24/08/2026
Ven y verás
«Felipe encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas: Jesús, el hijo de José, de Nazaret”. Natanael le respondió: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le contestó: “Ven y verás”.»
(Jn 1,45-46)
Hay algo muy hermoso en este Evangelio que quizá podemos pasar por alto: Natanael no llega solo hasta Jesús. Alguien lo lleva.
Felipe lo encuentra y, después de haber encontrado él mismo al Señor, no se queda guardando para sí aquello que ha descubierto. Va a buscar a Natanael. Le habla de Jesús. Le anuncia lo que ha visto. Y cuando Natanael duda, Felipe no entra en una discusión interminable para convencerlo. No intenta demostrarle todo. No lo presiona. Simplemente le dice: «Ven y verás».
Qué sencillo. Y qué profundamente misionero.
Porque quizá, si hacemos memoria de nuestra propia historia, descubriremos que nosotros tampoco llegamos solos. Alguien un día nos habló de Jesús. Alguien nos invitó a una misa, a un retiro, a un grupo, a una comunidad. Alguien nos enseñó a rezar. Alguien creyó en nosotros cuando nosotros todavía no creíamos demasiado. Alguien pronunció una palabra que se quedó trabajando dentro del corazón. Alguien nos acercó al sagrario. Alguien nos habló de una vocación. Alguien, quizá sin darse cuenta, fue Felipe en nuestra historia.
Y hoy estamos aquí porque alguien nos dijo, de alguna manera: «Ven y verás».
Por eso este Evangelio no habla solamente de nuestra relación personal con Jesús. También nos pregunta qué estamos haciendo nosotros con el regalo de haberlo encontrado.
Porque existe una tentación muy sutil en la vida espiritual: recibir mucho de Dios y comenzar a vivir la fe solamente para nosotros mismos. Nos encontramos con Cristo, experimentamos su misericordia, descubrimos la belleza de la oración, recibimos una llamada, una vocación, una misión… y podemos terminar encerrando todo eso en nuestra propia historia.
Pero el encuentro verdadero con Jesús siempre abre el corazón hacia otro.
Felipe acaba de encontrarse con Cristo y ya está pensando en Natanael.
Esto me toca profundamente. Porque quizá hoy hay alguien que necesita que tú seas ese Felipe. No necesariamente alguien a quien tengas que predicarle un largo discurso. Quizá solo necesita que le digas: «Ven. Acércate. Prueba. Reza. Mira lo que Jesús puede hacer en tu vida».
Hay personas que todavía están debajo de su propia higuera. Personas decepcionadas, heridas, confundidas, cansadas de la Iglesia, cansadas de sí mismas, llenas de preguntas. Personas que dicen como Natanael: «¿De ahí puede salir algo bueno?». Quizá tienen prejuicios contra Dios. Quizá han sido heridas por personas de Iglesia. Quizá simplemente nunca han tenido un encuentro verdadero con Jesús.
Y aquí aparece nuestra responsabilidad.
No somos Jesús. Pero podemos ser el camino por el que alguien se acerque a Él.
No somos la respuesta, pero podemos señalar dónde está la Fuente. No somos la luz, pero podemos llevar una pequeña lámpara. No somos el Salvador, pero podemos decirle a alguien: «Ven y verás».
Qué hermoso sería que alguien pudiera mirar nuestra vida y pensar: «A través de esta persona descubrí un poco más quién es Jesús».
No se trata de convertirnos en personas que hablan de Dios todo el tiempo. Se trata de permitir que nuestra vida haga visible que hemos encontrado a Alguien. Que nuestra manera de amar, de servir, de perdonar, de permanecer fieles, de vivir nuestra vocación, de atravesar el dolor y de volver a levantarnos pueda despertar en otro la pregunta: «¿Qué tiene esa persona? ¿De dónde le viene esa paz?».
Porque evangelizar no es llenar cabezas de información religiosa. Es llevar a una persona hasta el umbral de un encuentro. Después será Jesús quien haga lo demás.
Mira a Felipe. No sabemos cuánto habló. No sabemos qué argumentos utilizó. Sabemos solamente que fue capaz de llevar a Natanael hasta Jesús.
Y eso debería hacernos mirar nuestra propia vocación de una manera nueva.
¿Cuántas personas ha puesto Dios en nuestro camino? ¿Cuántas están esperando que alguien les diga una palabra de esperanza? ¿Cuántas quizá no necesitan que les expliquemos más cosas, sino que les ayudemos a volver a mirar a Jesús?
Tal vez hemos recibido la fe de manos de otros para convertirnos también nosotros en manos que la entregan.
Tal vez alguien rezó por nuestra vocación y hoy nos toca rezar por la vocación de otros.
Tal vez alguien tuvo paciencia con nuestras dudas y hoy nos toca tener paciencia con las dudas de alguien más.
Tal vez alguien nos llevó hasta Jesús cuando estábamos lejos y hoy Jesús quiere utilizar nuestros pasos para acercar a otro corazón a Él.
Y aquí aparece una pregunta que no podemos esquivar: ¿quién está esperando que yo le diga «ven y verás»?
No para llevarlo hacia mí. No para hacerlo dependiente de mí. No para que admire mi fe. Para llevarlo a Jesús.
Porque Felipe no dijo: «Ven conmigo». Dijo, en realidad: «Ven y verás». Él sabía que el centro no era él. El centro era Cristo.
Ese es también el corazón de toda evangelización verdadera: que después de encontrarse con nosotros, la persona no se quede mirándonos a nosotros, sino que termine diciendo como Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios».
Y quizá esta sea una de las preguntas más hermosas que podemos hacernos hoy: ¿hay alguien que pueda decir que se acercó un poco más a Jesús porque se encontró conmigo?
Que no pasemos por la vida solamente recibiendo la gracia. Que aprendamos también a entregarla.
Que no seamos una generación que conoció a Jesús y se quedó callada.
Que alguien pueda encontrarse con nuestra vida y escuchar, de una manera u otra:
«Yo también lo encontré.
Ven.
No te prometo que entenderás todo.
No te prometo que será fácil.
Pero ven y verás.
Porque vale la pena encontrarse con Jesús».
Y después dejemos que Jesús haga lo que solo Él puede hacer.
Porque cuando Natanael finalmente se encuentra con Cristo, descubre algo impresionante: Jesús ya lo conocía desde antes.
Así trabaja Dios.
Alguien nos lleva hasta Él, y entonces descubrimos que Él ya nos estaba esperando.
Preguntas para el corazón
— ¿Quién fue ese Felipe que Dios puso en mi camino y que me ayudó a acercarme a Jesús? ¿Se lo he agradecido alguna vez?
— ¿Hay alguien hoy a quien Jesús me está pidiendo acercar a Él, no con discursos, sino con mi vida, mi oración y mi testimonio?
— Si alguien conociera a Jesús a través de mi manera de vivir, ¿qué rostro de Cristo encontraría?
Oración
Jesús, gracias por todas las personas que un día me dijeron: «Ven y verás».
Gracias por quienes me acercaron a Ti, por quienes tuvieron paciencia conmigo, por quienes rezaron, insistieron, esperaron y me ayudaron a descubrir que encontrarte valía la pena.
Ahora hazme también instrumento.
Pon en mi camino a aquellos que necesitan encontrarte y dame un corazón humilde para no llevarlos hacia mí, sino hacia Ti.
Que mi vida pueda decir sin muchas palabras:
«Ven y verás».
Y cuando alguien llegue, Señor, que pueda desaparecer yo para que aparezcas Tú.
Que muchos, al encontrarte, puedan decir como Bartolomé:
«Tú eres el Hijo de Dios.
Tú eres mi Señor».
Mirza Deras, r.a.