Parroquia Nuestra Señora de Caacupé

Parroquia Nuestra Señora de Caacupé Parroquia Santuario Nuestra Señora de Caacupé- Arzobispado de Buenos Aires Horarios de Misas VERANO

Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes: 19 hs.

Sábados: 19 HS. Domingos: 10, 11, y 19 hs.

55 niños han recibido en el día del Inmaculado Corazón de María su Primera Comunión 🙏🏻
13/06/2026

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13/06/2026
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13/06/2026

Domingo XI – Ciclo A

La liturgia de este domingo nos deja ver a Cristo en su acción apostólica recorriendo poblados, enseñando en las sinagogas y proclamando el Reino de Dios. Para esta misión convocó a los doce apóstoles, les dio instrucciones para su acción y los envió a dar gratuitamente lo que habían recibido, a fin de que sus enseñanzas dieran abundante fruto.

En la Liturgia de la Palabra, la Primera Lectura (Éxodo 19, 1b-6a) presenta las condiciones que el Señor dio a Moisés a fin de que el pueblo de Israel llegue a ser un reino de sacerdotes y una nación consagrada. El Salmo 99 (1b-2. 3. 5) nos recuerda que somos pueblo de Dios y que a Él pertenecemos. Esta idea se repite en la antífona cuando reza: Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. El Antiguo Testamento nos deja ver que Dios confiaba en el pueblo de Israel, en el pueblo de la Alianza, en el pueblo elegido y, por ello, le asignó una misión sacerdotal para que la fe y la salvación pudieran llegar a todo el mundo. La Segunda Lectura (Carta de San Pablo a los cristianos de Roma 5, 6-11) expresa su profunda valoración de la muerte de Cristo por nuestra salvación y el Evangelio, según San Mateo (9, 35--10,8), relata la cercanía de Jesús con las multitudes cuando iba de ciudad en ciudad y también el llamado que hizo a los apóstoles para acompañarlo en la misión evangelizadora.

En el Nuevo Testamento, esa misión se extendió a la Iglesia y a todos los bautizados. Así, cada cristiano no sólo debe vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, sino que debe ser un apóstol en su ambiente, en el mundo. El Concilio Vaticano II ha revalorizado este principio y ha dado mucha más participación al laicado, llegando a considerar que la acción apostólica es un deber de todo bautizado.

Cristo es el único y verdadero sacerdote que murió por nuestra salvación. Para prolongar su acción en todos los tiempos y lugares, el Señor llamó primero a los apóstoles y, a lo largo de los siglos, a tantos cristianos, religiosos y laicos, que han dado muestras de fidelidad a la fe para continuar la misión evangelizadora en el mundo.

A lo largo de la historia el cristianismo ha contado con muchos santos sacerdotes. Entre los que han expresado el valor personal dado al sagrado ministerio se encuentra San Ambrosio, quien decía: “Protege, Señor, tu obra, conserva en mí la gracia que me has dado… Me has concedido trabajar por tu Iglesia, bendice siempre los frutos de mi trabajo. Me llamaste al sacerdocio cuando era un niño extraviado: no permitas que me pierda ahora que soy sacerdote. Pero, sobre todo, dame la gracia de saber compadecer a los pecadores desde lo más profundo del corazón”.

La Iglesia siempre ha llamado a los cristianos a vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, y a dar testimonio ante los hombres de la caridad de Dios. Cumplir con esta invitación requiere un paso previo muy importante que es vivir como amigos del Señor. Sólo así se podrá llegar a dar testimonio en el mundo de la caridad, fruto de la oración y de la vida centrada en el amor de Dios. La oración nos dispone para la escucha del Señor y la acción permite traducir en obras concretas la luz y la gracia obtenidas en la intimidad. Oración y acción, comunión con Dios y acción apostólica no se contraponen, al contrario, se alimentan mutuamente y ambas son consecuencia de una profunda amistad con el Señor.

Los cristianos bautizados no sólo debemos vivir personalmente la fe y la gracia recibidas, sino que debemos irradiarlas en nuestra familia y en nuestros ambientes para que lleguen a penetrar en el mundo. El Señor eligió a los hombres como colaboradores para difundir el Evangelio: “Id, enseñad a todas las gentes” (Mt 18,19). Por ello, todos podemos tener un corazón misionero, aunque permanezcamos en nuestros ambientes de origen. Con la oración podemos ayudar a sostener el celo apostólico de tantos hombres y mujeres que desarrollan su acción en las misiones. Dios eligió al hombre como su colaborador no sólo en la transmisión de la vida física sino también en la espiritual, participando en la historia de la salvación. Todos podemos tener un corazón misionero para que el Señor fecunde con su gracia la obra de quienes buscan expandir el Reino de Dios en lugares apartados.
Éste es un programa muy demandante pero no imposible de realizar en nuestra propia vida. Es necesario tomar conciencia de que el amor de Cristo debe ser una actitud fundamental del corazón que lleve a cada uno a vivir como Él nos enseñó, respetando los mandamientos con gran fidelidad al llamado del Señor.

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10/06/2026

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07/06/2026

¡Bienvenidos hermanos!

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07/06/2026

“La Palabra de Dios se extendía cada vez más, y el número de discípulos aumentaba considerablemente.” Hch 6,7.
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07/06/2026

Comenzó la Adoración Eucarística hasta mañana Domingo a las 9:30 h. El templo permanecerá abierto toda la noche para quienes quieran adorar.

Cuerpo y Sangre de Cristo  Este domingo celebramos con gran alegría un misterio primordial de la fe cristiana: la celebr...
05/06/2026

Cuerpo y Sangre de Cristo

Este domingo celebramos con gran alegría un misterio primordial de la fe cristiana: la celebración de Corpus Cristi, el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo que, por la misma entrega misericordiosa de Jesús, el Cordero de Dios, se nos ofrece en cada eucaristía. Por la sangre de su Hijo, Dios renovó su alianza con la humanidad para darnos la liberación de todo mal y del pecado, y con ello la promesa de salvación para entrar en el Reino Celestial.
En la comunión Cristo está presente en su cuerpo y en su sangre, signo indisoluble del compromiso de amor de Dios con su pueblo. Como en la cena pascual, Jesús se entrega a nosotros y nosotros nos alimentamos de Él, creando un lazo de unión fraterna con Él mismo y con nuestros hermanos.
La eucaristía nos convoca al encuentro de toda la Iglesia, Cuerpo de Cristo vivo, unidos en el sacramento de la comunión que nos cristifica. En el ámbito de la celebración eucarística, tomando el cuerpo y sangre de Cristo sacramentado, los cristianos nos unificamos en el gozo del amor de Dios y nos disponemos a prodigarlo en actos de caridad fraterna.
El evangelio de hoy (Juan 6, 51-58) , el discurso del pan de vida, Jesús nos promete que “El que come de este pan vivirá para siempre.” El Señor explica que Él es el pan de vida; Él se convierte en el alimento celestial que nos conduce a la vida eterna, a vivir ahora y para siempre en el amor del Padre, un amor tan inmenso que vence nuestras debilidades y pecados.
La persona de Cristo se encarna en el pan de la Eucaristía ¿Siento genuinamente que en cada eucaristía Cristo está presente para consolidar la unión de Dios con los hombres? Al compartir la comunión renuevo mi compromiso de alianza con Cristo y con los hombres. ¿Me siento parte viva del Pueblo de Dios, unido intensamente a Dios y por Él a todos los hombres formando un solo cuerpo?
Cada vez que acudimos a la mesa del Señor en la Santa Misa ya estamos compartiendo el banquete divino con Jesús, comenzando a vivir las alegrías que nos aguardan en el Reino Celestial. ¿Cómo me preparo para gustar con unción y gozo de esta invitación a la cena junto a nuestro Maestro y Salvador? ¿Siento necesidad de recibir el sacramento de reconciliación y de la comunión con perseverancia y asiduidad? La Eucaristía también nos prepara para enfrentar los embates cotidianos del mundo terrenal, en forma individual o comunitaria ¿Comparto la gloria recibida con mis hermanos con actitudes y obras propias de un discípulo de Cristo?
Acudamos con esperanza al banquete celestial para alimentarnos del pan de salvación y beber del cáliz que nos ayuda a lograr una relación profunda, íntima y personal con el cuerpo vivo de Cristo, con su vida y su espíritu de amor. Oremos para que, con el fuego del Espíritu Santo, gocemos de la gracia del sacramento de la reconciliación y acerquémonos a la Mesa del Señor confiados en que Jesús nos espera para compartir su divinidad y purificar nuestro corazón, para nuestro bien y el de todos los hijos de Dios. Permitamos que el Señor obre el milagro de la conversión, santificación y redención en cada uno de nosotros y en todo su pueblo unido por su amor.
Hoy el Señor nos provee el alimento de vida y salvación, su mismo Cuerpo y Sangre Divina, y a nosotros nos convoca a unirnos en un gran gesto de caridad fraterna contribuyendo generosamente con la labor comunitaria de Cáritas. En estos días de tanta a tribulación y necesidad de bienes primordiales para vivir, inspirémonos en la misericordia y providencia de Dios para responder a la colecta anual de Cáritas, que este año lleva el lema “ ¡70 años alentando la esperanza!” con el propósito de llegar a construir un mundo más solidario y benévolo para nuestro prójimo. Acompañemos nuestra ofrenda material con extensa y sentida oración por nuestros hermanos más vulnerables que también necesitan de nuestra cercanía y solidaridad. Roguemos a Dios y a nuestra Santísima Virgen María que su amor nos sostenga en la fe, la esperanza y el ejercicio de la caridad como Cristo, nuestro alimento de vida eterna, nos enseñó.

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