27/08/2026
Con sus lágrimas regaba la tierra bajo mis pies donde me veía caído.
San Agustín. Confesiones.
Durante décadas, santa Mónica sufrió la desazón de ver a su hijo por caminos equivocados, lejos de Dios. Agustín era brillante, pero su corazón estaba perdido en los laberintos del mundo…
Las lágrimas de esta madre en su humilde y silenciosa oración, prepararon un feliz alumbramiento… Su confianza fue profunda, su oración de intercesión, continua, su amor, ese amor que todo lo cree y todo lo espera…
Paciente, dócil y abandonada al Espíritu, firme en la fe, capaz de “ver” la esencia del hijo y esperar sin forzar... como dirá san Agustín, su madre lo engendró dos veces y la segunda requirió largos dolores espirituales de parto…
A través de Mónica, Dios lo llamó y exhaló sus perfumes…
¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera. ...
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. ...
Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti. Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed. Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz.
San Agustín. Confesiones.
Santa Mónica, ruega por nosotros y nuestros hijos…
Memoria de santa Mónica, que, muy joven todavía, fue dada en matrimonio a Patricio, del que tuvo hijos, entre los cuales se cuenta a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios. Al tiempo de partir para África, ardiendo en deseos de la vida celestial, murió en la ciudad de Ostia del Tíber (387).