12/04/2026
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Uno. Amén.
A nuestros hijos, amados en Señor,
A los eclesiásticos y queridos feligreses,
¡Cristo ha resucitado!
Desde la sede de esta santa Arquidiócesis y del profundo de mi corazón paternal, me dirijo a ustedes en esta sagrada ocasión, la gloriosa Pascua de Resurrección, para compartir con ustedes el gozo imperecedero de la Resurrección. Porque verdaderamente el Señor ha resucitado, y por esta fe viva vivimos, nos movemos y existimos.
Amados míos, hemos recorrido juntos el bendito camino de la Gran Cuaresma, el camino del arrepentimiento y del combate espiritual, para llegar al final a este día luminoso la noche de la luz y de la gloriosa Resurrección, en la que Cristo pisoteó a la muerte con la muerte, y otorgó la vida a los que yacen en los sepulcros. Ésta es la esencia de nuestra recta fe ortodoxa: Cristo no es un mero maestro de moral o un gran profeta, sino el Dios encarnado que cargó con el pecado del mundo, y con su muerte aniquiló nuestra muerte, y con su resurrección nos abrió las puertas de la vida eterna.
La resurrección de Cristo no es un hecho histórico que simplemente recordamos, sino un acontecimiento existencial que toca las fibras más íntimas de nuestro ser. Porque el Señor resucitado nos resucita con Él de la muerte del pecado hacia la vida divina y la Santidad. San Juan Crisóstomo nos recuerda en su inmortal homilía: "Que nadie llore por su miseria, porque ha aparecido el Reino común". Sí, todos hemos sido invitados –grandes y pequeños, fuertes y débiles– a este banquete divino, porque la gracia de Dios ha inundado a todos.
Amados míos en Cristo, en este tiempo en que atravesamos tantas turbulencias y pruebas, la Resurrección de Cristo sigue siendo nuestra esperanza firme y nuestra certeza inquebrantable. Ella es la que nos otorga la fortaleza para llevar la cruz en nuestra vida cotidiana con toda fidelidad y paciencia, sabiendo que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que está por revelarse en nosotros. Ella nos llama a ser testigos del Resucitado, no sólo de palabra, sino con el amor práctico, con el perdón que derriba barreras, con la compasión hacia los pobres y los que sufren, y con la unidad que nos congrega alrededor de una misma mesa divina.
Me dirijo a ustedes hoy, amados hijos, suplicando a Dios que haga de sus corazones una verdadera morada de Cristo resucitado, y que ilumine su mente con el conocimiento de los misterios de su Reino. Conservemos el puro tesoro de la Fe Ortodoxa que hemos recibido de los santos padres, y seamos hijos fieles de nuestra Madre Iglesia, que nos acoge en sus sagrados misterios.
Al elevar mis ardientes plegarias por la salud de todos ustedes, y por el eterno descanso de las almas de nuestros padres y antepasados que durmieron en la esperanza de la Resurrección, les pido que correspondan a esta oración, rogando al Señor que los guarde bajo la sombra de su gracia, que llene sus hogares de gozo y paz; y sus corazones de amor y esperanza.
Cristo ha resucitado de entre los mu***os, con la muerte pisoteó a la muerte, y a los que están en los sepulcros les concedió la vida.
Su Padre que los ama en Cristo resucitado!