22/05/2026
El llamado “holocausto africano”, que muchos hijos e hijas de la diáspora reconocemos como Maafa —palabra de origen suajili que significa “gran desastre” o “gran tragedia”— no fue apenas un episodio del pasado: fue una herida abierta sobre el cuerpo espiritual, cultural y humano de África y de todos sus descendientes esparcidos por el mundo. Como hombre de matriz afro, como sacerdote que honra a los Òrìṣà, a los ancestros y a la memoria de quienes resistieron, no puedo hablar del Maafa solamente desde los números o desde la historia fría; debo hablarlo desde el asé, desde el dolor ancestral y desde la dignidad de quienes jamás dejaron morir el espíritu.
Durante siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus tierras, separados de sus familias, de sus nombres, de sus idiomas y de sus divinidades. Se intentó romper el vínculo con los ancestros, apagar el culto, destruir la cosmovisión y convertir pueblos enteros en mercancía. Pero el espíritu africano resistió. Resistió en el tambor escondido, en la hoja sagrada, en la palabra susurrada, en el rezo secreto y en la continuidad de las tradiciones que sobrevivieron en la diáspora. Lo que hoy llamamos culto a Òrìṣà, Kimbanda, Candomblé o Batuque también es memoria viva de resistencia frente al Maafa.
Hablar del Maafa no es alimentar odio ni quedarse atrapado en el sufrimiento; es ejercer memoria. Porque un pueblo sin memoria queda condenado a olvidar quién es. Recordar el Maafa es reconocer el crimen de la esclavitud, del colonialismo y de la deshumanización, pero también es reconocer la grandeza de quienes sobrevivieron y mantuvieron encendido el fuego sagrado. Nuestros ancestros cruzaron océanos encadenados, pero incluso en el dolor conservaron cantos, símbolos, fundamentos y secretos que hoy siguen dando vida a nuestras casas religiosas.
Desde una visión afroreligiosa, honrar el Maafa es también hacer culto a la ancestralidad. Es entender que cada igba, cada atabaque, cada rezo, cada igba de agua, cadaú fundamento encendido, lleva consigo la memoria de aquellos que no pudieron contar su historia, pero que hablaron a través del asé. No somos solamente descendientes de un trauma; somos herederos de una resistencia espiritual inmensa. África no murió en el cautiverio: se reorganizó, se escondió, se mezcló, lloró, resistió y volvió a levantarse.
Por eso, cuando hablamos del Maafa, hablamos de dolor, sí; pero también hablamos de dignidad, memoria, reparación y continuidad. Porque mientras exista un hijo o hija de matriz afro que recuerde a sus ancestros, invoque a los Òrìṣà y mantenga viva la herencia espiritual africana, el intento de borrar nuestra historia habrá fracasado.
Egbe Omi Ase