21/05/2026
El duelo no es solo una emoción; es un desenlace, un espacio donde algo vivió pero ya no está. Te atraviesa, dejando un dolor profundo donde antes residía el amor. Al principio, se siente insoportable, como una herida que nunca cerrará. Pero con el tiempo, las heridas comienzan a sanar. El dolor se suaviza, pero la huella permanece: un silencioso recordatorio de lo que una vez fue. Lo cierto es que nunca "sigues adelante". Avanzas con él. El amor que tuviste no desaparece; se transforma. Perdura en los ecos de las risas, en la calidez de los viejos recuerdos, en los momentos de silencio en los que aún buscas lo que ya no está. Y eso está bien. El duelo no es una carga que deba ocultarse. No es una debilidad de la que avergonzarse. Es la prueba más profunda de que el amor existió, de que algo hermoso alguna vez tocó tu vida. Así que permítete sentirlo. Permítete lamentar. Permítete recordar. No hay un plazo ni una forma "correcta" de llorar. Algunos días serán pesados y otros más ligeros. Algunos momentos traerán inesperadas oleadas de tristeza, mientras que otros te llenarán de gratitud por el amor que tuviste la suerte de experimentar. Honra tu dolor, porque es sagrado. Es un testimonio de la profundidad de tu corazón. Y con el tiempo, a través del dolor, encontrarás la sanación, no porque hayas olvidado, sino porque has aprendido a sobrellevar el amor y la pérdida juntos.
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