13/06/2026
Domingo XI – Ciclo A
La liturgia de este domingo nos deja ver a Cristo en su acción apostólica recorriendo poblados, enseñando en las sinagogas y proclamando el Reino de Dios. Para esta misión convocó a los doce apóstoles, les dio instrucciones para su acción y los envió a dar gratuitamente lo que habían recibido, a fin de que sus enseñanzas dieran abundante fruto.
En la Liturgia de la Palabra, la Primera Lectura (Éxodo 19, 1b-6a) presenta las condiciones que el Señor dio a Moisés a fin de que el pueblo de Israel llegue a ser un reino de sacerdotes y una nación consagrada. El Salmo 99 (1b-2. 3. 5) nos recuerda que somos pueblo de Dios y que a Él pertenecemos. Esta idea se repite en la antífona cuando reza: Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. El Antiguo Testamento nos deja ver que Dios confiaba en el pueblo de Israel, en el pueblo de la Alianza, en el pueblo elegido y, por ello, le asignó una misión sacerdotal para que la fe y la salvación pudieran llegar a todo el mundo. La Segunda Lectura (Carta de San Pablo a los cristianos de Roma 5, 6-11) expresa su profunda valoración de la muerte de Cristo por nuestra salvación y el Evangelio, según San Mateo (9, 35--10,8), relata la cercanía de Jesús con las multitudes cuando iba de ciudad en ciudad y también el llamado que hizo a los apóstoles para acompañarlo en la misión evangelizadora.
En el Nuevo Testamento, esa misión se extendió a la Iglesia y a todos los bautizados. Así, cada cristiano no sólo debe vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, sino que debe ser un apóstol en su ambiente, en el mundo. El Concilio Vaticano II ha revalorizado este principio y ha dado mucha más participación al laicado, llegando a considerar que la acción apostólica es un deber de todo bautizado.
Cristo es el único y verdadero sacerdote que murió por nuestra salvación. Para prolongar su acción en todos los tiempos y lugares, el Señor llamó primero a los apóstoles y, a lo largo de los siglos, a tantos cristianos, religiosos y laicos, que han dado muestras de fidelidad a la fe para continuar la misión evangelizadora en el mundo.
A lo largo de la historia el cristianismo ha contado con muchos santos sacerdotes. Entre los que han expresado el valor personal dado al sagrado ministerio se encuentra San Ambrosio, quien decía: “Protege, Señor, tu obra, conserva en mí la gracia que me has dado… Me has concedido trabajar por tu Iglesia, bendice siempre los frutos de mi trabajo. Me llamaste al sacerdocio cuando era un niño extraviado: no permitas que me pierda ahora que soy sacerdote. Pero, sobre todo, dame la gracia de saber compadecer a los pecadores desde lo más profundo del corazón”.
La Iglesia siempre ha llamado a los cristianos a vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, y a dar testimonio ante los hombres de la caridad de Dios. Cumplir con esta invitación requiere un paso previo muy importante que es vivir como amigos del Señor. Sólo así se podrá llegar a dar testimonio en el mundo de la caridad, fruto de la oración y de la vida centrada en el amor de Dios. La oración nos dispone para la escucha del Señor y la acción permite traducir en obras concretas la luz y la gracia obtenidas en la intimidad. Oración y acción, comunión con Dios y acción apostólica no se contraponen, al contrario, se alimentan mutuamente y ambas son consecuencia de una profunda amistad con el Señor.
Los cristianos bautizados no sólo debemos vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, sino que debemos irradiarlas en nuestra familia y en nuestros ambientes para que lleguen a penetrar en el mundo. El Señor eligió a los hombres como colaboradores para difundir el Evangelio: “Id, enseñad a todas las gentes” (Mt 18,19). Por ello, todos podemos tener un corazón misionero, aunque permanezcamos en nuestros ambientes de origen. Con la oración podemos ayudar a sostener el celo apostólico de tantos hombres y mujeres que desarrollan su acción en las misiones. Dios eligió al hombre como su colaborador no sólo en la transmisión de la vida física sino también en la espiritual, participando en la historia de la salvación. Todos podemos tener un corazón misionero para que el Señor fecunde con su gracia la obra de quienes buscan expandir el Reino de Dios en lugares apartados.
Éste es un programa muy demandante pero no imposible de realizar en nuestra propia vida. Es necesario tomar conciencia de que el amor de Cristo debe ser una actitud fundamental del corazón que lleve a cada uno a vivir como Él nos enseñó, respetando los mandamientos con gran fidelidad al llamado del Señor.