29/03/2024
"Oyendo el Hijo los sollozos de su Madre y los lamentos de las mujeres, se vuelve hacia ellas. Les contempla los pómulos humedecidos, los clisos rotos por la agudeza de tanta llorada y la palidez de sus semblantes con ánimo compasivo.
Son dos miradas que se vuelven a encontrar, se unen en la obra de la redención y se hallan juntos en la proximidad de la agonía. El acto de la redención y la colaboración de la corredención. Lo sufrido en el cuerpo filial y lo padecido en el alma maternal nuevamente son uno en el Santo Sacrificio del montículo, hoy el nuevo altar del creyente.
Al verse la Madre amparada por el brazo fuerte y mancebo de Juan, Él, conmovido de su suerte, expresa con voz resquebrajada su última voluntad para Ella con respecto del discípulo amado: "Mujer, he aquí a tu hijo".
La Mujer, recostada sobre el pecho juvenil de su benjamín, refugiándose bajo el cariñoso estrujón de aquellas manos varoniles, aceptó sin más el testamento divino y sintió por primera vez los dolores del parto espiritual. Y a su vez, el Agonizante se dirige a su amado amigo diciéndole "He aquí a tu Madre", legándole a Ella como herencia en su incipiente sacerdocio.
Éste aceptando la sagrada misión encomendada y la magnitud de la gracia recibida, la tomó a propiedad suya, consciente de su progenitura en la nueva maternidad de la Señora.
De este decreto divino, ahora germina una nueva unión, un nuevo lazo, una nueva familia que traspasa los límites de la consanguinidad.
Y aún así no fue el único alumbramiento que la Madre ha vivido en la dura hora de la Pasión. La devoción de las piadosas mujeres de Galilea para con Ella eran sus próximos partos espirituales, nuevas hijas suyas en su Corazón Inmaculado.
Y así, viendo por largo rato a la Corredentora entre lágrimas agradecidas por el celestial regalo, aquella voz del corazón que tanto las había unido a Ella en una sincera amistad, ahora tomó cuerpo en una conmoción filial, que para sus almas no les era desconocida.
¡Por fin, el amor de Cristo, cuya muerte les provocaba el dolor de la orfandad, ahora las une por consuelo a su Madre en un lazo inquebrantable, atado con cadenas de diamante, que la muerte podría romper y que el cielo para siempre volvía a anudar!".
Treintena al Inmaculado Corazón de María, día 20, parte 2.