25/12/2025
Carta de nuestro Padre y Patriarca Juan X, con motivo de la Natividad de nuestro Señor.
Por la gracia de Dios Juan X Patriarca de Antioquía y de todo Oriente.
“¡Alégrense, cielos, y regocíjense, montes, por el nacimiento de Cristo!”
Con estas palabras y en la lengua del himnógrafo, la Iglesia llama a la puerta del corazón de cada uno de nosotros y le habla, para que contemple el nacimiento de aquel Niño que eligió un pesebre, siendo Él dueño de la plenitud del mundo. Con estas palabras, el autor de los himnos no se dirige solo a los seres humanos, sino también a la creación entera. Se dirige a ella pidiéndole que rompa su inmovilidad, que se alegre con los ángeles, que se regocije con los pastores y que se postre ante el pesebre de Belén. Como si la alegría del mundo no bastara para describir el encuentro de la humanidad con Cristo, el himnógrafo recurre a la creación inanimada y le pide que se despoje de su rigidez y se vista de la alegría de la Navidad, de la alegría del encuentro con aquel Niño de cuyos ojos obtenemos toda esperanza y de cuya serenidad aprendemos toda prudencia.
He aquí una invitación para cada uno de nosotros a desprendernos de las cargas del mundo y arrojarlas ante el pesebre de Belén. He aquí una invitación para que cada uno se alegre a pesar de todas las pruebas que lo rodean. He aquí una invitación para que el ser humano se alegre incluso cuando se encuentra en lo más hondo de la aflicción. Una invitación a no rendirse ante de los desafíos, pase lo que pase. El nacimiento de Cristo es una invitación a quitar el polvo acumulado sobre la chispa de nuestra esperanza, para que su esperanza resplandezca en nosotros como esperanza y su luz como luz.
Cada año, la humanidad despierta de la distracción de su soberbia para contemplar a este Niño, humilde y luminoso, en la oscuridad de su cueva. Vino en silencio, pero su silencio fue más elocuente que los discursos. Vino débil, pero en Él hay una fuerza capaz de despojar de su debilidad a los débiles. Vino recostado en el seno de la Virgen, siendo Él quien m***a los hombros de los querubines. Vino como un niño descansando sobre la paja de un pesebre, siendo el Dios eterno que reposa en la gloria de su alteza. Llego a un pesebre para mover el pesebre del corazón humano y depositar algo de la dulzura de su Evangelio y del néctar de su humildad, mientras el corazón ardía por la amargura de su soberbia.
En su nacimiento recordamos el nacimiento de la esperanza en nuestros corazones. Recordamos a todo pobre y necesitado, no solo con palabras, sino con el lenguaje de los hechos. Conmemoramos el nacimiento de hoy y ponemos ante nuestros ojos, en la Iglesia de Antioquía, que fuimos la cuna de su anuncio, así como Belén y Jerusalén fueron el lugar de su nacimiento, de su cruz y de su sepulcro. Contemplamos la luz de su rostro dentro de la cueva y oramos para que esa luz se encarne en nuestras vidas, en la vida de su Iglesia y en el ámbito de su mundo.
En estos días recordamos a nuestros hermanos que durmieron y nos precedieron hacia el encuentro con la luz del rostro de ese Niño nacido. Le pedimos, por la intercesión de la Virgen, que los acoja en su seno y los cubra con sus misericordias.
Que Dios os la conceda de nuevo a todos, hijos nuestros en la patria y en la diáspora, y a todos los pueblos, como días benditos llenos de bondad, dicha y bendiciones, de parte del Padre de las luces y fuente de los dones, el Niño del pesebre, el Camino, la Verdad y la Vida, el Señor de las misericordias y Dios de toda consolación. Amén.
Damasco, 20 de diciembre de 2025