28/07/2026
Martes de la 17º semana del Tiempo durante el año
28 de julio del 2026
Primera lectura: Jeremías 14, 17-22
Evangelio según San Mateo 13, 36-43
“Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"
Sabemos que las parábolas apuntan a comunicar un mensaje dentro de una imagen que es fácil de comprender para aquellos que la escuchan. Aquí Mateo va más allá al buscarle un sentido a cada uno de los elementos que entran a jugar en aquella “comparación”. Eso significa que el autor quiere darle un sentido más amplio, y al mismo tiempo interpreta el mensaje original del Maestro para poder aplicar su enseñanza al momento y realidad que está viviendo su comunidad.
Y el modo que aplica es pensar la parábola en clave del conflicto de enfrentamiento entre la iglesia y el mundo; entre la comunidad de los discípulos y la sinagoga que enfrenta al surgimiento de la nueva comunidad. Desde esta mirada cada elemento tiene un sentido propio dentro de esta historia de oposiciones. Es una mirada interesante que nos hace pensar en nuestras propias realidades. Pero tiene una limitación, como toda parcialización, y es que no reconoce el juego de trigo y cizaña dentro de la misma comunidad eclesial. De hecho la parábola afirma que el Reino se parece a un hombre que siembra trigo y otro, el enemigo, que siembra cizaña, en un mismo campo; y la enseñanza es que hay que dejar que crezcan juntos. Conviven, existen simultáneamente.
Es parte del misterio del Reino; incluye el misterio de la Iglesia como Nuevo Pueblo de Dios, en el cual conviven la santidad y el pecado; la fidelidad y la infidelidad. Podemos ver esto realizarse en cada uno de sus miembros, en nosotros, que, a diario, experimentos aquello de San Pablo: “Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal”. (Rom 7,19-21). Esta tensión, que existe permanentemente, exige del hombre de fe, transformado por la pascua de Jesús, un constante trabajo de conversión. Jesús nos ofrece una mirada más amplia que Mateo, y nos lleva a comprender esta tensión entre bien y mal que debemos estar resolviendo en todo momento. Pablo, en la misma carta, nos vuelve a marcar el camino: “No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien”. (Rom 12,21).