Capilla Reina del Cielo Caseros Diocesis de San Martin

Capilla Reina del Cielo Caseros Diocesis de San Martin Noticias a la comunidad de la Capilla Reina del Cielo de Caseros

25/03/2024
19/04/2023

De los Sermones de san León Magno, papa

(Sermón 12 Sobre la pasión del Señor, 3, 6-7: PL 54, 355-357)



CRISTO VIVE EN SU IGLESIA



No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza.



Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.



Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocemos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.



Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.



Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abraham por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe.



Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.



Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas.



Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos.



Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona.



La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos mu**to, bajado al sepulcro y resucitado.

OFICIO DE LECTURA - JUEVES DE LA SEMANA XXIX - SEGUNDA LECTURADe la Feria. Salterio IDe los Sermones de san Bernardo, ab...
22/10/2020

OFICIO DE LECTURA - JUEVES DE LA SEMANA XXIX - SEGUNDA LECTURA
De la Feria. Salterio I

De los Sermones de san Bernardo, abad

(Sermón 5 sobre diversas materias, 4-5: Opera omnia, edición cisterciense, 6, 1 [1970], 103-104)

SOBRE LOS GRADOS DE LA CONTEMPLACIÓN

Refugiémonos en Cristo, nuestra fortaleza, y adhirámonos con todas nuestras fuerzas al Señor, la roca sólida y siempre firme, y podremos decir con el profeta, como está escrito: Afianzó mis pies en la roca y aseguró mis pasos. Consolidados así y afianzados podremos contemplar y escuchar lo que él nos diga y sabremos cómo responder cuando él nos reprenda.

El primer grado de esta contemplación, amados hermanos, consiste en considerar atentamente cuál sea la voluntad del Señor y qué es lo acepto a sus ojos. Y, como todos pecamos con frecuencia y nuestro orgullo ofende muchas veces su santísima voluntad y no se adhiere ni conforma a lo que el Señor desea, es necesario que nos humillemos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y procuremos solícitamente presentarnos ante él con espíritu humilde, diciendo: Sáname, Señor, y quedaré sano, sálvame y quedaré a salvo. Y también aquello otro: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.

Cuando estos pensamientos hayan ya purificado la mirada de nuestro corazón, en vez de andar según la amargura de nuestro espíritu nos dejaremos llevar del Espíritu de Dios y viviremos alegres, sin preocuparnos ya de cuál sea la voluntad de Dios sobre nosotros, sino interesándonos más bien sobre cuál sea la voluntad divina en sí misma.

Y, ya que en su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios.

Y, cuando hayamos ya progresado algún tanto en la vida espiritual, guiados por el Espíritu Santo, que escudriña los más altos misterios de Dios, dediquémonos a contemplar cuán suave es el Señor y cuán bueno es en sí mismo; y con el profeta supliquémosle que nos manifieste cuál sea su voluntad, para que pongamos nuestra mansión no en nuestro pobre corazón humano, sino en su santo templo; así podremos repetir con el mismo profeta: Mi alma se acongoja, te recuerdo.

Pues hay que advertir, que la plenitud de nuestra vida espiritual se encuentra en estas dos cosas: en aquella reflexión sobre nosotros mismos, que nos turba y nos contrista en vista a la conversión, y en la contemplación de Dios, que nos llena del gozo y del consuelo del Espíritu Santo; lo primero engendra en nosotros el temor y la humildad, lo segundo alumbra en nuestro interior el amor y la esperanza.

01/10/2020

Misas presenciales
Domingos 9.30hs.
Para asistir anotarse previamente a este número : 15 3907 2756
Se ruega no asistir a personas mayores de 65 años

Proximamente comunicaremos otra forma de colaborar con nuestra comunidad parroquial, Por el momento podes colaborar a tr...
12/08/2020

Proximamente comunicaremos otra forma de colaborar con nuestra comunidad parroquial, Por el momento podes colaborar a traves de MERCADO PAGO

Segunda LecturaDe las obras de san Buenaventura, obispo(Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7,1,2,6: Op...
15/07/2020

Segunda Lectura
De las obras de san Buenaventura, obispo
(Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7,1,2,6: Opera omnia 5, 312-313)

LA SABIDURÍA MISTERIOSA REVELADA POR EL ESPÍRITU SANTO

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es
la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido
desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de
expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y
caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo,
este tal realiza con él la Pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del
bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el
desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el
sepulcro, como mu**to en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en
el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba
crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de
orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones.
Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo
recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien
inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la
tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el
Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al
saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido
expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al
Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la
claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta
hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.
Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y
Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que
sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la
misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que
está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi
rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad,
impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones;
pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos
haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos
aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con
David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote
perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: "¡Amén!"

22/06/2020
De las cartas de san Bonifacio, obispo y mártir(Carta 78: MGH, Epistolae, 3, 352. 354)PASTOR SOLÍCITO QUE VELA SOBRE LA ...
06/06/2020

De las cartas de san Bonifacio, obispo y mártir

(Carta 78: MGH, Epistolae, 3, 352. 354)

PASTOR SOLÍCITO QUE VELA SOBRE LA GREY DE CRISTO

La Iglesia, que es como una barca que navega por el mar de este mundo y que se ve

sacudida por las diversas olas de las tentaciones, no ha de dejarse a la deriva, sino que

debe ser gobernada.

En la primitiva Iglesia tenemos el ejemplo de Clemente y Cornelio y muchos otros en la

ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado

de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la

Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta

derramar su sangre.

Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror,

me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la

Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres

o en la sagrada Escritura.

Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni

engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: Confía en

el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa

en él y él allanará tus sendas. Y en otro lugar: El nombre del Señor es un torreón de

fortaleza: a él se acoge el honrado; y es inaccesible. Mantengámonos en la justicia y

preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios

quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no

podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es

todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Mantengámonos

firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y

aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que

merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna.

No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios

que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo,

anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres,

a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas,

a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro de los pastores de la

Iglesia.

Oremos:

Concédenos, Señor, la intercesión de tu mártir san Bonifacio, para que podamos defender con valentía y confirmar con nuestras obras la fe que él enseñó con su palabra y rubricó en el martirio con su sangre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

De las instrucciones de san Doroteo, abad(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 2-3: PG 88, 1699)LA FALSA PAZ D...
02/06/2020

De las instrucciones de san Doroteo, abad

(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 2-3: PG 88, 1699)

LA FALSA PAZ DE ESPÍRITU

El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes,

ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor

de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de

ese temple.

Pero quizá alguien me objetará: "Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí

mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?"

En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del

todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de

palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro

tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente

causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano. Por esto, sufre ahora en

justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas

otras ocasiones.

Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad,

viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y,

sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su

hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es

que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha

puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado

ocasión de enmendarse, si quiere. Este tal es semejante a un trigo nítido y brillante que,

al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad, según cree, esconde, sin

embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra

molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su

interior. Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese,

procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber

hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho. Y,

en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya

perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la

perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que

le puedan sobrevenir.

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