16/08/2026
Una despedida con gratitud
Un momento de oración en Luján
Esta semana fuí una tarde a Luján. Fui a confesarme, a limpiar la chimanea y a pedirle a Dios su bendición para mi futuro. Celebré la Misa y rezamos en silencio despues, ante el Santísimo.
En ese momento, recé por todos ustedes. Di gracias por mis años en Argentina. También pensé en los 140 años de los sacerdotes Palotinos en este país. Recordé a mis dos tíos, que también fueron misioneros Palotinos. Uno ya está con Dios en el cielo y el otro está jubilado en Irlanda. Ellos, como tantos otros, dieron sus vidas por la Iglesia y el evangelio.
Cuando terminaba la Misa y duranta la adoracion, una señora se me acercó. Me pidió leer el Evangelio que compartimos hoy, me dio el micrófono, lo leí y luego me retiré.
Mientras caminaba hacia mi auto, me quedé pensando en ese Evangelio. Es la historia que sigue a la multiplicación de los panes que escuchamos el fin de semana pasado. Jesús va a otro lugar a rezar y los discípulos se quedan solos en la barca en medio de una tormenta.
Al pensar en mi vida como sacerdote, siempre recuerdo a un personaje de la Biblia llamado Melquisedec. Él aparece de repente en el Antiguo Testamento. Dice que era rey y sacerdote. Ofreció pan y vino, bendijo a Abraham y se fue. No se supo más de él.
La vida de un sacerdote es muy parecida a eso. Llegamos a una comunidad, compartimos un tiempo, ofrecemos el pan y el vino en la Misa, intentamos hacer el bien y luego nos vamos.
En realidad, la vida de todos nosotros es así. Vivimos una cantidad de años. Formamos una comunidad. Intentamos ayudar y bendecir a los que nos rodean. Recibimos el cariño de los demás y esperamos un día volver a Dios, que nos ama.
Dios siempre está con nosotros. Pero, a veces, los problemas de la vida nos dan mucho miedo, como a los discípulos en la tormenta. Muchas veces gritamos como el apóstol Pedro: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús siempre nos responde lo mismo: «¡Ánimo! ¡Soy yo! No tengas miedo. ¡Ven!».
Lo que viví en Luján refleja mis casi once años en Argentina. Celebré la Misa, anuncié el Evangelio con mi vida y ahora llegó el momento de irme.
Durante este tiempo, yo también tuve miedo. A veces sentí que no podía con los desafíos. En mi corazón grité: «¡Señor, sálvame!». Pero al rezar con ustedes, especialmente en la Misa, escuché la voz de Jesús a través de su cariño. Ustedes me dijeron con sus vidas: «¡Ánimo! No temas».
Gracias a todos por recibirme tan bien, con mis virtudes y mis defectos. Gracias especiales a Tom y a Pablo, por compartir la casa conmigo de forma tan generosa.
Me voy de Argentina muy agradecido. Siento que me voy siendo mejor sacerdote y mejor persona gracias a ustedes. A veces puedo tener poca fe, pero hoy les aseguro que creo firmemente que Jesús es el Hijo de Dios. Esta fe creció gracias a haber compartido la vida con ustedes.
Nuevamente, gracias de todo corazón. ¡Alabado sea Jesucristo!