Iglesia Evangélica Asamblea de Dios - Laborde

Iglesia Evangélica Asamblea de Dios - Laborde Una iglesia compartiendo amor en este siglo... ❤️‍🔥

27/08/2026

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.”
— Efesios 6:10

Reflexión
Hay días en los que uno se levanta con ganas de comerse el mundo.

Y hay otros en los que levantarse de la cama ya parece una pequeña batalla.

Quizá nadie lo nota. Haces tus cosas, trabajas, atiendes a tu familia, respondes mensajes y sigues con la rutina. Pero por dentro estás cansado. Estás luchando con pensamientos que te quitan la paz, con preocupaciones por el futuro, con problemas familiares, dificultades económicas o situaciones que simplemente no sabes cómo resolver.

Y es precisamente ahí donde esta palabra cobra sentido:

“Fortaleceos en el Señor.”

Pablo no dice que seamos fuertes por nosotros mismos.

No dice: “Esfuércense más y nunca se cansen”.

Dice: “Fortaleceos en el Señor.”

Porque hay batallas que no podemos ganar solamente con nuestras propias fuerzas.

A veces queremos resolverlo todo solos. Nos guardamos las preocupaciones, intentamos aparentar que estamos bien y seguimos avanzando hasta que ya no podemos más.

Pero Dios nunca quiso que cargaras todo solo.

La armadura de Dios comienza con una verdad sencilla: nuestra fuerza viene de Él.

Cuando la mente se llena de pensamientos negativos, necesitamos recordar la verdad de Dios.

Cuando sentimos que hemos perdido la paz, necesitamos volver a Su presencia.

Cuando aparece la tentación, necesitamos estar preparados.

Cuando alguien nos lastima, necesitamos cuidar nuestro corazón para no responder desde la rabia.

Y cuando llegan momentos difíciles, necesitamos permanecer firmes.

La armadura de Dios no es algo que ponemos solamente cuando aparecen los problemas.

Se construye todos los días.

Se construye cuando oras aunque no tengas ganas.

Cuando lees la Palabra aunque estés ocupado.

Cuando decides perdonar.

Cuando eliges decir la verdad.

Cuando rechazas aquello que sabes que te aleja de Dios.

Cuando decides confiar aunque todavía no tengas respuestas.

Eso también es ponerse la armadura.

Vivimos en una época donde nuestra mente recibe demasiadas voces.

Redes sociales, noticias, opiniones, críticas, comparaciones, preocupaciones…

Todo el tiempo hay algo tratando de ocupar nuestro pensamiento.

Por eso necesitamos aprender a distinguir la voz de Dios entre tantas voces.

Quizá hoy alguien está enfrentando una batalla que nadie conoce.

Tal vez estás intentando mantener tu familia unida.

Tal vez estás luchando por recuperar tu paz.

Tal vez llevas semanas preocupado por una situación económica.

Tal vez estás intentando dejar atrás un hábito que te hace daño.

Tal vez simplemente estás cansado.

Hoy Dios no te está diciendo que finjas ser fuerte.

Te está diciendo:

“Ven a mí y recibe fuerzas.”

Eso cambia todo.

Porque la vida cristiana no consiste en demostrar que podemos con todo.

Consiste en reconocer que necesitamos a Dios.

Y hay algo más: una armadura sirve para permanecer firmes.

No siempre podemos evitar que llegue la tormenta.

No podemos controlar lo que otras personas hagan.

No podemos saber qué ocurrirá mañana.

Pero sí podemos decidir dónde estaremos parados cuando llegue el día difícil.

Si estamos firmes en Dios, la tormenta puede sacudirnos, pero no tiene que destruirnos.

Por eso, antes de comenzar este día, haz una pausa.

No salgas a enfrentar tus problemas solamente con tus propias fuerzas.

Ora.

Entrégale a Dios lo que te preocupa.

Pídele sabiduría.

Pídele dominio propio.

Pídele paz.

Y recuerda que no estás solo.

Hay batallas que quizá todavía no entiendes, pero Dios sí.

Hay cosas que todavía no puedes resolver, pero Dios puede sostenerte mientras llega la respuesta.

Fortalécete en el Señor.

No porque nunca vayas a cansarte, sino porque cuando tus fuerzas se acaben, las de Él seguirán siendo suficientes.

Oración especial
Señor, hoy reconozco que necesito de Ti.

Hay días en los que me siento fuerte y creo que puedo resolverlo todo. Pero también hay días en los que me doy cuenta de que mis fuerzas no alcanzan.

Hoy no quiero fingir.

Estoy cansado de algunas cosas.

Hay preocupaciones que llevo demasiado tiempo pensando.

Hay situaciones que todavía no sé cómo resolver.

Hay batallas que me gustaría que simplemente desaparecieran.

Pero hoy decido no enfrentarlas solo.

Fortaléceme, Señor.

Cuando mi mente se llene de miedo, recuérdame Tu verdad.

Cuando me sienta débil, sosténme.

Cuando tenga ganas de rendirme, dame fuerzas para dar un paso más.

Cuando aparezca la tentación, dame dominio propio.

Cuando alguien me haga daño, ayúdame a no responder desde la rabia.

Cuando tenga que tomar una decisión, dame sabiduría.

Quiero ponerme cada día esa armadura que Tú has preparado para mí.

Quiero cuidar mi corazón.

Quiero cuidar mis pensamientos.

Quiero aprender a hablar con verdad y vivir con integridad.

Ayúdame a no olvidar que mi fuerza viene de Ti.

Señor, protege mi mente de todo aquello que intenta robarme la paz.

Protégeme de la comparación.

Del miedo.

De la culpa.

Del resentimiento.

De esas palabras que me dicen que no puedo, que no valgo o que todo está perdido.

Cuando escuche esas voces, ayúdame a recordar quién eres Tú.

Tú eres mi refugio.

Tú eres mi fuerza.

Tú eres quien me sostiene cuando mis piernas ya no quieren seguir.

También te entrego las personas que amo.

Cuida a mi familia.

Cuida a mis amigos.

Acompaña a quienes hoy están pasando por una batalla que yo no conozco.

Dales fuerzas.

Dales paz.

Recuérdales que no están solos.

Y cuando llegue un día difícil, ayúdame a permanecer firme.

No quiero depender solamente de cómo me siento.

Quiero aprender a confiar en Ti incluso cuando no entiendo.

Gracias porque no me prometiste una vida sin problemas, pero sí me prometiste Tu presencia.

Y con Tu presencia puedo seguir.

Hoy me pongo en Tus manos.

Fortalece mi corazón.

Fortalece mi fe.

Fortalece mi mente.

Y ayúdame a caminar este día contigo.

En el nombre de Jesús, amén.

Aplicación práctica
Comienza el día con Dios. Antes de revisar el teléfono o entrar en la rutina, dedica unos minutos a orar.
Alimenta tu mente con la Palabra. Lo que escuchamos constantemente termina influyendo en nuestra manera de pensar.
No enfrentes solo tus preocupaciones. Cuéntale a Dios lo que te preocupa y busca también apoyo de personas de confianza.
Cuida tus pensamientos. No todo pensamiento que llega a tu mente merece quedarse allí.
Practica el dominio propio. Antes de responder cuando estés enojado, haz una pausa y ora.
Permanece firme en lo pequeño. La fortaleza espiritual también se construye tomando buenas decisiones cuando nadie está mirando.
Recuerda de dónde viene tu fuerza. No necesitas demostrar que puedes con todo. Puedes reconocer delante de Dios que necesitas Su ayuda.
Quizá hoy tienes una batalla delante de ti.

No sé cuál es.

Pero Dios sí.

Y quizá no puedas controlar todo lo que sucederá, pero puedes decidir cómo enfrentarás este día.

No lo hagas solamente con tus propias fuerzas.

Fortalécete en el Señor.

Ora antes de responder.

Confía antes de desesperarte.

Busca a Dios antes de rendirte.

Y cuando sientas que ya no puedes más, recuerda que tu debilidad no es el final.

Puede ser el lugar donde descubras cuánto puede sostenerte Dios.

Ponte la armadura.

Cuida tu corazón.

Afirma tu fe.

Y sigue caminando.

La batalla puede ser difícil, pero no estás solo. El Señor es tu fuerza.

26/08/2026

Misión Laborde

Palabra Central: Pra. Eliana Della Pupp
Retransmisión: Waly Troilo

26/08/2026

“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”
— Juan 8:36

Reflexión
Hay personas que parecen libres por fuera, pero por dentro viven encerradas.

Pueden sonreír, trabajar, salir, hablar con todo el mundo y continuar con su rutina, pero cuando llega la noche aparecen esos pensamientos que nadie conoce: culpa, miedo, ansiedad, resentimiento, inseguridad, recuerdos que todavía duelen o hábitos que sienten que no pueden dejar.

Quizá alguien que está leyendo esto se siente así.

Y quiero recordarte algo sencillo, pero poderoso: Jesús no vino solamente a mejorar tu vida. Vino a hacerte libre.

Muchas veces pensamos que ser libres significa poder hacer lo que queramos. Pero Jesús habla de una libertad mucho más profunda.

Es poder decirle “no” a aquello que antes nos dominaba.

Es dejar de vivir esclavos de la opinión de los demás.

Es poder mirar nuestro pasado sin sentir que nos condena.

Es aprender a perdonar sin seguir viviendo llenos de resentimiento.

Es reconocer nuestros errores sin pensar que somos un caso perdido.

Es dejar de necesitar la aprobación de todos para sentir que tenemos valor.

Hay cadenas que nadie ve.

Una persona puede estar libre de una adicción visible y, sin embargo, ser esclava de la ira.

Otra puede no tener problemas con ninguna sustancia, pero vivir atrapada en la necesidad de agradar a todos.

Otra puede haber sido perdonada por Dios, pero continuar castigándose por algo que hizo hace años.

Y Jesús dice: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”

No dice “tal vez”.

No dice “si consigues cambiar primero”.

Dice que Él puede hacerlo.

Pero debemos entender algo: muchas veces la libertad también es un proceso.

Hay cadenas que Dios rompe de repente y otras de las que aprendemos a alejarnos paso a paso.

Un día decides perdonar.

Otro día decides no volver a aquel lugar.

Otro día reconoces que necesitas ayuda.

Otro día vuelves a orar después de mucho tiempo.

Otro día dices “no” a una tentación que antes parecía imposible vencer.

Y cada uno de esos pasos importa.

No te desesperes si todavía estás luchando.

El hecho de que estés luchando no significa que Dios no esté trabajando.

Quizá estás aprendiendo a vivir de una manera que nunca antes conociste.

Y caminar en libertad también significa aprender a dejar atrás ciertas cosas.

A veces queremos que Jesús nos haga libres, pero seguimos abrazando aquello que nos mantiene atados.

Queremos paz, pero seguimos alimentando el resentimiento.

Queremos sanar, pero seguimos regresando mentalmente a la misma herida.

Queremos cambiar, pero seguimos rodeándonos de las mismas situaciones que nos hacen caer.

Hoy Jesús te invita a soltar.

No porque seas fuerte por ti mismo, sino porque Él puede sostenerte.

Tal vez has pensado: “Yo soy así”.

“Siempre he sido así”.

“No puedo cambiar”.

“No tengo remedio”.

No aceptes esas palabras como tu destino.

Tu pasado explica algunas cosas, pero no tiene que decidir quién serás.

Tu debilidad no es más grande que el poder de Cristo.

Tu error no es más grande que Su gracia.

Tu herida no es más grande que Su capacidad para restaurarte.

Y tu cadena no es más fuerte que las manos de Aquel que vino a hacerte libre.

Hoy puedes comenzar de nuevo.

Quizá sea con una oración sencilla.

Quizá sea pidiendo ayuda.

Quizá sea confesando algo que llevas mucho tiempo escondiendo.

Quizá sea perdonando.

Quizá sea alejándote de aquello que sabes que te está destruyendo.

No importa cuál sea el primer paso.

Dalo con Jesús.

Porque la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que queremos.

Consiste en dejar de ser esclavos de aquello que nos hace daño y comenzar a vivir como hijos de Dios.

Y cuando Cristo te hace libre, no tienes que volver a las cadenas que Él te ayudó a dejar.

Oración especial
Señor Jesús, hoy vengo delante de Ti tal como soy.

Tú conoces las cosas que muestro y también las que escondo.

Conoces mis luchas, mis pensamientos, mis temores y esas áreas de mi vida que todavía me cuesta entregarte.

Hoy quiero ser sincero contigo.

Hay cosas que me tienen atado.

Tal vez son recuerdos.

Tal vez es culpa.

Tal vez es miedo.

Tal vez es un hábito que no he podido dejar.

Tal vez es una persona a la que todavía no he podido perdonar.

Tal vez es simplemente esa sensación de que no soy suficiente.

Pero hoy quiero creer en Tus palabras.

Si Tú me haces libre, seré verdaderamente libre.

Señor, rompe las cadenas que todavía me mantienen atrapado.

Dame fuerzas para alejarme de aquello que me hace daño.

Dame valentía para reconocer cuando necesito ayuda.

Dame humildad para aceptar mis errores y sabiduría para no volver a ellos.

Cuando la culpa quiera recordarme quién fui, recuérdame quién soy en Ti.

Cuando el miedo me diga que no puedo, ayúdame a recordar que contigo sí puedo avanzar.

Cuando quiera regresar a aquello que me esclavizó, dame claridad para recordar por qué decidí salir.

No quiero una libertad solamente de palabras.

Quiero vivirla.

Quiero respirar tranquilo.

Quiero volver a disfrutar las cosas sencillas.

Quiero poder mirar hacia adelante sin sentir que mi pasado me persigue.

Quiero aprender a perdonar.

Quiero aprender a poner límites.

Quiero aprender a decir “no”.

Quiero aprender a decir “sí” a lo que Tú tienes para mi vida.

Señor, sana mi corazón de todo aquello que me ha hecho creer que estoy solo.

Y si la libertad es un proceso, dame paciencia para caminarlo contigo.

Que cuando tenga un día difícil no piense que todo está perdido.

Que recuerde que una caída no borra todo lo que has hecho en mí.

Gracias porque no me miras solamente por mis errores.

Gracias porque no me abandonas en mis luchas.

Gracias porque Tu gracia me alcanza incluso en los lugares donde más me avergüenzo de mí mismo.

Hoy pongo mi vida en Tus manos.

Mis cadenas, mis heridas, mis miedos y mis debilidades.

Tómalos, Señor.

Hazme libre.

Y enséñame a vivir como alguien que realmente ha sido alcanzado por Tu amor.

En el nombre de Jesús, amén.

Aplicación práctica
Identifica aquello que te está atando. Ponle nombre. Puede ser miedo, resentimiento, culpa, una mala costumbre o una relación dañina.
Habla con Dios con honestidad. No necesitas utilizar palabras complicadas. Cuéntale exactamente lo que estás viviendo.
Da un paso concreto. Si sabes qué situación alimenta tu problema, comienza a poner distancia o establece límites.
No luches siempre solo. Buscar ayuda de un pastor, consejero o persona madura de confianza también puede formar parte del proceso de libertad.
No confundas una caída con una derrota. Si vuelves a fallar, levántate y continúa.
Cuida lo que alimenta tu mente. Lo que ves, escuchas y permites constantemente puede fortalecer tanto tus cadenas como tu libertad.
Recuerda quién eres en Cristo. No eres solamente tus errores, tus heridas o tu pasado. Tu identidad está en Dios.
Quizá todavía hay una cadena que llevas contigo.

Quizá nadie la ve.

Pero Jesús sí.

Y no te mira con desprecio.

Te mira con amor y te dice: “Puedes ser libre”.

No tienes que cambiar toda tu vida en un solo día.

Comienza con un paso.

Entrégale a Dios aquello que llevas escondiendo.

Pide ayuda si la necesitas.

Aléjate de lo que te destruye.

Perdona cuando estés preparado.

Y sigue caminando.

No permitas que tu pasado te convenza de que no puedes comenzar otra vez.

Jesús no vino a condenarte por tus cadenas. Vino a abrir la puerta.

Ahora camina hacia la libertad.

Con calma.

Con fe.

Y con la certeza de que, si el Hijo te hace libre, eres verdaderamente libre.

25/08/2026

“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”
— Filipenses 3:13-14

Reflexión
Caminar con Cristo no significa tener la vida completamente resuelta.

A veces pensamos que una persona que tiene fe debería sentirse fuerte todos los días, saber exactamente qué hacer y nunca volver a equivocarse. Pero Pablo nos muestra algo diferente. Él mismo reconoce que todavía no lo ha alcanzado todo. Todavía está caminando. Todavía está aprendiendo. Todavía tiene una meta por delante.

Y eso también nos pasa a nosotros.

Hay días en los que sentimos que estamos creciendo mucho en nuestra relación con Dios. Oramos, leemos la Biblia, tenemos paz y sentimos que todo está en su lugar.

Pero también hay otros días. Días en los que cuesta orar. Días en los que volvemos a caer en un error que creíamos superado. Días en los que nos preguntamos por qué seguimos luchando con las mismas cosas. Y es justamente ahí cuando necesitamos recordar que la vida cristiana es un camino, no una carrera de un solo día. No necesitas ser perfecto para seguir caminando con Cristo. Necesitas seguir avanzando.

Quizá hoy avanzas con mucha fuerza. Quizá hoy apenas puedes dar un pequeño paso. Pero sigue. Pablo dice: “olvidando lo que queda atrás”.

Esto no significa borrar nuestra historia. Significa dejar de vivir atrapados en ella. Hay personas que todavía viven mirando sus errores. “Si hubiera tomado otra decisión…” “Si no hubiera dicho aquello…” “Si no hubiera confiado en esa persona…” “Si hubiera aprovechado aquella oportunidad…” Y mientras miramos constantemente hacia atrás, dejamos de disfrutar lo que Dios está haciendo hoy.

Tu pasado puede enseñarte, pero no tiene que convertirse en tu dirección.

Tal vez cometiste errores. Dios lo sabe.

Tal vez perdiste oportunidades. Dios también lo sabe.

Tal vez hubo temporadas en las que te alejaste de Él.

Pero si hoy estás buscando nuevamente a Dios, no pierdas el tiempo pensando que ya es demasiado tarde.

Todavía puedes caminar.

Hay una meta delante de ti.

Y caminar con Cristo también significa aprender a no compararnos.

Quizá ves a alguien que parece tener una fe enorme, una familia perfecta, un trabajo estable o una vida espiritual que admiras.

Y piensas: “Yo debería estar así”.

Pero Dios no te pidió caminar el camino de otra persona.

Te pidió caminar con Él.

Tu proceso es tuyo.

Hay cosas que Dios está trabajando en ti que necesitan tiempo.

Una herida que necesita sanar.

Un carácter que necesita cambiar.

Una decisión que necesita madurar.

Una fe que necesita crecer.

No te desesperes porque todavía no eres la persona que quieres llegar a ser.

Mira cuánto has avanzado.

Quizá hace un año reaccionabas de una manera y hoy ya puedes detenerte y pensar antes de actuar.

Quizá antes te desesperabas ante cualquier problema y hoy puedes decir: “Señor, ayúdame”.

Quizá antes no entendías la importancia de confiar y hoy, aunque todavía tengas miedo, decides seguir.

Eso también es crecimiento.

No desprecies los pequeños avances.

Dios trabaja muchas veces en silencio.

Por eso, si hoy estás cansado, descansa, pero no abandones el camino.

Si fallaste, levántate.

Si te equivocaste, aprende.

Si te alejaste, vuelve.

Si tienes miedo, camina con miedo, pero camina.

Porque no estás caminando solo.

Cristo va contigo.

Y quizá lo más hermoso de todo esto es que no se trata solamente de llegar a una meta algún día.

Se trata de conocerlo más mientras avanzas.

De aprender a confiar.

De descubrir quién eres en Él.

De permitir que transforme poco a poco tu manera de pensar, de amar, de hablar y de vivir.

Así que hoy no te preocupes tanto por tener todo resuelto.

Mira hacia adelante.

Da el siguiente paso.

Sigue caminando con Cristo.

Todavía hay mucho camino por recorrer, y Dios todavía tiene mucho que hacer en tu vida.

Oración especial
Señor Jesús, hoy quiero agradecerte porque no me has abandonado en mi camino.

Sé que todavía me falta mucho.

Hay cosas que necesito cambiar, heridas que necesitan sanar, decisiones que debo aprender a tomar y áreas de mi vida que todavía no he entregado completamente a Ti.

Pero también sé que has estado conmigo.

Has visto mis avances y también mis tropiezos.

Has visto mis días buenos y esos días en los que apenas he podido levantarme y continuar.

Gracias por tener paciencia conmigo.

Hoy te pido que me ayudes a seguir caminando.

Cuando me canse, dame fuerzas.

Cuando me equivoque, dame humildad para reconocerlo.

Cuando caiga, ayúdame a levantarme.

Y cuando mire demasiado hacia atrás, recuérdame que mi historia no termina en mis errores.

Señor, ayúdame a soltar aquello que ya pasó.

No quiero vivir atrapado en la culpa ni en los “hubiera”.

Quiero aprender de mi pasado, pero quiero caminar hacia el futuro contigo.

También te pido que me libres de las comparaciones.

A veces miro la vida de otros y siento que estoy atrasado.

Me pregunto por qué ellos avanzan más rápido, por qué tienen cosas que yo todavía estoy esperando o por qué sus caminos parecen más sencillos.

Recuérdame que Tú tienes un proceso diferente para mí.

Enséñame a valorar el camino que estoy recorriendo contigo.

Aunque hoy solamente pueda dar un pequeño paso, ayúdame a darlo.

Aunque mi fe sea pequeña, ayúdame a ponerla en Tus manos.

Aunque todavía tenga miedo, dame valor para seguir.

Quiero conocerte más.

Quiero parecerme más a Ti.

Quiero que mi vida no sea solamente palabras bonitas sobre la fe, sino una vida que realmente camina contigo.

Toma mi mano cuando no sepa hacia dónde ir.

Corrige mis pasos cuando me equivoque.

Y cuando llegue el momento de tomar decisiones importantes, ayúdame a recordar que no necesito tener todas las respuestas si te tengo a Ti.

Gracias por estar conmigo en cada etapa.

Gracias porque todavía estás trabajando en mí.

Hoy vuelvo a mirar hacia adelante.

No sé exactamente qué encontraré en el camino, pero sé con quién quiero recorrerlo.

Contigo, Señor.

En el nombre de Jesús, amén.

Aplicación práctica
Deja de castigarte por el pasado. Reconoce tus errores, aprende de ellos y entrégale a Dios aquello que ya no puedes cambiar.
Concéntrate en el siguiente paso. No necesitas resolver toda tu vida hoy. Pregúntate: “¿Qué puedo hacer hoy para acercarme más a Dios?”
No te compares. El proceso de otra persona no determina el valor ni el ritmo de tu propio camino.
Celebra los pequeños avances. Un cambio pequeño también es crecimiento.
Mantén hábitos sencillos. Dedica unos minutos cada día a orar, leer la Biblia y hablar con Dios con sinceridad.
Cuando falles, vuelve. No permitas que una caída se convierta en una excusa para abandonar el camino.
Busca compañía espiritual. Caminar con Cristo también implica compartir la fe, aprender de otros y permitir que personas maduras nos animen cuando estamos débiles.
No tienes que tenerlo todo resuelto para seguir a Cristo.

Tal vez hoy estás avanzando rápido.

Tal vez estás cansado.

Tal vez sientes que has dado dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás.

Pero sigues caminando.

Y eso importa.

No mires solamente lo que todavía te falta. Mira también todo lo que Dios ya ha hecho en ti.

Tu proceso puede ser lento, pero no significa que esté detenido.

Sigue caminando. Sigue aprendiendo. Sigue confiando.

Y cuando no sepas qué hacer, recuerda algo sencillo:

No necesitas conocer todo el camino.

Solo necesitas saber quién va contigo.

Cristo está contigo hoy, y también estará contigo en el próximo paso.

24/08/2026

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” — Mateo 5:44

Reflexión
Hay palabras de Jesús que son fáciles de leer, pero difíciles de vivir.

Esta es una de ellas.

“Amad a vuestros enemigos”.

Seamos honestos: cuando alguien nos trata mal, lo primero que queremos hacer no es amarlo. Queremos defendernos. Queremos responder. Queremos que la otra persona sienta un poco de lo que nosotros sentimos.

Y eso es muy humano.

Si alguien habla mal de nosotros, queremos hablar también. Si alguien nos humilla, queremos demostrarle que no puede tratarnos así. Si alguien nos hace daño, muchas veces pensamos: “Algún día recibirá lo que merece”.

Pero Jesús nos propone otro camino.

No nos dice que aprobemos la maldad. No nos pide que nos quedemos en relaciones dañinas ni que permitamos que alguien abuse de nosotros.

Nos pide algo mucho más profundo: que no dejemos que el odio de otra persona termine convirtiéndonos en alguien que no queremos ser.

Porque el odio contagia.

Una persona habla con rabia y nosotros respondemos con rabia. Luego la otra persona vuelve a responder y, cuando menos pensamos, estamos atrapados en una pelea que parece no tener final.

Y alguien tiene que decidir detenerla.

¿Por qué no nosotros?

Responder con amor no significa quedarnos callados ante una injusticia. Significa que podemos defender nuestra dignidad sin perder nuestra manera de ser.

Puedes decir “no” sin insultar.

Puedes poner límites sin odiar.

Puedes alejarte sin desearle el mal a esa persona.

Puedes corregir sin humillar.

Y, sobre todo, puedes orar.

Esto último quizá sea de las cosas más difíciles.

Porque orar por alguien que nos hizo daño puede sentirse casi imposible.

Pero cuando oramos, algo comienza a cambiar. Tal vez la otra persona no cambie inmediatamente. Tal vez ni siquiera llegue a saber que estamos orando por ella.

Pero nuestro corazón comienza a cambiar.

Dejamos de pensar todo el tiempo en cómo vengarnos.

Dejamos de esperar que el otro fracase.

Poco a poco, esa persona deja de tener tanto poder sobre nuestras emociones.

Y ahí encontramos una libertad que el odio nunca puede darnos.

Pensemos en la vida cotidiana.

Tal vez tienes un compañero de trabajo que constantemente intenta hacerte quedar mal.

Tal vez alguien de tu familia dijo algo que todavía te duele.

Tal vez un vecino o una persona cercana te trató injustamente.

Tal vez alguien escribió algo horrible sobre ti en redes sociales.

¿Qué harías normalmente?

Jesús te invita a detenerte antes de responder.

Respira.

Ora.

Piensa.

Y pregúntate: “¿Cómo respondería Cristo en mi lugar?”

Eso puede cambiar una conversación completa.

No siempre podrás cambiar a quien tienes enfrente, pero sí puedes decidir qué sale de tu corazón.

Y aquí está una de las grandes enseñanzas del evangelio: el amor cristiano no depende de cómo nos tratan los demás.

Amamos porque Dios nos enseñó a amar.

Perdonamos porque hemos recibido perdón.

Hacemos el bien porque Cristo hizo el bien con nosotros cuando no lo merecíamos.

Quizá hoy tengas el nombre de alguien en tu mente.

No necesitas sentir cariño por esa persona de inmediato.

Empieza por algo más sencillo.

Deja de desearle el mal.

Luego pídele a Dios que sane tu corazón.

Después, cuando puedas, ora por ella.

Y si algún día tienes la oportunidad de hacerle un bien, hazlo sin esperar nada a cambio.

Eso no es debilidad.

Eso es fuerza espiritual.

El mundo dice: “Devuelve lo que te hicieron”.

Jesús dice: “Rompe el ciclo”.

Y cuando eliges el amor en lugar del odio, no estás perdiendo.

Estás demostrando que el mal que recibiste no logró cambiar quién eres.

Oración especial
Señor, hoy quiero entregarte las personas que me han hecho daño.

Tú sabes quiénes son.

Conoces sus nombres, sus palabras y las situaciones que todavía me duelen.

A veces quisiera decir que no me importa, pero Tú sabes que sí.

Hay cosas que todavía me enojan.

Hay palabras que todavía recuerdo.

Hay personas que todavía consiguen alterar mi paz con solo aparecer en mis pensamientos.

Por eso hoy necesito Tu ayuda.

No quiero responder al odio con más odio.

No quiero convertirme en aquello que me lastimó.

Dame un corazón diferente.

Ayúdame a controlar mis palabras cuando esté enojado.

Dame sabiduría para saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Enséñame a poner límites sin guardar rencor.

Y, sobre todo, enséñame a amar como Tú me has amado.

Señor, bendice a quienes me han herido.

No porque lo que hicieron haya estado bien, sino porque quiero dejar de cargar con ese peso.

Si necesitan cambiar, cámbialos.

Si necesitan reconocer sus errores, toca sus corazones.

Y si nunca llegan a pedir perdón, ayúdame a seguir adelante de todos modos.

No quiero que mi paz dependa de una disculpa.

Te entrego mi deseo de venganza.

Te entrego esas conversaciones que sigo imaginando en mi cabeza.

Te entrego las ganas de demostrar que yo tenía razón.

Ya no quiero vivir pendiente de lo que haga otra persona.

Quiero vivir pendiente de Ti.

Cuando alguien me provoque, dame calma.

Cuando me ofendan, dame dominio propio.

Cuando me critiquen injustamente, dame sabiduría.

Cuando tenga la oportunidad de responder con maldad, recuérdame quién soy en Ti.

Y si alguna vez debo defenderme, ayúdame a hacerlo sin odio.

Señor, sana las heridas que todavía llevo.

Haz que mi corazón no se endurezca por las malas experiencias.

Que pueda seguir siendo una persona buena sin ser ingenua.

Que pueda perdonar sin dejar de cuidarme.

Que pueda amar sin permitir abusos.

Y que mi manera de responder a los demás refleje que Tú estás transformando mi vida.

Hoy decido no devolver golpe por golpe.

Decido no alimentar el odio.

Decido poner mis heridas en Tus manos.

Hazme libre.

Hazme más parecido a Jesús.

En el nombre de Jesús, amén.

Aplicación práctica
Antes de responder, haz una pausa. Cuando alguien te provoque, no contestes inmediatamente. Respira y ora antes de hablar.
No confundas amor con permitir abusos. Amar también puede significar alejarte, poner límites y proteger tu paz.
Evita la venganza. No busques hacer sentir mal a quien te hizo daño para “darle una lección”.
Ora por esa persona. No necesitas comenzar con una oración larga. Puedes decir: “Señor, ayúdala y trabaja también en mi corazón”.
Cuida tus palabras. No necesitas devolver un insulto para demostrar que tienes razón.
No alimentes el conflicto. Algunas discusiones solo crecen porque seguimos respondiendo.
Haz el bien cuando puedas. Un gesto amable puede romper una cadena de hostilidad que lleva mucho tiempo creciendo.
Deja la justicia en manos de Dios. Hacer el bien no significa que las injusticias no importen. Significa que no necesitas convertirte en juez y verdugo de los demás.
Quizá hoy alguien te está tratando mal.

Quizá tienes razones de sobra para estar enojado.

No voy a decirte que es fácil amar a quien te hiere. No lo es.

Pero tampoco tienes que enfrentar esto solo.

Entrégaselo a Dios.

Puedes poner límites.

Puedes alejarte.

Puedes defenderte.

Puedes decir que algo estuvo mal.

Pero no permitas que el odio de otra persona se convierta en odio dentro de ti.

No tienes que devolver la misma herida que recibiste.

A veces, la respuesta más fuerte no es gritar más alto, sino conservar la paz.

No es vengarte, sino seguir adelante.

No es devolver el mal, sino demostrar que el mal no consiguió cambiar tu corazón.

Hoy elige algo diferente.

Donde otros pongan odio, lleva amor. Donde haya enojo, lleva calma. Donde haya heridas, lleva a Dios.

Y recuerda: amar no siempre cambia a la otra persona.

Pero puede cambiarte a ti.

Y eso también es una victoria.

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