08/08/2026
Cuando se menciona la Cruz la mayor parte de las personas la relacionan con sacrificio, penalidades y problemas. Que lejos están de la verdad. La Cruz fue signo de ignominia, de vergüenza y de rechazo social. Era el castigo que en tiempos de la antigüedad y en el imperio romano se reservaba para los delincuentes más atroces y desalmados. Todavía en algunos pueblos del medio oriente se utiliza este inhumano castigo. Pero nuestro buen Jesús le otorgó un significado y una interpretación distinta a la Cruz, al punto que hoy es signo de victoria y de triunfo sobre la muerte eterna, el pecado y fundamentalmente de triunfo sobre el reino del mal y su representante: Satanás.
Por eso los cristianos tenemos en la Cruz nuestra salvación, ella representa la negación de nosotros mismos, el asumir la palabra de Jesús y su muerte en la Cruz, su resurrección gloriosa, como un mensaje claro, prístino, categórico y contundente de amor y de renuncia a las cosas mundanas, a lo material y a entender que la Cruz es transitar el camino a la vida eterna.
Tomar nuestra Cruz y seguir a Jesús, se traduce en ser mejores humanos, mejores cristianos y practicar celosamente el mandamiento del amor: Amemos a Dios por encima de todas las cosas, con todas las fuerzas de nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos.
Pablo resume en su evangelio “el mensaje de la Cruz”. Es la buena noticia que él mismo había recibido: que el Hijo, aquel por quien todo fue hecho, se rebajó hasta someterse a la muerte, “una muerte en la cruz”. En eso consiste su gloria, la gloria que el Padre le da, manifestada en el Espíritu Santo para la Iglesia.
Lo bueno para los hombres es que, de ese modo, Dios mismo ha encontrado una salida insospechada para hacer justicia al modo divino: es decir, cargando sobre sí mismo, en el Hijo eterno, con la muerte merecida por el pecador. Así, ¡es Dios mismo quien redime nuestros pecados! A causa de su Amor infinito, nos regala, en la cruz y en la resurrección del Señor, un comienzo nuevo para que podamos vivir para Él.
El mismo apóstol Pablo sabía bien que este mensaje de la Cruz era una necedad para los griegos y un escándalo para los judíos, pero fuerza de salvación para quienes ponen su confianza en Jesucristo.
Por la Cruz y resurrección del Señor, el amor infinito de Dios nos libra al mismo tiempo del pecado y de sus consecuencias: del sufrimiento y de la muerte. Sin esa Cruz gloriosa, el sufrimiento y la muerte serían la última palabra sobre la desgraciada historia de la Humanidad pecadora.
En Cristo, Dios sufre con todas las víctimas del pecado – es decir, con todos los hombres – para librarlos del sufrimiento y de la muerte. En Cristo, el sufrimiento es, por la fuerza de la resurrección, camino para la Vida, para la Vida eterna que, naturalmente, no se halla solo más allá de la muerte, sino también ya aquí en el alma de quienes aman su Cruz.