27/12/2025
CUANDO EL BAUTISMO SE VUELVE EBENEZER VIVO DE RENACIMIENTO.
La experiencia de Dios no es manipulable, sencillamente porque no somos nosotros quienes nos encontramos con Dios, sino que es Él quien nos sale al encuentro. Como advierte Jesús, “Ustedes no me eligieron a mí, sino yo a ustedes” (Juan 15,16). Dios responde al anhelo más profundo grabado en nuestra alma, ese grito del salmista que clama “Mi alma tiene sed de ti como tierra reseca, agostada, sin agua” (Salmo 63,1). Ese encuentro divino -sorpresivo, transformador, gratuito- es pura iniciativa de la gracia.
Los seres humanos necesitamos confirmar esa experiencia a través de un signo que sostenga viva en nuestra memoria que Dios pasó por nuestra vida y la cambió por completo. Así lo hicieron Jacob levantando su piedra en Betel, Josué erigiendo doce piedras junto al Jordán, y Samuel alzando su “Ebenezer” proclamando “Hasta aquí nos ayudó Jehová” (1Samuel 7,12). Aquellas piedras eran testigos mudos, pero humanamente necesarios, recordatorios externos de encuentros transformadores.
Sin embargo, el Bautismo es infinitamente más que un hito. Por medio de él, Dios entra en nuestra vida para transformarla de modo permanente, creciente y dinámico. No es una piedra que miramos desde fuera, sino el agua viva que nos atraviesa por dentro. No recuerda un encuentro pasado, sino que realiza aquí y ahora el “nacer de nuevo” (Juan 3,5). No marca un lugar geográfico, sino que sella a la persona con carácter indeleble, sumergiéndola en la muerte y resurrección de Cristo (Romanos 6,3-4). Es el Ebenezer supremo que ya no dice “hasta aquí nos ayudó”, sino más bien “aquí nos re-crea” como hijos e hijas de Dios.
El problema es que, con frecuencia, lo hemos convertido en un rito atravesado por la formalidad y el mandato social, privándolo de su fundamento espiritual. El bautismo rutinario, automático, despojado de conversión consciente, se vuelve piedra inerte en lugar de agua que transforma. Perdemos de vista que el bautismo auténtico surge cuando hay conciencia del paso de Dios por la vida, de la obra que Él viene realizando.
Es exactamente lo vivenciado por Brisa, quien solicitó el Bautismo como ratificación de su experiencia espiritual, resignificando su pasado y proyectándose hacia un futuro prometedor. En ella reconocemos el eco de las mujeres bíblicas que renacieron al encuentro con Dios. Ahí están la Samaritana que descubre el agua viva y corre a evangelizar a su pueblo, María Magdalena liberada y sanada que se convierte en apóstol de los apóstoles y primera testigo de la Resurrección, la mujer que unge los pies de Jesús con perfume y lágrimas recibiendo palabras de sanación y dignificación, la mujer Cananea cuya fe perseverante rompe barreras, la mujer rescatada del juicio a quien Jesús devuelve dignidad y esperanza, Lidia cuyo corazón fue abierto junto al río de Filipos transformando su hogar en casa de la comunidad cristiana, y sobre todas ellas, María de Nazaret, la joven ANAWIN que dice “sí” al misterio, convirtiéndose en la primera creyente, madre del Mesías y figura de la Iglesia que nace del Espíritu.
Brisa se suma a esta larga lista de mujeres alcanzadas por Dios, que asumieron con valentía y libertad abrazar una experiencia transformadora que no solo cambió sus vidas, sino que las introdujo en la historia de la salvación de modo protagónico. Porque cuando una mujer renace espiritualmente, impregna en el mundo el amor redentor de Dios, ese amor maternal, tierno, fiel y perseverante que acompaña, sana, libera y anuncia la Buena Nueva. El bautismo de Brisa testifica que Dios sigue obrando en el corazón de su Pueblo. Su “Ebenezer” no es una piedra fría junto al camino, sino el agua viva que la impregnó y la resucitó a la vida nueva. Y también nos impregna a cada uno de nosotros. Porque todos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, estamos llamados a ese mismo renacimiento. El Dios que visitó a María, liberó a Magdalena, abrió el corazón de Lidia y dignificó a la Samaritana, hoy visita a Brisa. Y ahora está llamando a tu puerta, aguardando tu sí libre y generoso para entrar y transformarte.