24/12/2018
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Abrís la puerta y lo ves sonriente.
No te lleva mucho tiempo darte cuenta lo mucho que esperaba este día.
No tanto para festejar lo suyo (ya que donde él vive siempre están de fiesta) pero si para de alguna manera encontrarte y hacerte saber que te esperaba.
Te abraza, y ahora por fin entendes lo mucho que te extrañaba. Mucho. Pero él no sabe extrañar con rencor y por eso no considera en lo más mínimo hacerte reclamos. Al contrario, todo este tiempo sin verlo hizo que su cariño por vos se vaya acumulando y ahora se traduce en ese abrazo que te está dando.
Una vez que lo dejaste entrar todo cambia.
Se pone a ayudar. Si no te molesta va a limpiar, ordenar y hasta colgar algunos adornitos. Por un momento pensas que se olvidó que era su cumpleaños y que en cambio te prepara esta fiesta a vos. El es así, siempre te va a querer servir.
Va a la cocina.
Al parecer sabe muy bien lo que hace. No pierde un segundo. Combina ingredientes
mientras el horno se calienta, prepara varias cosas a la vez y cuando te das cuenta (por el olor que se filtra por debajo de la puerta) ¡se trataba de tu comida favorita!
Llega la hora de los regalos pero después de tanto tiempo sin festejarlo juntos, sentís que no mereces grandes regalos.
Pero los que lo conocen, saben que él nunca actúa conforme a lo que mereceríamos y por eso luego de saludos y festejos, saca ese regalo que siempre pediste y nunca te había llegado.
Y ahora, después de un dibujito y unas palabras, quizá entiendas un poquito lo bueno que es Jesús y porque después de tantos años lo siguen celebrando.
Jesús lo sabe, Navidad es oportunidad. Oportunidad de que alguien que festejaba sin saber bien el porqué, ahora se encuentre con la linda verdad que un día vino al mundo y cambió toda la historia.