Parroquia San Vicente Pallotti

Parroquia San Vicente Pallotti Parroquia Eucarística Mariana y Misionera
Cura Párroco : Padre Rene Manuel Cari
Ubicación : Empalme Lobos - Provincia de Buenos Aires

23/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Sábado 22 de agosto 2026

Evangelio según San Lucas (1, 26-38): “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, "porque para Dios nada hay imposible"».
María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.”

¡Feliz día de María Reina!

Hermoso comentario mariano de San Amadeo en su Homilía 7. SC 72, 188. 190.192. 200:
“Observa cómo brilló por toda la tierra, ya antes de la Asunción, el admirable nombre de María, y cómo se difundió por todas partes su ilustre fama antes de que su majestad fuera ensalzada sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre Virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y penetrase luego gloriosa en el cielo. Convenía que fuese engrandecida aquí abajo para entrar después, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.

Durante su vida mortal gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, elevándose hasta Dios con inefable sublimidad y descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían y los hombres le tributaban veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, desde la cruz, le hubiese encomendado a su Madre Virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina; éstos, a su Señora. Unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes e inundada por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba abundantemente sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, superiores a las de cualquier otra criatura. Daba salud a los cuerpos y remedio a las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o desconsolado de su lado, ni ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor aquello que deseaban.

Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, Esposa y Madre del único Esposo, suave y agradable, llena de delicias, como fuente de los jardines espirituales y como pozo de agua viva y vivificante que mana con fuerza del Líbano divino, hacía derivar desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras ríos de paz y torrentes de gracia celestial.

Por eso, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por quien era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, se cumplió la profecía del Salmista, que dice al Señor: «De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir» (Sal 44,10).”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de la fe. A.M.D.G.

21/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Viernes 21 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (22,34-40): “Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".”

Jesús nos enseña en este evangelio sobre el primer y segundo mandamiento.

San Alfonso María de Ligorio nos habla sobre este tema en el
Octavo Discurso para la Novena de Navidad. «El grande y primer mandamiento»:
“Para poder amar mucho a Dios en el cielo, es necesario, en primer lugar, amarlo mucho en la tierra. El grado de nuestro amor a Dios, al final de nuestra vida, será la medida de nuestro amor de Dios durante la eternidad. ¿Queremos tener la certeza de no separarnos de este soberano Bien en la vida presente? Estrechémosle cada vez más por los vínculos de nuestro amor, diciéndole con la esposa del Cantar de los cantares: «Encontré al amor de mi alma: lo abracé y no lo solté» (3,4). ¿Cómo ha apresado la esposa sagrada a su amado? «Con el brazo de la caridad», responde Guillermo; «es con el brazo de la caridad con lo que se apresa a Dios», afirma san Ambrosio.

Dichoso aquel que podrá escribir con San Pablo: «Que los ricos posean sus riquezas, que los reyes posean sus reinos: pero para nosotros, ¡nuestra gloria, nuestra riqueza y nuestro reino, es Cristo!».

Y con san Ignacio: «Dame sólo tu amor y tu gracia, eso me basta». Haz que te ame y que yo sea amado por Ti; no deseo ni desearé otra cosa.”

Pidamos a nuestra Madre Santísima amar a Dios por sobre todas las cosas. A.M.D.G.

Misa de la Divina Misericordia en San Vicente Pallotti🌹Los Jueves a las 15 hs: Coronilla de la Divina Misericordia y lue...
19/08/2026

Misa de la Divina Misericordia en San Vicente Pallotti

🌹Los Jueves a las 15 hs: Coronilla de la Divina Misericordia y luego Santa Misa

18/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Martes 18 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (19,23-30): “Jesús dijo entonces a sus discípulos: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos.
Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos".
Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible".
Pedro, tomando la palabra, dijo: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.”

Dejarlo todo por Jesús, así nos enseña el evangelio de hoy.

San Pedro Damián nos dejó un lindo mensaje en su sermón 9 , PL 144, 549-553:
“En verdad es una gran cosa “dejarlo todo”, pero hay una cosa todavía más grande que es “seguir a Cristo” porque, tal como nos lo enseñan los libros, son muchos los que lo han dejado todo pero no han seguido a Cristo. Seguir a Cristo es nuestra tarea, nuestro trabajo, en esto consiste lo esencial de la salvación del hombre, pero no podemos seguir a Cristo si no abandonamos todo lo que nos impide seguirle. Porque “sale contento como un héroe” (sal 18,6), y nadie puede seguirle si lleva una pesada carga.

“He aquí, dice Pedro, que nosotros lo hemos dejado todo”, no solamente los bienes de este mundo sino también los deseos de nuestra alma. Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo. ¿Qué tirano hay más cruel, amo más despiadado para el hombre que su voluntad propia?... Por consiguiente, es preciso que abandonemos nuestras posesiones y nuestra voluntad propia si queremos seguir a aquel que no tenía “donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58), y que ha venido “no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado” (Jn 6,38)”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de hacer la voluntad de Dios. A.M.D.G.

16/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Domingo 16 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (15,21-28): “Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".
Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel".
Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!".
Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros".
Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!".
Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.”

Hermosa enseñanza de Jesús con está mujer que tiene una gran fe.

San Juan Crisóstomo en su homilía 52 nos dejá una linda reflexión: Insistió con mayor fuerza:
“«Salió de allí Jesús y se retiró a la región de Tiro y Sidón» (Mt 15,21). Después de haber alimentado a las multitudes, fue a aquellas tierras para abrir la puerta del Reino a los gentiles. Si alguno preguntara cómo, habiendo dicho a los apóstoles: «No vayáis a los gentiles» (Mt 10,5), ahora él va a ellos, responderemos que Cristo no estaba obligado por un precepto dado por él mismo a sus discípulos. Además, no fue allí principalmente para predicar, pues, como dice Marcos, quiso permanecer oculto y no pudo.

Entonces una mujer cananea salió de aquellos contornos gritando: «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es cruelmente atormentada por un demonio» (Mt 15,22). El evangelista recuerda que era cananea para hacer más admirable el milagro y ensalzar la virtud de aquella mujer. Los que antes habían sido apartados para no pervertir a Israel, ahora se muestran mejores que muchos israelitas: ella sale de su país para buscar a Cristo, mientras muchos de aquellos para quienes él había venido lo rechazan.

La mujer se acerca y no dice más que: «Ten piedad de mí». No lleva consigo a la hija poseída, ni se atreve a exigir nada. Expone únicamente su desgracia y suplica misericordia. No dice: «Ten piedad de mi hija», sino: «Ten piedad de mí», porque ella misma sufre profundamente al contemplar el padecimiento de su hija.

Pero Jesús no le respondió palabra. Algo sorprendente: a esta mujer, que se acerca con tanta fe y humildad, no le dirige respuesta alguna. Los discípulos, compadecidos de ella, le ruegan: «Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros» (Mt 15,23).

Entonces responde Jesús: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). ¿Qué hace la mujer? ¿Desfallece? ¿Abandona su empeño? De ningún modo. Cuanto mayor es la dificultad, tanto más crece su perseverancia. El silencio del Maestro podía haberla hecho desistir; también aquella respuesta. Sin embargo, no se aparta.

Acercándose más, lo adoró y dijo: «Señor, ayúdame» (Mt 15,25). Antes clamaba desde detrás; ahora se presenta delante de él. Está llena de humildad, pero también de una santa audacia nacida de la fe.

Jesús añade todavía una prueba mayor: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos» (Mt 15,26). Ya no habla solamente de su misión a Israel, sino que llama hijos a los judíos y a ella perrito. Sin embargo, la mujer convierte esas mismas palabras en argumento a su favor.

Responde: «Sí, Señor; pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores» (Mt 15,27). ¡Qué prudencia y qué humildad! No contradice al Señor, no se irrita por la comparación, no envidia las alabanzas dirigidas a otros. Acepta su condición y desde ella suplica. Si es un perrito, también los perritos reciben algo de la mesa.

Cristo sabía bien que respondería así. Por eso difería el beneficio, para que aquella virtud quedara manifiesta. Como en el caso del centurión o de la hemorroísa, quiso sacar a la luz un tesoro escondido.

Considera la fe y la humildad de esta mujer. Los judíos decían: «Somos descendencia de Abraham» (Jn 8,33); ella, en cambio, se reconoce indigna y llama señores a aquellos que Cristo había llamado hijos. Precisamente por esta humildad fue elevada.

Entonces respondió Jesús: «¡Oh mujer, grande es tu fe! Que se haga como quieres» (Mt 15,28). Por eso había retrasado el don: para pronunciar esta alabanza y coronar públicamente a aquella mujer. Y añade: «Que se haga como quieres». Su fe era tan grande que merecía oír una palabra semejante. Y desde aquella hora quedó sana su hija.

Observa cómo esta mujer contribuyó poderosamente a la curación de su hija. Cristo no dice: «Sea sana tu hija», sino: «Grande es tu fe». Así muestra que la causa principal del milagro fue aquella fe perseverante. La mujer alcanzó lo que pedía porque no se dejó vencer ni por el silencio, ni por la demora, ni por la aparente negativa.

Tan grande es la perseverancia en la oración. Los apóstoles tenían más familiaridad con Cristo, pero la mujer mostró una constancia mayor. El éxito del milagro justificó ante todos la demora del Señor y puso de manifiesto la extraordinaria virtud de aquella madre.

Después Jesús fue al mar de Galilea. Se le acercaron muchos cojos, mancos, ciegos y mudos, y los curó. La multitud glorificaba al Dios de Israel al contemplar tantos prodigios. Sin embargo, a la hija de la cananea la había curado tras una larga espera, mientras que a éstos los sanó inmediatamente. No porque fueran mejores, sino porque quiso manifestar ante todos la fe ardiente y la perseverancia de aquella mujer, para que su ejemplo permaneciera para siempre como enseñanza y estímulo para todos los creyentes.”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de vivir de la fe. A.M.D.G.

15/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Sábado 15 de agosto 2026

Evangelio según San Lucas (1,39-56): “María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".
María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.”

¡Feliz día de la Asunción de María!

San Bernardo nos habla de esta hermosa fiesta en su 1er sermón sobre la Asunción:

«Por Cristo todos volverán a la vida, cada uno en su puesto» (1Co 15,22- 23)

“Hoy, la Virgen María, sube gloriosa al cielo. Colma completamente el gozo de los ángeles y de los santos. En efecto, es ella quien, con la simple palabra de salutación, hizo exultar al niño todavía encerrado en el seno materno (Lc 1,41). ¡Cuál ha debido de ser la exultación de los ángeles y de los santos cuando han podido escuchar su voz, ver su rostro, y g***r de su bendita presencia! ¡Y para nosotros, amados hermanos, qué fiesta en su gloriosa Asunción, qué causa de alegría y qué fuente de gozo el día de hoy! La presencia de María ilumina el mundo entero tal como el cielo resplandece por la irradiación esplendorosa de la santísima Virgen. Es, pues, con todo derecho, que en los cielos resuena la acción de gracias y la alabanza.

Pero nosotros…, en la misma medida que el cielo exulta de gozo por la presencia de María ¿no es razonable que nuestro mundo de aquí abajo llore su ausencia? Pero no nos lamentamos porque no tenemos aquí abajo la ciudad permanente (Hb 13,14) sino que buscamos aquella a donde la Virgen María ha llegado hoy. Si estamos ya inscritos en el número de los habitantes de esta ciudad, es conveniente que hoy nos acordemos de ella…, compartamos su gozo, participemos de la misma alegría que goza hoy la ciudad de Dios, y que hoy cae como rocío sobre nuestra tierra. Sí, ella nos ha precedido, nuestra reina nos ha precedido y ha sido recibida con tanta gloria que nosotros, sus humildes siervos, podemos seguir a nuestra soberana con toda confianza gritando [con la Esposa del Cantar de los Cantares]: «Llévame en pos de ti: ¡Correremos tras el olor de tus perfumes!» (Ct 1,3-4). Viajeros todavía en la tierra, hemos enviado por delante a nuestra abogada…, madre de misericordia, para defender eficazmente nuestra salvación.”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de la perseverancia final. A.M.D.G.

13/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Jueves 13 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (18,21-35.19,1): “Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.”

San Agustín nos habla del perdón en su Sermón 83:
“Todo hombre está en deuda con Dios y todo hombre está en deuda con su hermano. En efecto, ¿quién no estaría en deuda con Dios sino aquel en quien no se encontrara pecado? ¿Y quién no estaría en deuda con su hermano sino aquel que nunca ha ofendido a nadie? Así pues, todo hombre es a la vez deudor y acreedor… Un mendigo te pide limosna y tú eres el mendigo de Dios, porque, cuando oramos, todos nosotros somos mendigos de Dios. Permanecemos en pié, o mejor, nos prosternamos ante la puerta de nuestro Padre de familia (cf Lc 11,5s); le suplicamos lamentándonos, deseosos de recibir de él una gracia, y esta gracia, es Dios mismo. ¿Qué es lo que te pide el mendigo? Pan. Y tú, que es lo que le pides a Dios si no es a Cristo, el cual ha dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6,51). ¿Queréis ser perdonados? Perdonad. “Devolved y se os devolverá”. ¿Queréis recibir? “Dad y se os dará” (Lc 6,37)…

Debemos, pues, estar dispuestos a perdonar todas las faltas que se cometen contra nosotros si queremos que Dios nos perdone. Sí, verdaderamente, si nos ponemos a considerar nuestros pecados y pasamos revista a las faltas que hemos cometido, no creo que podamos dormirnos sin que nos sintamos el peso de nuestra deuda. Por eso cada día presentamos a Dios nuestras peticiones, cada día nuestras peticiones llegan a sus oídos, cada día nos prosternamos diciendo: “Perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”. ¿Qué deudas quieres que se te perdonen? ¿Todas, o una parte? Seguro que respondes: Todas. Pues haz tú lo mismo con tu deudor.”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de saber perdonar como nos enseña el Padre nuestro. A.M.D.G.

12/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Miércoles 12 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (18,15-20): “Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.”

Hermosa enseñanza de San Cesareo de Arles sobre el evangelio de hoy en su sermón al pueblo nro 59: La medicina de la confesión:
«Todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,18)

“Todas las Santas Escrituras nos advierten, para nuestro bien, que debemos confesar nuestros pecados constantemente y con humildad, no sólo delante de Dios sino también ante un hombre santo y temeroso de Dios. Es eso lo que el Espíritu Santo, por boca del apóstol Santiago, nos recomienda: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados» (5,16)… y el salmista dice: «’Confesaré al Señor mi culpa’ y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (31,5).

Estamos siempre heridos por nuestros pecados; por eso mismo debemos recurrir siempre a la medicina de la confesión. En efecto, si Dios quiere que confesemos nuestros pecados, no es porque él mismo no pueda conocerlos, sino porque el diablo desea tener de qué acusarnos ante el tribunal del Juez eterno; por eso quisiera que pensáramos antes en excusarlos que en acusarlos. Nuestro Dios, por el contrario, porque es bueno y misericordioso, quiere que los confesemos en este mundo para que en el otro no seamos confundidos a propósito de los mismos. Si los confesamos, él se muestra clemente; si los declaramos, él los perdona… Y nosotros, hermanos, somos vuestros médicos espirituales: con solicitud buscamos curar vuestras almas.”

Pidamos a nuestra Madre Santísima llevar siempre una vida de gracia. A.M.D.G.

11/08/2026

🗡️ESPADA ESPIRITUAL
Martes 11 de agosto 2026

Evangelio según San Mateo (18,1-5.10.12-14): “En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: "¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?".
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos
y dijo: "Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial."
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños."”

San Juan Pablo II nos explica este evangelio en su Homilía del 14-08-1979 durante la santa misa para las Clarisas de Albano: Significado de hacerse «niño»:
“Me complace meditar con [vosotras] las enseñanzas y los pensamientos que la liturgia de hoy hace brotar de la Palabra de Dios que hemos escuchado ahora mismo en el santo Evangelio.

1. Jesús nos recuerda ante todo la realidad consoladora del reino de los cielos.

La pregunta que los Apóstoles dirigen a Jesús es muy sintomática: «¿Quién será el más grande en el reino de los cielos?»

Se ve que habían discutido entre ellos sobre cuestiones de precedencia, de carrera, de méritos, con una mentalidad todavía terrena e interesada: querían saber quién sería el primero en ese reino del que hablaba siempre el Maestro.

Jesús aprovecha la ocasión para purificar el concepto erróneo que tienen los Apóstoles y para llevarlos al contenido auténtico de su mensaje: el reino de los cielos es la verdad salvífica que El ha revelado; es la «gracia», o sea, la vida de Dios que El ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención; es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue; es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.

Jesús, al hablar del reino de los cielos, quiere enseñarnos que la existencia humana sólo tiene valor en la perspectiva de la verdad, de la gracia y de la gloria futura. Todo debe ser aceptado y vivido con amor y por amor en la realidad escatológica que El ha revelado: «Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos…» (Lc 12, 33). «Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas» (Lc 12, 35).

1. Jesús nos enseña el modo justo para entrar en el reino de los cielos.

Cuenta el evangelista San Mateo que «Jesús llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 2-4).

Esta es la respuesta desconcertante de Jesús: ¡la condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños!

Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo perpetuo, de ignorancia satisfecha, de insensibilidad ante la problemática de los tiempos. Al contrario. Pero pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos non el valor simbólico que el niño encierra en sí:

— ante todo, el niño es inocente, y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de «gracia», es decir, la inocencia conservada o recuperada, la exclusión de pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;

— en segundo lugar, el niño vive de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la Iglesia. El gran peligro, el gran enemigo es siempre el orgullo, y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el Infinito no se puede menos de ser humildes; la humildad es verdad y es, además, signo de inteligencia y fuente de serenidad;

— finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz: un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría.

Para entrar en el reino de los cielos es preciso tener sentimientos grandes, inmensos, universales; pero es necesario saberse contentar con las pequeñas cosas, con las obligaciones mandadas por la obediencia, con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en el instante que huye, con las alegrías cotidianas que ofrece la Providencia; es necesario hacer de cada trabajo, aunque oculto y modesto, una obra maestra de amor y perfección.

¡Es necesario convertirse a la pequeñez para entrar en el reino de los cielos! Recordemos !a intuición genial de Santa Teresa de Lisieux, cuando meditó el versículo de la Sagrada Escritura: «El que es simple, venga acá» (Prov 9, 4). Descubrió que el sentido de la «pequeñez» era como un ascensor que la llevaría más de prisa y más fácilmente a la cumbre de la santidad: «¡Tus brazos, oh Jesús, son el ascensor que me debe elevar hasta el cielo! Por esto no tengo necesidad en absoluto de hacerme grande; más bien es necesario que permanezca pequeña, que lo sea cada vez más» (Historia de un alma, Manuscrito C, cap. X).

1. Finalmente, Jesús nos infunde el anhelo del reino de los cielos.

«¿Qué os parece? —dice Jesús—. Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Así no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos» (Mt 18, 12-14).

Son palabras dramáticas y consoladoras al mismo tiempo: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su gloria y de su. felicidad infinita; y por esto le ha querido inteligente y libre, «a su imagen y semejanza». Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús.

¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas.

Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!

¡Especialmente vosotras, monjas y almas consagradas, debéis sentiros como Abraham sobre el monte, para implorar misericordia y salvación de la bondad infinita del Altísimo! Que sea vuestra alegría saber que muchas almas se salvan precisamente por vuestra propiciación…”

Pidamos a nuestra Madre Santísima la gracia de la humildad. A.M.D.G.

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