20/11/2025
Letra: El Niño de Fuego
Había un niño escondido
en un pliegue del tiempo,
tenia una parte hecha de pájaros
y la otra
de relámpagos que recuerdan.
Caminaba doblando la luz,
juntando migas del cielo
que caían como un reflejo.
Y nadie sabía
que su vida respiraba música,
que su silencio era un jardín,
y que en su pecho
ya latía el tambor secreto
del Reino que aún no despierta
Una noche oyó una Voz
que no hablaba:
cantaba.
Una melodía desnuda,
como si el Viento
le enseñara a bailar -con ternura-,
y a girar sin caerse,
a ser fuego líquido
que sin quemar, todo lo siente.
El niño creció
pero no dejó de jugar.
Era real,
pero también era: -brasa-
que no aparecía en mapas,
un príncipe inútil para tronos,
y esencial para los -sin caminos-.
Un día el mundo se partió.
La casa quedó en escombros.
Arriba se respiraba miedo.
Y sin embargo,
dos maderos en cruz
sostenían el techo
como si fueran los brazos del Padre.
El niño —ya hombre—
entendió que esa viga antigua
era él mismo:
su carne rota
y su fe de hierro,
abrazadas al madero.
Y supo que el amor verdadero
siempre sostiene
lo que se derrumba.
Después vino la danza.
No con pasos:
con revelaciones.
La Palabra movía sus venas,
hacía vibrar las hojas de los árboles,
convertía su pecho
en un templo lleno de luces,
en una escudería de inocencia
y de combate.
Danzó con la Espada
como quien corta el aire
y encuentra oraciones escondidas.
También danzó con el miedo
hasta despojarlo de dientes.
Y danzó con la calle,
con el silencio,
con las heridas antiguas
que él pensaba
que solo la muerte podía explicar.
Un día, María,
la del manto tejido con estrellas,
la del Sol en la cintura,
la del ángel a sus pies
con el color de la aurora,
le dijo en secreto:
“Hijo mío,
cuando el mundo olvide bailar,
tu le recordaras el ritmo.
Tu carisma es ser
la sangre tibia del Cuerpo,
músico y compositor espiritual,
el que une acordes que nadie ve,
y el que descubre armonías
dentro de las almas.”
Entonces despertó su don:
convertir en melodía
cada grieta,
cada lágrima,
cada pregunta inquieta,
y cada sombra que roza la piel
como un frío que busca consuelo.
No componía canciones:
componía corazones.
Era un diamante sin terminar,
-sin embargo-
Dios lo seguía puliendo
con la lima de los días.
Y cada brillante que surgía
no era para él:
era para la noche de otro.
A veces veía el mundo
como una biblioteca infinita,
llena de libros
que hablaban en lenguajes imposibles.
Pero entre todos,
solo uno ardía por dentro.
No decía palabras:
solo daba pistas.
Y él, lector de secretos íntimos,
las descifraba.
Y él decía bajito:
“Pista recibida.”
A veces lloraba
por los que se pierden.
Otras, lloraba por los que se encuentran.
Y siempre, siempre,
lloraba por Dios
cuando Dios se dejaba sentir
como un abrazo sin cuerpo.
Hoy camina
con una brújula de fuego
que no apunta al norte,
sino al Reino.
Sabe que la melodía
es infinita.
Sabe que el Amor
es un animal indomable
que solo se deja montar
por los más pequeños.
Sabe que su misión
no es ser grande,
sino humilde.
No es brillar,
sino calentar.
No es enseñar,
sino bailar
hasta que el mundo
recuerde el ritmo olvidado.
Y en el borde final del verso,
cuando la noche lo mire a los ojos,
dirá despacio:
“Papá…
si querés, sigo jugando.”
Y el Cielo —como siempre—
le responderá
en forma de melodía nueva.