Pastoral de la Salud y la Vida de Lomas de Zamora

Pastoral de la Salud y la Vida de Lomas de Zamora La esencia y lema de nuestra misión es “Que nadie sufra solo”.

Nacida en 1987 en un hospital de San Vicente en torno del cuidado y acompañamiento de mujeres hospitalizadas, esta institución fue desarrollándose en miembros y servicios.

24/05/2026

Compartimos la homilía de nuestro Asesor Espiritual, Mons. Roberto González del 24▪︎05▪︎26, http://bit.ly/appSaludVida Disponible en nuestra app para leer y escuchar o nuestra pagina https://www.pastoralsaludlomas.com.ar/
Seamos evangelizadores como Jesús nos pidió, compartamos este mensaje con nuestros familiares y amigos.

Un saludo en el Amor de Jesús y María.
Equipo de Medios - Pastoral de la Salud y la Vida

HOMILIA

Domingo de Pentecostés
24–V– 2026

Textos:
Hch. 2, 1-11.
I Cor.: 12, 3b—7. 12-13.
Jn.: 20, 19-23.

"…cada uno lo oía hablar en su propia lengua”

Hoy celebramos el cumplimiento del misterio pascual por el que hemos sido constituidos hijos en El Hijo, sobre los que Jesús ha infundido el Espíritu Santo. Los dos grandes eventos de la Historia de la Salvación (la
encarnación del Verbo de Dios y el nacimiento de la Iglesia en el día de Pentecostés) se realizan por obra del Espíritu Santo. Antiguamente, el don del Espíritu Santo se concedía sólo a los profetas y a unos pocos, si alguno del pueblo lo había merecido. Pero después de la venida del Salvador se
cumplió, según está escrito, lo que había dicho por el profeta Joel: “Sucederá en los últimos días que derramaré mi espíritu sobre toda carne y profetizarán (Jl. 3,1; Hch. 2,17)” (Orígenes, “De los principios, II, 7, 2”). En
Pentecostés, “la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inicio la difusión del Evangelio ente los pueblos mediante la predicación”
(Ad Gentes, 4).
De la Palabra de Dios que acabamos de escuchar surgen tres aspectos de la vida de la Iglesia: La comunión, la participación y la evangelización.
El Libro de los Hechos nos enseña y recuerda que el Espíritu de Dios es ante todo un Espíritu de comunión. Pentecostés es la expresión de la comunión de los hombres y de los pueblos: “…cada uno lo oía hablar en su propia lengua”. No hay posibilidad de vivir la sinodalidad sin la gracia
del Espíritu Santo.
El Espíritu hace la unidad en el alma y la hace dócil por su acción pacificante. La comunión que es fruto del Espíritu, nos enseña San Pablo
(en la segunda lectura), es una comunión que se hace servicio al bien común, y nos ayuda a la participación de los dones que Dios nos regaló para que los
pongamos al servicio de la Iglesia y de la sociedad y esto es obra del Espíritu de Dios, porque “hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu…Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común”.
Es este Espíritu el que anima nuestro trabajo para construir la cultura del encuentro de la que habla el Papa Francisco. Toda división, ruptura, desencuentro, responden a otro espíritu y no al de Dios; el mal espíritu, el
espíritu de la división se puede instalar en una sociedad, en la familia y hasta en la misma Iglesia.
Nuestro gozo y confianza, frente al mal espíritu es saber que la gracia y la acción del mismo Espíritu recibido por todos, nos permite superar las disensiones y hallar en Él la unidad. De esto nos habla San Clemente
Romano cuando nos pregunta: “¿A qué viene entre vosotros contiendas y riñas, banderías, escisiones y guerras? ¿O es que no tenemos un solo Dios y un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia que fue derramado sobre
nosotros? ¿No es uno solo nuestro llamamiento en Cristo? ¿A qué fin desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo y nos sublevamos contra nuestro propio cuerpo, llegando al punto de tal
insensatez que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros?” (Carta a los Corintios, 46, 5-7).
Este Espíritu que forma la fe de la Iglesia y hace su unidad, es a la vez nuestra esperanza y nuestra alegría. La Tradición Apostólica nos enseña que
en la comunión eucarística también se recibe el Espíritu Santo, esta verdad aparece con claridad en San Efrén cuando afirma que: “quien come el
Cuerpo de Cristo con fe come el fuego y el Espíritu” (Sermón para la Semana Santa, 4, 4).
Por último la evangelización se realiza bajo el aliento del Espíritu, pues al enviarlos “Yo también los envío…”, sigue la efusión del Espíritu Santo: “…sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo»”.
De tal manera que “no habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo” (E. N. 75).
Pidamos al buen Dios que envíe Su Espíritu para que:

Encienda con su luz
nuestros sentidos
infunda su amor en
nuestros corazones y,
con su perfecto auxilio
nos fortalezca.

Amén.
G. in D.

17/05/2026

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HOMILIA

La Ascensión del Señor
17–V– 2026

Textos:
Hech.: 1, 1-11.
Ef.: 1, 17-23.
Mt.: 28, 16-20.

"Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor que originalmente estaba unida a la celebración de Pentecostés. En la segunda
mitad del siglo IV la Ascensión del Señor constituye ya una fiesta a parte y es celebrada cuarenta días después de la Resurrección; en el siglo V, es ya comúnmente conocida. De ella nos habla san Juan Crisóstomo; y san Agustín escribe, que el día de hoy festejamos esta fiesta en todo el mundo”.
“La Ascensión de Jesucristo es nuestra misma elevación, y allí donde nos presidió la gloria de la cabeza (Cristo), es llamada también la esperanza del cuerpo” (la Iglesia) (San León Magno. Sermón 73 [60], 2-4).
La celebración de este acontecimiento es causa de inmensa alegría y esperanza, pues “la naturaleza humana (…), asciende por encima de la
dignidad de todas las criaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles (…), hasta ser
recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel cuya
naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo” (id, Sermón 1, 2-4).
Esto es el corazón del humanismo cristiano.
Pero el Señor no se aleja de nosotros: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, - ¡certeza consoladora! -, así “la ‘ascensión’ no es marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía
que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II).
Jesús vuelve al Padre para regresar al fin de los tiempos, y así lo confirman los “hombres vestidos de blanco” al decirles a los Apóstoles: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús, (…) vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hech. 1, 11). “Con esto queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se
subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de
Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra” (Benedicto XVI. Op. cit.).
La Ascensión está íntimamente ligada a la misión, que es universal: “…hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”.
Este universalismo no significa simplemente expansión geográfica, sino una transformación profunda mediante el Evangelio, no sólo de los hombres, sino también de todo lo que es propiamente humano.
“La evangelización – dice Pablo VI – es un proceso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio
explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, iniciativas de apostolado” (E. N. 24).
Jesús nos envía a anunciar el Evangelio, que tiene como objetivo “hacer nacer en quien lo recibe una adhesión de corazón. Adhesión a las
verdades que el Señor nos ha revelado” (id. 23).
Hermanos, en la Iglesia todos somos enviados, todos somos llamados a trabajar en el anuncio del evangelio; en la Iglesia todo cristiano es
enviado. Esto implica no sólo responder al llamado a trabajar en comunión con Cristo, sino a liberarnos del egocentrismo y la apertura a Jesús.
En el encuentro de Jesús con el corazón cerrado de los fariseos, queda demostrado que una Iglesia que se preocupa demasiado en sí misma pierde
vitalidad y credibilidad. La Iglesia, sus instituciones, sus miembros son más
creíbles si hablan menos de sí mismos y predican más a Cristo (cfr. I Cor. 2,2) y dan testimonio de Él con su propia vida (cfr. Doc. Sínodo. 1985, II, A. 2).
Análogamente, para el católico individual, la fe, la esperanza y el amor sólo alcanzan la plenitud cuando se comparten.
Juan Pablo II nos enseña que: ”La actividad misionera renueva la Iglesia, revitaliza la fe y la identidad cristiana y proporciona entusiasmo e
incentiva nuevos. La fe se fortalece cuando se comparte conotros” (Redemptoris Misio).
El Señor nos envía a todos, también a aquellos que no tienen habitual relación con la religión y amistad con la Iglesia, porque ninguno desea
considerarse desheredado de la luz y de la paz de Cristo (cfr. G. B. Montini, Milán 1957).
El Señor envía a sus discípulos a la misión: “Vayan, y hagan
que todos los pueblos sean mis discípulos…”; es un envío animoso y urgente. Si bien el envío del Señor es a todos los pueblos, no se trata de urgente. Si bien el envío del Señor es a todos los pueblos, no se trata de ir lejos, sino… de llegar hondo (Diego de Jesús), los destinatarios de la
evangelización son también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones (cfr. D.A. 375).
La misión no es fácil, supone desafíos externos e internos, pero lo esencial es la estrecha unión personal entre la persona que envía, Cristo, y la que es enviada, el cristiano. ¡El corazón de la misión es llevar a Dios
adentro!
Las dificultades, para anunciar el evangelio, son muchas, pero el Señor no nos deja solos: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. “Él está con nosotros ahora, y de modo particularmente denso en la presencia eucarística” (Benedicto XVI, op. cit.), que es fuente y cumbre de la vida apostólica.
Pidamos al buen Dios que su Espíritu encienda el corazón de los católicos para que anunciemos a Jesús el Viviente, la Vida misma (cfr. id.).

Amén.
G. in D.

09/05/2026

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HOMILIA

VI Domingo de Pascua
10–V– 2026

Textos:
Hech.: 8, 5-8. 14-17.
I Ped.: 3, 15-18.
Jn.: 14, 15-21.

"Estén siempre dispuestos (...) a dar razón de la esperanza que ustedes tienen”

Rico y consolador ha sido este itinerario Pascual, cada domingo fue un encuentro con el Señor Resucitado que nos invita a creer sin ver (Jn. 20,
19-31), a reconocerlo en la fracción del pan (Lc. 24, 13-35), a dejarnos guiar por la ternura del Buen Pastor (Jn. 10, 1-10); a no perdernos por los laberintos
del error y la mentira que nos llevan a la muerte, creyendo en Él que es Camino, Verdad y Vida (Jn. 14, 1-12). Esta verdad se banaliza y deja de ser el mensaje centro de nuestra fe en Cristo. Hoy se tiende a reducir la fe cristiana y la religión en general a la esfera espiritual a la pura subjetividad; solemos escuchar: “yo no voy a misa, pero voy al templo para rezar cuando no hay nadie, porque soy muy creyente”.
En este VI Domingo de Pascua, el Señor desea confirmarnos en el amor: “…el que me ama será amado por mi Padre y Yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn. 14, 21).
Estamos cerca de la fiesta de Pentecostés y la liturgia nos quiere recordar que Jesús ha prometido el Espíritu de la Verdad, que morará en
nosotros y nos permitirá ser testigos, sus testigos. En Pentecostés se cumple
la promesa hecha por Jesús de no dejarnos huérfanos. Él rogó por nosotros para que el Padre nos dé el Paráclito, el Espíritu de la Verdad.
El Espíritu de Amor y de Verdad, se derrama en nuestros corazones y los dilata – dilatato corde -. Y un corazón dilatado es habitado por la serenidad, por la luz y por la paz. Estas disposiciones nos hacen ver al
prójimo bajo una buena luz, nos permite estimarlo, porque la caridad es luminosa.
Solamente un corazón dilatado por el amor de Dios cumple sus
mandamientos, lo ama y es amado por Él. Solamente un corazón dilatado dará razón a todos, de la esperanza cristiana.
Un corazón dilatado por la caridad (“Dilatentur spatia caritatis”, San Agustín), es un corazón católico, es decir un corazón de dimensiones
universales, que ha vencido el egoísmo, que se abre a los demás; es un corazón magnánimo, capaz de acoger al mundo entero dentro de sí (cfr. Pablo VI, Insegnamenti, II, pp. 340-341).
El dar razón de nuestra esperanza, nos remite a nuestro compromiso en el anuncio del Evangelio, que debemos hacerlo en un mundo paganizado.
“Esta es la gran misión de los próximos decenios” (Card. J. Ratzinger, “Ser cristiano en la era neopagana”). Creo que no siempre tenemos verdadera
conciencia de lo que afirmaba Pio XII: “Hoy se enfrenta a nosotros un mundo que en su mayor parte ha vuelto a creer en el paganismo”; es decir,
vivimos un verdadero neo-paganismo, por eso la afirmación de S. Francisco
no perdió actualidad: “El amor no es amado”.
En 1974 un Sínodo tocó el tema de la Nueva Evangelización y cuyo fruto fue la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, carta magna de la evangelización. El peligro de todos estos esfuerzos es que lo de la nueva evangelización quede sólo en una consigna. Para que esto no suceda, el card. Ratzinger afirmaba: “…son los testimonios la primera
condición para esta evangelización. Personas que, viviendo la fe en su vida
cotidiana demuestren que la fe da vida, una vida verdaderamente humana
en la comunión y en la comunidad (…) necesitamos núcleos de cristianos
que realicen esta verificación de la fe en la vida y ofrezcan a todos una experiencia cuyas raíces sean dignas de conocer” (id.). Sólo así daremos razón de nuestra esperanza.
Hermanos, “la Iglesia no es un ‘gheto’, no es una sociedad cerrada, no es un ente que cuida sólo de sí mismo, que se aísla absolutamente del ambiente humano en el que se encuentra, (…) que se contenta con
relaciones ocasionales e inevitables con el mundo. La Iglesia está en el
mundo, no es del mundo, pero sí para el mundo” (Insegnamenti, V, pp. 831- 832).
Debemos alimentar, en la oración y en la comunión con Cristo, la certeza que la religión católica es para la humanidad; y en cierto sentido, ella es la vida de la humanidad. Ella es “experta en humanidad” y tiene un mensaje específico y un específico servicio hacia el mundo (cfr. Pablo VI).
Es compromiso de todos alimentar la certeza de promover una causa
que viene de Dios; nosotros somos los discípulos, los apóstoles, los misioneros de Jesús; somos lo continuadores de su misión, los heraldos de
su mensaje.
En esta época en que la que el modo de relacionarnos está marcado por las rispideces, intolerancias, descalificaciones, san Pedro, en la segunda lectura, nos da las pautas para dar razón de nuestra esperanza: “…háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia”; de esta manera
la claridad, la benignidad, la confianza y la prudencia pedagógica son los
distintivos del misionero del Evangelio; de esta manera nuestro ser católico
se expresa en nuestro hacer evangelizador. Somos discípulos del Señor,
debemos ser evangelizadores como Él lo fue, con “su estilo”, superando todo respeto humano, complejo de inferioridad o culpa.
Todos sabemos que los tiempos no son fáciles para anunciar el Evangelio, el clima cultural y el contexto neo-pagano en el que nos
encontramos, exige de la Iglesia, especialmente de las Iglesias locales (Diócesis) un renovado impulso, un nuevo acto de confianza en el Espíritu
que las guía, para que todos volvamos a asumir con alegría y fervor la misión fundamental para la cual Jesús envía a sus discípulos: el anuncio del
Evangelio (cfr. Mc. 16, 15). Es necesario que cada católico se sienta interpelado por este mandato de Jesús y se deje guiar por el Espíritu al
responder a la llamada, según la propia vocación. En un momento en el cual la opción de la fe y el seguimiento de Cristo resulta menos fácil y poco
comprensible, e incluso combatido, aumenta la tarea de la comunidad y de los cristianos individualmente de ser testigos y heraldos del Evangelio.
San Pedro nos invita a “dar respuesta a todo el que nos pida dar razón de nuestra esperanza”, dar razón de nuestra fe, estos son los caminos que el Espíritu indica a nuestras comunidades: para renovarnos, para hacer
presente la esperanza y la salvación, que nos da Jesucristo. Se trata, como
católicos, de aprender un nuevo estilo, de responder con caridad y respeto, con aquella fuerza humilde que proviene de la unión con Cristo en el
Espíritu: “…ustedes están en mí y Yo en ustedes” (Jn. 14).
Como discípulos-misioneros, debemos comprender que el manantial, la cima y la fuerza del anuncio del Evangelio no reside ni en una doctrina,
ni en una ideología sino en una persona, Jesús, en su obra, en su muerte y en su resurrección, ¡Cristo es nuestra esperanza!, de esta esperanza debemos dar razón a los hombres.
Pidamos al buen Dios que Su Espíritu de amor y verdad dilate los corazones de los católicos, encendiendo en nosotros ese ardor apostólico que nos impulsa a la tan ansiada Nueva Evangelización.
Amén.
G. in D.

03/05/2026

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HOMILIA

V Domingo de Pascua
3–V– 2026

Textos:
Hech.: 6, 1-7.
I Ped.: 2, 4-10.
Jn.: 14, 1-12.

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”

El Evangelio de este V domingo de Pascua comienza a hacer
referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés; en este clima de despedida, Jesús quiere afirmar a los discípulos en la fe (Jn. 14, 1- 2) y en el amor (Jn. 14, 15-20), estas son las ideas directrices de todo el
capítulo 14 de san Juan.
Jesús invita a los apóstoles y a nosotros a no perder la paz: No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí”. Y para que no caigamos en la confusión, vuelve a manifestarnos su ternura y el cuidado que tiene para con nosotros.
Frente a la dificultad que le manifiesta Tomás para seguir al Señor; “¿Cómo vamos a conocer el camino?”, Jesús, que se les había revelado como el Buen Pastor y la puerta del redil, ahora lo hace como Camino,
Verdad y Vida (V.6).
El Señor es el Camino, en cuanto que nos revela y nos conduce a Dios Padre: Nadie va al Padre, sino por mi” (id.); esla Verdad en cuanto enseña y encarna el contenido de nuestra fe; es la Vida, puesto que la vida eterna es conocer al Padre presente en el Hijo: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (cfr. V. 10).
Hermanos, el Padre es la meta, Jesús es el camino de verdad y
de vida para llegar a Él. Nuestra vocación es seguir las huellas de Jesús, creer en la verdad de sus enseñanzas y Él nos dará la Vida”. El Señor se ocupa de nosotros ¡no lo dudemosjamás!
Los cristianos confesamos que hay un solo camino que conduce a Dios, un solo camino a la libertad y que ha sido ofrecido por Dios a todos los pueblos y este es Cristo (cfr. san Agustín, De civit Dei, 10, 32) el camino abierto a todos. Y nosotros proclamamos que Cristo es nuestro principio,
Cristo es nuestra guía y nuestro camino, Cristo es nuestra esperanza y nuestra meta (cfr. Pablo VI, Disc. de apertura de la segunda etapa conciliar, 29.VIII.1963). Hermanos muchos son los senderos, pero uno sólo es el camino: ¡Cristo! Hermanos, no intentemos otros caminos, no hagamos un
camino a nuestra medida, transitemos el único Camino que lleva a la Vida.
También el Señor, - dice san Pedro – es la piedra viva” (IPed.2, 4) sobre la que construimos la casa espiritual en la que somos piedras vivas
y en la elección de los primeros diáconos (cfr. Hech. 6, 4) se manifiesta la dimensión y el amor que reina en esta casa espiritual.
¡Cómo nos equivocamos cuando queremos construir nuestras vidas, nuestras comunidades ignorando o sustituyendo a esta piedra viva, elegida y preciosa a los ojos de Dios!
En definitiva, la piedra es Cristo (cfr. I Cor, 10,4); el es la roca y
fundamento sobre el cual debemos edificar nuestras vidas y ayudar a que los niños y jóvenes lo reconozcan como el punto fundamental de su
existencia.
En este discurso de despedida, el Señor nos exhorta a tener confianza, recordándonos que no estamos solos, que tenemos a Dios por Padre, que no creó y en cuyas manos estamos; ésto es lo que debemos transmitir a las nuevas generaciones.
Jesucristo vuelve al Padre pero no nos deja solos, nos deja el Espíritu Santo, que a la vez es Espíritu misionero que dirige y anima la misión de la Iglesia.
Hay muchos hermanos que necesitan que les mostremos
el Camino que conduce a Dios. Pidamos al buen Dios que
seamos caminos para que estos hermanos conozcan y amen a Jesús y por Él lleguen al Padre.

Amén.
G. in D.

26/04/2026

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Un saludo en el Amor de Jesús y María.
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HOMILIA

IV Domingo de Pascua
26–IV– 2026

Textos:
Hech.: 2, 14a. 36-41.
I Ped.: 2, 20b-25.
Jn.: 10, 1-10.

"...Yo he venido para que las ovejas tengan vida, y la tengan en abundancia”

El tiempo de Pascua es un Camino en el que se nos propone el encuentro y reconocimiento del Señor Resucitado, como la experiencia del apóstol Tomás, el tardío reconocimiento de los discípulos de Emaús, y hoy
el Señor nos revela, mediante la figura del Buen Pastor, la ternura, el amor y la bondad de Dios.
Cuando los primeros cristianos intentaron expresar plásticamente al Señor, lo hicieron con la imagen del buen pastor, que expresa al Salvador como Protector y Guía. Desde la antigüedad más antigua ellos
confesaban que en Cristo, Dios se manifiesta como el amor absoluto; por eso “el Buen Pastor dio su vida por sus ovejas, y no existe ninguna verdad que sea superior, ni siquiera comparable, a ésta” (Von Balthasar).
El Salmo 22, una suerte de síntesis profética del Evangelio de hoy, en la antigüedad cristiana se transformó en la oración de la Iglesia a Cristo el
Buen Pastor, sobre todo después del bautismo y durante la celebración de la eucaristía.
La tradición patrística ha ponderado este salmo como profecía de los misterios de Cristo celebrados en la liturgia del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía.
Todos estamos llamados a hacer la experiencia personal del amor y la bondad de Dios que celebra y canta el salmo22.
El Señor es para nosotros Pastor y Huésped divino. Él nos conoce por nuestro nombre, nos acompaña en las adversidades de la vida y en las pruebas del espíritu, nos arma para luchar en las tentaciones y nos hace
partícipes de los bienes de su Padre.
El viaje de la vida está amenazado por peligros de todo género; pero en este viaje somos acompañados por el buen Pastor y con su palabra nos infunde coraje y seguridad, viene a nuestro encuentro y con su palabra nos cura y nos guía por senderos justos.
Por la voz del buen Pastor nosllega su palabra que obra en el corazón que la acoge, ella nos restaura, nos nutre, nos establece en el amor de Dios.
Hermanos, Jesús como buen Pastor nos invita a poner en Él toda nuestra confianza.
Él salva no solo por su enseñanza y su donación sacrificial, sino también por guiar y asumir la historia humana como parte de su existencia.
“Conoce” amando a sus ovejas (“mis ovejas”) (Jn. 10, 14). “Es su caridad oblativa y diaconal la que nos conoce y llama por nuestro nombre, nos guía,
sana, alimenta y defiende” (Juan E. Bifet).
Nosotros que solemos llevar una vida agitada, ¡cuánta necesidad tenemos de aprender a descansar en Dios! ¡Qué bueno sería si en los momentos de profundo cansancio, pudiéramos sentarnos y rezar el salmo 22!
Frecuentemente debemos seguir a Jesús por caminos que cruzan aguas agitadas y turbulentas, “un camino que sólo podemos recorrer si nos
hallamos dentro del campo de gravedad del amor de Jesucristo, si tenemos
la mirada puesta en Él y somos allí llevados por la nueva fuerza de la gravedad de la gracia, que es la que nos hace transitable el camino hacia la verdad y hacia Dios, un camino que no podríamos recorrer con nuestras fuerzas” (card. J. Ratzinger).
Debemos comprender que no seguimos a este Buen Pastor por un simple sentimiento o simpatía y solidaridad con un hombre al que consideramos nuestro modelo; seguimos a Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Avanzamos por un camino divino, por el que nos conduce Jesús.
El Señor dice de sí: “…Yo soy la puerta de las ovejas”; no
busquemos otra puerta para entrar en la vida eterna, ya que “ninguno puede tener esperanza verdadera y cierta de vivir eternamente si no reconoce que Cristo es la vida y no entra por la puerta del corral” (San Agustín, In Ioan. 45, 2. 12; 46, 55).
“Cristo es la puerta (“Yo soy la puerta”), que debemos aprender a conocer, si se quiere conocer a Dios, de manera que Él abra delante de nosotros todas las puertas del cielo” (San Clemente de Alejandría, Protrepticon,
I, 10, 2-3).
Pero no olvidemos que todos estamos llamados a gustar de este amor y ternura de Jesús; pero también tenemos el compromiso de hacer presente esa ternura; somos testigos no sólo de la verdad sino también
del amor de Dios.
Por último, Cristo buen pastor es el modelo de todo sacerdote; pero poco se dice de la vida del sacerdote, especialmente del sacerdote diocesano que no vive en comunidad con otros sacerdotes, como los religiosos. Creo que también poco se sabe de los desafíos y malestares de la vida del sacerdote diocesano.
Permítanme, para motivar su oración por los sacerdotes, decirles que hay muchos elementos que pueden generar menos o más malestar en la vida sacerdotal, alguna de las causas suelen ser: el contexto social y cultural en el que debe ejercer el ministerio, la sobrecarga laboral, dispersión de tareas, hacer frente a múltiples demandas, éstas y otras cosas pueden quebrar al
sacerdote.
Es evidente que un sacerdote es un ser humano que goza y sufre como todos, que lidia con las dificultades con menor o mayor acierto. Por todo esto es importante ver qué imagen tiene nuestra gente del sacerdote;
frecuentemente se piensa en él como un hombre “fuerte” o siempre “disponible” y se olvidan que somos vasijas de barro que llevamos un gran
tesoro. Por eso deben rezar por los sacerdotes, pues, después de la gracia de Dios, es la oración del pueblo lo que sostiene la vida y la tarea sacerdotal (cfr. S. Juan Crisóstomo, “El Sacerdote").
Pidamos al buen Dios que podamos abrir nuestro corazón a la caridad pastoral de Jesús y que los sacerdotesencontremos nuestra fuente y modelo en la solicitud pastoral de Jesús buen Pastor.

Amén.
G. in D.

19/04/2026
19/04/2026

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HOMILIA

III Domingo de Pascua
19–IV– 2026

Textos:
Hech.: 2, 14. 22-33.
I Ped.: 1, 17-21.
Lc.: 24, 13-35.

"¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino?”

En la Liturgia de la Palabra, en este III Domingo de Pascua, se
evidencian dos aspectos del hecho histórico” de la Resurrección de Jesús:
uno negativo y uno positivo: el negativo es la falta de fe de los judíos de Jerusalén antes del discurso pentecostal de Pedro. La falta de temor de Dios en la segunda lectura. Y la incapacidad de reconocer al Señor antes de partir el pan en el evangelio.
El positivo es la fe testimoniada por Pedro y de los Apóstoles delante de la multitud en Jerusalén en la primera lectura, la fe y la esperanza que nos trasmite Pedro en la segunda lectura y por último el testimonio de los discípulos de Emaús después que el Señor partió el pan.
En el marco de estas lecturas, desearía detenerme en dos afirmaciones que tienen en común la referencia al corazón humano: cuando Jesús les dice
a los discípulos de Emaús que son “duros de corazón”, y la pregunta que los mismos discípulos se hacen: “¿no ardía acaso nuestro corazón,
mientras nos hablaba en el camino…”.
La resonancia que suscita la palabra “corazón” no es idéntica en hebreo y en nuestra lengua. En nuestra manera de hablar, el corazón está ligado con la vida afectiva: el corazón ama o detesta, desea o toma; en
cambio el hebreo habla del corazón en un sentido mucho más amplio. El corazón es lo que se halla en lo más interior, en lo más íntimo del hombre
se hallan los sentimientos, pero también los recuerdos y los pensamientos,los razonamientos y los proyectos, el corazón humano designa entoncestoda su personalidad consciente, inteligente y libre. Así el “corazón endurecido”
comporta el sentido de espíritu cerrado.
El corazón de los discípulos de Emaús, es un corazón que no les permite Reconocer a Jesús, les cuesta entrar en relación con Él como Mesías, y todo por la cerrazón de corazón, ya que entrar en relación con Dios es “arriesgar el corazón” (Jer. 30,21).
La Sagrada Escritura nos enseña como al hombre el mal le ataca en el corazón: “Este pueblo tiene un corazón rebelde y contumaz“ (Jer 5,23), “un
corazón con doblez” (Os 10,2). En lugar de poner su fe en Dios, “han seguido la inclinación de su mal corazón” (Jer. 7,24). Es terrible la dureza del corazón de todo hombre y mucho más grave la dureza del corazón de
los creyentes.
Pero el corazón, es también el lugar donde Dios comunica el fuego de su amor que enciende el ardor apostólico, porque el corazón es la sede del amor y del conocimiento.
El corazón de los discípulos de Emaús, no estaba preparado
para reconocer al Señor; “A los que hablaban de Él se mostró presente, pero como dudaban esconde el aspecto que podía darle a conocer. Habló con
ellos, los amonestó por su dureza para entender, explicó los secretos de la Sagrada Escritura que lo mencionan, porque en sus corazones eran
peregrinos en cuanto a la fe” (S. Gregorio Magno, Hom. 23).
Ellos no eran incapaces de verlo, pero eran incapaces de
reconocerlo. “Cristo vivo encontró mu***os los corazones de los discípulos” (San Agustín Sermón 235,1-4). Hermanos, un corazón mundanizado, es un corazón sin ardor apostólico.
¿Cuándo reconocieron al Señor resucitado?, sólo lo hicieron
cuando “lo obligaron” (coigerunt), poniendo en práctica la caridad con el
peregrino, entonces fueron iluminados. San Gregorio Magno afirma:
“Escuchando los preceptos de Dios no fueron iluminados, lo fueron cuando lo pusieron en práctica, porque está escrito”; “a los ojos de Dios, no son justos los que oyen la ley, sino los que la practican (Rom. 2,13). He aquí que el Señor no fue conocido mientras hablaba y se dignó de hacerse reconocer mientras era servido en la mesa” (Hom. 23). En el clima de
hospitalidad y caridad le reconocieron al partir el pan.
El Señor es reconocido en la fracción del pan, en la Eucaristía, que es donde se da el encuentro fraterno entre nosotros, y con el Señor resucitado.
Los discípulos se preguntaban: “¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino…” . Y Orígenes nos pregunta: “Y a ti, ¿de dónde
te vendrá el ardor? ¿Dónde encontrar en ti carbones de fuego si nunca has ardido por la palabra del Señor, si jamás has sido inflamado por las
palabras del Espíritu Santo?” (Homilías sobre el Levítico 9,9).
Hermanos, la vida apostólica de la Iglesia, depende de nuestra
docilidad al Espíritu Santo que enciende en nuestro corazón el ardor por anunciar el evangelio.
San Agustín nos dice que: “Si nos distinguimos en la fe,
distingámonos, de igual manera, en las costumbres y en las obras inflamándonos en la caridad,… Ese es el fuego que hace arder a aquellos dos por el camino” (Sermón 234,3).
Debemos pedir al Señor que encienda nuestros corazones con el fuego de la caridad apostólica, pues es ese ardor el que nos empuja a ir hacia los
otros para anunciarles el Evangelio, a luchar contra toda clase de encierro: “En ese mismo momento, se pusieron en camino…”, después reconocer al Señor resucitado.
La falta de ardor apostólico de los católicos es el mayor obstáculo para emprender la tan necesaria nueva evangelización a la que nos ha llamado
Benedicto XVI y que, nos decía Juan Pablo II, debe ser nueva en su ardor, en su método y en su expresión.
Esta falta de ardor, de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo la falta de alegría
y de esperanza. Por ello, a todos aquellos que por cualquier título o en cualquier grado (es decir todos los bautizados) tienen la obligación de evangelizar, nosotros los exhortamos a alimentar el fervor del espíritu (cfr.Rom. 12,11) (E N 80); es decir el ardor apostólico, sin el cual caminamos sin esperanza como los discípulos de Emaús, seremos piadosos, pero no
misioneros.
El Papa Pablo VI, en la Carta Magna del Anuncio del Evangelio a los hombres de hoy que en la “Evangelii Nuntiandi” nos exhorta a conservar el
fervor espiritual, a conservar la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas, y a anunciar a Cristo resucitado con un espíritu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir.
Sea esta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas (cfr. E N 80). Y recordemos que “la evangelización no es más que un anuncio de lo que se ha experimentado” (Benedicto XVI).
Pidamos al buen Dios, que encienda en caridad apostólica nuestros corazones para ponernos en camino y anunciemos que el Señor ha
resucitado.
Amén.
G. in D.

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