11/04/2026
Su Beatitud Reverendísima Juan Décimo, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente,
A:
mis hermanos, sacerdotes de la santa Iglesia Antioquena,
y a mis hijos e hijas dondequiera que se encuentren en los confines de esta Sede Apostólica:
«Resplandece, resplandece, oh nueva Jerusalén, porque la gloria del Señor ha brillado sobre ti».
El autor de los himnos no encontró palabras más bellas ni más elocuentes que estas para describir la Resurrección de Cristo, fuente de la luz y de las luces en el alma humana. Hace unos días, el alma humana se dirigía a su Esposo diciendo: «Contemplo tu Tálamo, "lecho nupcial" adornado, oh Salvador mío… reviste el vestido de mi alma, oh Dador de la luz, y sálvame». Y hoy, el Dador de la luz, Cristo resucitado, derrama desde lo alto de su Cruz la luz de su Resurrección sobre su Iglesia, sobre el alma humana, haciéndola «una nueva Jerusalén», una nueva morada de paz que, con su oración sincera, recibe la gloria del Señor que resplandece sobre ella.
En la angustia de este mundo, la gloriosa Pascua se nos presenta como una ventana hacia el amor del Rey de la gloria, que abrió los cielos para descender hacia la criatura caída. Y en medio del estruendo de las guerras de la humanidad, aparece el Señor de la creación, que habla con el clamor de su silencio y llama a su amado ser humano: «Ven, moneda mía perdida, y permanece conmigo. He barrido el universo buscándote. Por ti amé el pesebre y reposé en el seno de María. Por ti soporté dolores, llevé la Cruz, padecí la muerte, habité el sepulcro, pisoteé el Hades y resucité, para resucitarte conmigo en la gloria».
Hoy, el cristianismo, incluida el Cristianismo Oriental, eleva su voz al Señor de la gloria, clavado desde hace dos mil años en la Cruz de su amor. Ante del cristianismo oriental pasa la historia desde la aurora de la Resurrección: pueblos, reinos y civilizaciones han venido a estas tierras, pero la fe en el Crucificado permanece, clavada en el Gólgota de la esperanza y fijada al sepulcro vacío. Imperios desaparecieron y estados se desvanecieron, pero la fe de los pescadores de Galilea permanece sembrada en los hogares, en los corazones y en las iglesias de este Oriente que el Verbo Dios quiso como cuna y punto de partida de su anuncio hacia mundo entero. Decimos esto siendo conscientes, como cristianos orientales, de la autenticidad de la misión que Cristo nos ha confiado y de la antigüedad de una fe que no se aplaca, por más que las olas sacudan la nave de nuestra vida.
En el día de la santa Crucifixión, inicio del camino hacia la Resurrección, recordamos a todos los que viven en la crucifixión. Oramos por los secuestrados, entre ellos nuestros hermanos, los metropolitanos de Alepo, Juan Ibrahim y Pablo Yazigi, secuestrados desde hace trece años. Oramos por los mártires de la iglesia de San Elías de la localidad de Dweilaa, Ciudad de Damasco; y les pedimos que, desde lo alto, intercedan por nosotros. Oramos para que Dios aleje de su mundo las calamidades de las guerras provocadas por la soberbia humana y que sane los corazones y las almas con el dulce bálsamo de su paz. Pedimos la Misericordia divina y el Reino de los cielos para todos nuestros hermanos y seres queridos que nos han precedido en la esperanza de la Resurrección y de la vida eterna hacia la morada de su santa luz.
Con la paz de la Pascua os saludamos, hermanos e hijos amados, suplicando por la misericordia de Cristo, Padre de las luces, y repitiendo con almas rebosantes de la alegría de la gloriosa Resurrección:
«Cristo ha resucitado, y la tristeza ha desaparecido,
Cristo ha resucitado, y los ángeles se regocijan,
Cristo ha resucitado, y las heridas han sido sanadas,
Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado».
Damasco, 10 de abril de 2026.