25/11/2024
A las siete de la mañana abrían los candados, y Adrián Martínez, para ese entonces, ya llevaba un buen rato despierto, esperando salir de su celda. Los días de encierro eran más o menos iguales. Si algo había aprendido era a estar alerta, desde aquella vez cuando, a través de las rejas, casi lo apuñalan con un arpón. “No te duermas, sos boleta”, le sugirieron. Martínez decía ser inocente, como tantos otros ahí adentro, pero él estaba convencido de que podía probarlo. Lo habían encarcelado, acusado de incendiar la casa de unos bandidos. Esos sujetos le habían pegado tres balazos a uno de sus hermanos. Así que la policía tenía una hipótesis: Martínez habría querido vengar el intento de as*****to de su hermano incendiando la vivienda. Estuvo siete meses preso injustamente, hasta que quedó en libertad, luego de que el juez entendiera que no había pruebas en su contra.
Cuando salió de la prisión, en 2014, Martínez tenía 23 años. Había jugado al fútbol de forma amateur en el club Las Acacias, y su mejor currículum era haber sido un prolijo ayudante de albañilería, haber hecho una pasantía en la cervecería Quilmes, y ser un expeditivo recolector de residuos, de esos que juntan muchas bolsas de un tirón. “Si salgo de este encierro, la única opción que tengo es jugar al fútbol. Si me ayudás con eso, voy a llevar mi fe a todos lados”. Martínez imploraba para adentro. Había encontrado en la Biblia su armadura más sagrada. Él sabía que había perdido su empleo y que nadie lo iba a tomar en ningún trabajo cuando supieran de su pasado.
Un amigo le consiguió una prueba en un club de cuarta categoría, Defensores Unidos de Zárate. A pesar de que solo tenía una mano útil —una caída en moto le había dejado inmovilizado el otro brazo—, Martínez aguantaba los golpes con su cuerpo y seguía marcando goles. Luego lo fichó Atlanta, un club de nombre en el Ascenso argentino, y rápido sus goles viajaron a Paraguay. Sol de América , Libertad y Cerro Porteño. Tuvo un paso por Coritiba, de Brasil, hasta que, más maduro, lo fichó Instituto de Córdoba. Allí hizo 18 goles en 41 partidos, y los grandes, como Independiente, San Lorenzo y Racing, se peleaban por él.
Se lo llevó la Academia, y él pagó con goles: 29 gritos en 47 partidos. Uno para ganar el clásico, y otro para ganar la Copa Sudamericana, que lo consagró como goleador, con diez gritos en trece partidos. En la calurosa tarde de Asunción, “Maravilla” hizo un gol, el 2-0 parcial (3-1 fue la final), y lo festejó de rodillas, con un dedo señalando al cielo. En los festejos dejó ver su remera, con una frase que revelaba su fe. Esa foto dio la vuelta al mundo. Acababa de cumplir su promesa.