mismos. Nuestros corazones y mentes deben estar centrados en Dios y en los demás. Por esta razón, cuando se le preguntó ¿cuál es el mayor mandamiento?, Jesús respondió, "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Cuando amamos al Señor y los demás con todo lo que está en nosotros, no habrá cabida en nuestros corazones para la idolatría.

26/06/2023

“MIRAD QUE NO MENOSPRECIÉIS A UNO DE ESTOS PEQUEÑOS; PORQUE OS DIGO QUE SUS ÁNGELES EN LOS CIELOS VEN SIEMPRE EL ROSTRO DE MI PADRE QUE ESTÁ EN LOS CIELOS” (Mateo 18:10)

Los creyentes, ¿tenemos asignados un ángel de la guarda para cada uno?
En el contexto, "estos pequeños" podría aplicarse a los que creen en Él (v. 6) o podría referirse a los niños pequeños (vs. 3-5). Este es el pasaje clave con respecto a los ángeles guardianes. No hay duda de que los ángeles buenos ayudan a proteger (Daniel 6:20-23; 2 Reyes 6:13-17), revelar información (Hechos 7:52-53; Lucas 1:11-20), guiar (Mateo 1:20-21; Hechos 8:26), proveer (Génesis 21:17-20; 1 Reyes 19:5-7) y ministrar a todos los creyentes por igual (Hebreos 1:14).

El tema es si cada persona -o cada creyente- tiene un ángel que se le ha asignado. En el Antiguo Testamento, la nación de Israel tenía un arcángel (Miguel) asignado (Daniel 10:21; 12:1), sin embargo, las Escrituras no dicen en ninguna parte que se "asigne" un ángel a una persona (a veces los ángeles eran enviados a las personas, pero no se menciona una asignación permanente). Los judíos creían plenamente en los ángeles guardianes durante el período comprendido entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunos de los primeros padres de la iglesia creían que cada persona tenía asignado no sólo un ángel bueno, sino también un demonio. La creencia en los ángeles guardianes ha existido desde hace mucho tiempo, pero no existe una base bíblica clara para ello.

Volviendo a Mateo 18:10, la palabra "sus" es un pronombre colectivo en griego y se refiere al hecho de que son los ángeles los que sirven a todos los creyentes. A estos ángeles se les representa "siempre" observando el rostro de Dios para oír Su orden de ayudar a un creyente siempre que sea necesario. En este pasaje, no parece que los ángeles vigilen a una persona, sino que están atentos al Padre celestial. La tarea o supervisión activa pareciera, entonces, provenir más de Dios que de los ángeles, lo cual tiene perfecto sentido porque sólo Dios es omnisciente. Él ve a cada creyente en todo momento, y sólo Él sabe cuándo uno de nosotros necesita la intervención de un ángel. Al estar continuamente viendo Su rostro, los ángeles están a Su disposición para ayudar a uno de Sus "pequeños".

En las Escrituras no se puede afirmar categóricamente si cada creyente tiene o no un ángel guardián específico. No obstante, como ya se ha dicho, Dios utiliza a los ángeles para ministrarnos. Es bíblico decir que Él los usa como nos usa a nosotros; es decir, Él de ninguna manera nos necesita a nosotros o a ellos para lograr Sus propósitos, pero de todas maneras decide usarnos a nosotros y a ellos (Job 4:18; 15:15). En última instancia, tengamos o no un ángel asignado para protegernos, tenemos una seguridad aún mayor de parte de Dios: si somos Sus hijos por la fe en Cristo, Él hace que todas las cosas obren para bien (Romanos 8:28-30), y Jesucristo nunca nos dejará ni nos abandonará (Hebreos 13:5-6). Si tenemos con nosotros a un Dios omnisciente, omnipotente y todo amor, ¿importa realmente que haya o no un ángel de la guarda que nos proteja? Solo Dios basta…

11/05/2023

"ME HA ENTREGADO DIOS AL MENTIROSO, Y EN LAS MANOS DE LOS IMPÍOS ME HIZO CAER. PRÓSPERO ESTABA, Y ME DESMENUZÓ; Y ME PUSO POR BLANCO SUYO" (Job 16:11-12)

Estar enojado con Dios es algo con lo que mucha gente, tanto creyentes como no creyentes, ha luchado a través del tiempo. Cuando sucede algo trágico en nuestra vida, le preguntamos a Dios, “¿Por qué?” porque esa es nuestra reacción natural. Sin embargo, lo que realmente le estamos preguntando, no es tanto el “¿Por qué, Dios?” sino “¿Por qué yo, Dios?” Esta reacción indica dos defectos en nuestro razonamiento. Primero, como creyentes, operamos bajo la impresión de que la vida debe ser fácil, y que Dios debe evitar que nos suceda cualquier tragedia. Cuando Él no lo hace, nos enojamos con Él. Segundo, cuando no comprendemos la extensión de la soberanía de Dios, perdemos confianza en Su habilidad para controlar las circunstancias, la gente, y la manera en que éstas nos afectan. Después nos enojamos con Dios porque nos parece que Él ha perdido el control del universo y especialmente el control sobre nuestras vidas. Cuando perdemos la fe en la soberanía de Dios, es porque nuestra frágil humanidad está lidiando con nuestra propia frustración, y nuestra falta de control sobre los acontecimientos. Cuando suceden cosas buenas, a menudo las atribuimos a nuestros logros y éxito. Sin embargo, cuando suceden cosas malas, somos prontos para culpar a Dios, y nos enojamos con Él por no haberlas evitado, lo cual indica el primer defecto en nuestro razonamiento – que merecemos ser inmunes a circunstancias desagradables.

Las tragedias traen al hogar la terrible verdad de que no estamos en control. Todos nosotros pensamos en uno u otro momento que podemos controlar el resultado de las situaciones, pero en realidad es Dios quien está a cargo de toda Su creación. Todo lo que sucede es causado o permitido por Dios. Ni un pajarillo, ni un cabello de nuestra cabeza cae a tierra sin el conocimiento de Dios (Mateo 10:29-31). Podemos quejarnos, enojarnos, y culpar a Dios por lo que nos sucede. Sin embargo, si confiamos en Él y rendimos ante Él nuestro dolor y amargura, reconociendo nuestro pecado de soberbia, al tratar de forzar nuestra voluntad sobre la Suya, Él puede y nos brindará Su paz y fortaleza para pasar a través de cualquier situación difícil (1 Corintios 10:13). Muchos creyentes en Cristo pueden dar testimonio de ese mismo hecho. Podemos estar enojados con Dios por muchas razones, así que todos debemos aceptar en algún momento que hay cosas que no podemos controlar o aún entender con nuestra mente finita.

Nuestra comprensión de la soberanía de Dios en todas las circunstancias, debe estar acompañada por nuestro entendimiento de Sus otros atributos; amor, misericordia, bondad, benignidad, justicia y santidad. Cuando vemos nuestras dificultades a través de la verdad de la Palabra de Dios –la cual nos dice que nuestro amoroso y santo Dios hace que todas las cosas sucedan para nuestro bien (Romanos 8:28), y que Él tiene un plan perfecto y un propósito para nosotros que no puede ser frustrado (Isaías 14:24; 46:9-10) – comenzamos a ver nuestros problemas en una luz diferente. También sabemos por la Escritura, que esta vida nunca será de continuo gozo y felicidad. Más bien, Job nos recuerda que “...como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción.” (Job 5:7), y que esta vida es corta y “hastiada de sinsabores” (Job 14:1). Sólo porque venimos a Cristo para la salvación y el perdón de los pecados, no significa que se nos garantice una vida libre de problemas. De hecho, Jesús dijo, “En el mundo tendréis aflicción,” pero Él ya ha “vencido al mundo” (Juan 16:33), lo que nos permite tener paz interior, a pesar de las tormentas que rujan a nuestro alrededor (Juan 14:27).

Una cosa es cierta: la ira inapropiada es pecado (Gálatas 5:20; Efesios 4:26-27, 31 y Colosenses 3:8). La ira impía es autodestructiva, le da lugar al diablo en nuestras vidas, y puede destruir nuestro gozo y paz si nos aferramos a ella. Al aferrarnos a nuestra ira, permitimos que la amargura y el resentimiento broten en nuestros corazones. Debemos confesarla al Señor, y así con Su perdón, podremos entregarle esos sentimientos a Él. Debemos ir frecuentemente ante el Señor en oración con nuestra pena, ira y dolor. La Biblia nos dice en 2 Samuel 12:15-23 que David fue ante el trono de gracia pidiendo por su bebé enfermo, ayunando, llorando y orando para que sobreviviera. Cuando el bebé murió, David se levantó y adoró al Señor, diciéndoles luego a sus siervos que él sabía dónde estaba su bebé y que algún día él estaría con él en la presencia de Dios. David lloró ante el Señor durante la enfermedad de su bebé, y después él se inclinó ante Él en adoración. Este es un maravilloso testimonio. Dios conoce nuestros corazones, y no tiene caso tratar de ocultar lo que realmente sentimos. Así que el hablar con Él acerca de ello, es una de las mejores formas de manejar nuestra pena. Si lo hacemos humildemente, derramando nuestros corazones ante Él, Él obrará a través de nosotros, y en el proceso, nos haremos más semejantes a Él.

La conclusión es ¿podemos confiarle todo a Dios, nuestras mismas vidas y las vidas de nuestros seres queridos? ¡Desde luego que sí! Nuestro Dios es compasivo, lleno de gracia y amor, y como discípulos de Cristo, podemos confiarle todas las cosas. Cuando algo trágico nos sucede, sabemos que Dios puede usarlo para atraernos más cerca de Él y fortalecer nuestra fe, que nos lleva a la madurez y plenitud (Salmos 34:18; Santiago 1:2.4). Entonces, podemos convertirnos en un testimonio de consuelo para otros (2 Corintios 1:3-5). Sin embargo, eso es más fácil decirlo que hacerlo. Se requiere una diaria sujeción de nuestra propia voluntad a la de Dios, un fiel estudio de Sus atributos como se ven en la Palabra de Dios, mucha oración, y posteriormente aplicar lo que aprendamos a nuestra propia situación. Al hacerlo, nuestra fe crecerá y madurará progresivamente, haciendo más fácil el confiar en Él para que nos guíe a través de la siguiente tragedia que casi seguramente llegará.

Así que, para responder directamente la pregunta; sí, está mal estar enojado con Dios. Enojarse con Dios es el resultado de una inhabilidad o falta de disposición para confiar en Dios, aún cuando no entendamos lo que Él esté haciendo. El enojarnos con Dios es en esencia decirle a Dios que Él ha hecho algo malo, lo cual es imposible. ¿Entiende Dios cuando estamos enojados, frustrados o desilusionados con Él? Sí, Él conoce nuestros corazones y sabe cuán difícil y dolorosa puede ser la vida en este mundo. ¿Esto hace que esté bien estar enojado con Dios? Absolutamente no. En lugar de estar enojados con Dios, deberíamos derramar nuestros corazones ante Él en oración y luego confiar en que Él está en control de todo y que Su plan es perfecto.

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