La vocación escolapia es una experiencia del Evangelio vivida en la Iglesia, acogiendo la gracia de la paternidad espiritual otorgada a San José de Calasanz, de modo de configurar la vida según su sabiduría evangélica. Este camino de seguimiento del Maestro Crucificado vivido en comunidad, consiste para Calasanz, en abajarse a dar luz a los niños y jóvenes, especialmente a los más desamparados, co
n caridad y paciencia, para que Cristo tome forma en ellos y en nosotros. Implica crecer en el propio conocimiento, asumir la propia fragilidad, cultivar una profunda docilidad a la acción del Espíritu en la oración y el acompañamiento, ser revestidos de los sentimientos de Cristo en pobreza y humildad y poner en común los dones y talentos personales a fin de que den fruto abundante para la gloria de Dios y la utilidad del prójimo. El camino escolapio es mariano en su identidad evangélica y apostólica, contemplando a María en su maternidad divina en relación con las tres Personas de la Santísima Trinidad y en el ejercicio de la tarea educativa con su Hijo. La Orden expresa su impronta mariana al tener a la Madre de Dios como título, escudo y sello, y en sus prácticas de piedad cotidianas. Realizar esta vocación de “cooperadores de la verdad” requiere una formación que, además de la solidez de la vida espiritual, asegure un progreso en el conocimiento y en el modo de comunicarlo a los niños y jóvenes. A partir del llamado vocacional hay unas etapas formativas que aseguran la maduración vocacional y la necesaria formación profesional, espiritual y teológica. Estas etapas son: Prenoviciado, Noviciado, Juniorato I y Juniorato II, durante las cuales se completa la formación que la Iglesia pide a los futuros sacerdotes y nuestra Orden a los futuros educadores.